Matadero Franklin (Simón Soto)

Matadero Franklin (2018)

Simón Soto (1981)

Ed. Planeta

ISBN 978-956-360-488-7

325 páginas

 

En La mala estrella de Perucho González de Alberto Romero, novela proletaria que transcurre en el barrio Matadero, el Perucho, un chiquillo de esos que aún caminan tambaleándose, por primera vez logra cruzar de un salto la cenagosa acequia que atraviesa el conventillo que se lleva los desechos humanos de todos los que viven ahí. Ese momento abre el libro y simboliza el paso desde una niñez primitiva a otra donde aquel personaje comienza a recorrer las calles y a jugarse la vida en el barrio Matadero del año 1920.

Matadero Franklin de Simón Soto, inicia con el mismo ejercicio simbólico. Es el año 1930 en el barrio Matadero. Acaba de morir la madre del Cabro, que apenas tiene seis años. Se queda huérfano. Ese hecho lo lleva a recorrer las calles del barrio, y aunque su víctima es nada más que un guarén, será la primera vez que mate solo por hacer daño. La muerte, con su doble cariz, funciona acá como impulso. Más adelante en Matadero Franklin, Simón Soto hará aún más evidente este pequeño tributo, cuando por allá por la página 122, un niño de nombre Perucho —que no aparece en el libro mucho más que para esto— cruce la acequia que atraviesa el conventillo para correr en dirección a uno de los personajes principales del libro.

Y es que Matadero Franklin es un libro que profesa abiertamente un encantamiento con las enormes y múltiples tradiciones a las que refiere: por un lado la novela proletaria de Alberto Romero, por otro lado la gran tradición de la cueca chilenera (esa que se practicaba especialmente en los barrios bravos de Santiago y el puerto de Valparaíso), la hípica y el boxeo, ambos deportes con una tradición de fuerte raigambre en los sectores más populares de Chile.

Toda esa amalgama de elementos podría haber arrojado una novela panfletera, con algo falseado, como aquellas cosas que aparentan una vejez y dignidad que no poseen, solo porque lo vintage está moda. Sin embargo, hay una serie de elementos que hacen que Simón Soto consiga con creces retratar el mundo lleno de códigos que ha escogido. Primero que todo, es evidente que realizó una investigación seria del mundo de los matarifes, del entorno del barrio matadero, del mundo de la cueca en que ese barrio se encontraba sumergido y segundo, porque es notorio su propio enamoramiento con los temas que ha abordado y eso lo transmite en las líneas de Matadero Franklin, y el lector no puede menos que verse a su vez sorprendido por este mundo que ya no existe.

«…y eso pasa porque la cueca es un conjuro, es como tomarse un aguardiente del diablo y ese trago endemoniado a uno lo pone en contacto con lo que no se ve, con lo que lo viene a ver a uno en los sueños, Mardones, con los espíritus de los que se han muerto, ahí está la cueca, en el otro mundo (…)» (página 149)

 

Matadero Franklin tiene una multiplicidad de líneas argumentales que hacen difícil resumirlas en una reseña. Por un lado está, como hilo principal, el enfrentamiento entre dos bandas antagonistas, la cuadrilla de matarifes del Lobo Mardones y la banda de delincuentes de Torcuato Cisternas, siendo este último quien introduce la cocaína al barrio matadero. Por otro lado está el relato ficcionado de Mario Leiva, un alter ego del famoso traficante chileno conocido como el Cabro Carrera, que se conecta en su formación delincuencial con Torcuato Cisternas y tiene algún desencuentro con él también, que propicia otro tema del libro. Respecto al Cabro, el libro solo relata su primera etapa delincuencial, cómo adquiere una primera e importante cuota de poder en el barrio y abre la posibilidad de que Matadero Franklin tenga una segunda y tal vez hasta una tercera parte, puesto que es poco lo que se ha avanzado en su biografía, que figura como bajada de título a  Matadero FranklinLa leyenda del Cabro”. Además está la hípica y el boxeo, temas que enfrentan a ambas bandas rivales. Y fuera de ello hay un sinnúmero de pequeñas anécdotas tributarias a estos dos hilos principales que hacen crecer todavía más la novela.

Matadero Franklin es una novela entretenidísima, ágil, que posee una visualidad que perfectamente permitiría llevarla a la pantalla. Posee una gran cantidad de historias y temas, lo que promete una excelente recepción en un amplio público de lectores. Con esto no quiero decir que sea una novela perfecta ni mucho menos, a ratos son tantos los hilos argumentales que se han abierto que, sumados a lo poblada que está, resulta difícil seguirla o, derechamente, hay un par de anécdotas secundarias que no poseen el mismo interés que la historia principal y que perfectamente pudieron ser suprimidas sin ningún perjuicio para la novela. Y, como decíamos, se trata de una novela tan poblada que hasta el propio autor en algún momento parece extraviarse, por ejemplo cuando en la página 24 a 26 aparece un personaje llamado Loco Placencia, padre de Guillermo, que no solo está muerto “ajusticiado en una riña el año pasado” sino que además le tienen un pequeño altar en una casa, con su foto colgada y que revive desde la página 83: una desprevención debida a que se confunde el nombre del padre con el del hijo, se les da el mismo apodo y, entre tanto personaje, todo se enreda incluso para el autor. Sin embargo, pequeños detalles como este realmente no opacan el conjunto de méritos de Matadero Franklin, porque son tantas sus virtudes que, aun considerando sus bemoles (que los tiene, como casi cualquier libro), se trata de una excelente novela, ambiciosa y entretenida, de un autor que no es novedad que haya escrito un muy buen libro, tal como lo hizo antes con sus La pesadilla del mundo y Cielo negro.

 

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