Simón Soto: “González Marabolí observa, escucha y lee la cueca con una complejidad maravillosa”

Fotografía de María Paz Gatica

Simón Soto (1981) es narrador y guionista. Ha publicado los volúmenes de cuentos Cielo negro (2011, La Calabaza del Diablo) y La pesadilla del mundo (2015, Montacerdos), con las que obtuvo excelentes críticas y recepción entre los lectores. Además, este año publicó Matadero Franklin: La leyenda del cabro (Editorial Planeta). Con este grupo de obras bajo el brazo empieza a conformar un conjunto relevante, con lo cual es posible comenzar a descubrir un proyecto, una voz distintiva y verificar cuáles son sus intereses, cómo repercuten en él y la gula con que Simón Soto los transforma en literatura, devolviéndolos al lector. Ahora mismo, en Matadero Franklin, al tono melismático de los viejos cuequeros y el compás del 6×8.

¿Quiénes son tus referentes literarios? ¿Qué autores chilenos contemporáneos te interesan y lees?

Es muy difícil responder todo esto. Son tantos los autores, en tan diversos ámbitos, que cuesta pensar acotadamente. Tolstói es muy importante para mí, Manuel Rojas, Coetzee, Michel de Montaigne, Borges, San Agustín, Harold Bloom, Enrique Lihn, Raúl Ruiz, Hemingway, Pablo de Rokha, Fogwill, Fabián Casas, Alberto Romero, Méndez Carrasco, Saer, Piglia, Germán Marín, los cuatro evangelistas. Son muchísimos más, por supuesto, pero te menciono algunos a los que vuelvo continuamente.

Autores chilenos: Álvaro Bisama, Daniel Hidalgo, Pablo Toro, Diego Zúñiga, Luis López-Aliaga, Juan Pablo Roncone, Nona Fernández, José Miguel Martínez, Cristián Geisse, Esteban Catalán. Hay muchos más, muchísimos, pero en estos momentos no se me vienen a la cabeza.

Vienes de publicar dos libros de cuentos, ambos muy bien recibidos por la crítica. ¿Ves el género de la novela como un escalón superior al de los cuentos y, por ende, un paso necesario? ¿Qué te lleva a este cambio de registro?

No, no lo veo como un escalón superior. El cuento y la novela son géneros distintos, que se retroalimentan, que piden competencias distintas y complejas en ámbitos paralelos. Me gusta muchísimo escribir relatos pero también me gusta el largo aliento que exige la novela. Pienso que hay ideas e impulsos de creación que parecieran tener un mejor desarrollo y expresión en géneros determinados.

La idea de Matadero franklin es una que me viene dando vuelta hace muchísimos años, y que, por la cantidad de material investigado y de cómo fue creciendo en el tiempo, se hacía necesario escribir una novela. La cantidad de personajes y de acontecimientos, la diversidad de influencias que fui encontrando (la cueca, el box, la hípica); en la novela podían vertirse de mejor manera.

Matadero Franklin es una novela coral que se constituye como una ficción de matriz mafiosa, donde además de individualidades como la del mismo Cabro se nos presentan bandos completos, con sus respectivas rivalidades y luchas. ¿Fue siempre una novela así de poblada? ¿La idea original contemplaba ya la multiplicidad de hilos argumentales o estos se fueron hilando en la propia escritura? Y de lo anterior, ¿Cuánto tiempo te tomó escribir este libro desde su primera versión?

El origen del libro se remonta a diez o doce años atrás, fácil. Al comienzo iba a ser solo centrado en el Cabro Carrera. Estuve pensando diversos tipos de estructura, todos direccionados hacia la narración de la vida completa del Cabro Carrera, desde sus años de infancia hasta la cárcel y su muerte. Por supuesto, un relato tan grande excedía mis capacidades.

Después descubrí el mundo del Matadero y la dinámica que había allí. Eso me lleva a escribir, entre 2011 y 2012, una primera versión de la novela, también centrada en el Cabro, en su juventud. En un viaje desde Valparaíso me roban la mochila con el computador donde estaba esa novela (obviamente no existía un respaldo externo de ese material). Dejo la idea guardada mientras me meto en otras cosas, entre ellas, los dos libros de relatos que publiqué anteriormente. Mientras, la investigación crecía, y mi comprensión de ese mundo y de su composición vital y humana. Se abre también mi perspectiva de referencias, y me doy cuenta que en realidad quiero escribir una novela que pueda dar cuenta de más personajes, de más representaciones del mundo del Matadero de aquellos años.

Pierdo el pudor y comienzo a abrir el espectro de la novela, pero a la vez a acotarlo en términos del periodo abarcado. Me importa, en esta versión final (y publicada) de la novela, trabajar con una estructura muy clásica, donde las tramas y el diseño narrativo estén calculados, para que eso permita un despliegue del lenguaje y de la complejidad de los personajes. Así, más menos, fue la evolución desde la semilla de idea hasta la novela editada.

Cómo explicas el atractivo tan poderoso que ejerció en ti el antiguo mundo del barrio Matadero y específicamente del mundo de los matarifes, como para lanzarte en la investigación de sus lugares de trabajo, sus códigos morales y/o conductas, para así situar de esa manera esta narración.

Es un mundo que nunca me fue ajeno en términos humanos. Mis abuelos eran gente de trabajo duro, mi padre es mecánico, un hombre que ha trabajado toda su vida con overol, con las manos, desabollando carrocerías y metido entre motores. Quiero decir que la vida del trabajo físico, del trabajo con las manos, y de la dignidad que de ahí se desprende es algo con lo que he vivido siempre.

También la figura del hombre proveedor, cuyo horizonte es el trabajo y que siente un respeto y una dignidad enormes hacia aquello. No es lo mismo que trabajar en el Matadero, por supuesto, pero cuando descubrí ese mundo, a través de lecturas de todo tipo e investigación, encontré una manera de narrar esos códigos y esa mirada del mundo que hoy me parece en retirada. Quizás fue eso lo que me hizo volcarme al mundo del viejo Matadero y narrarlo.

En la novela hay dos cosas que se reiteran: por un lado la violencia y por otro lado las comilonas. Sobre la comida, me parece no tener otros ejemplos en Chile sobre gente comiendo así, ni aún en tus mismas publicaciones anteriores, menos con ese placer, con el goce de saborear, además, los platos chilenos que aparecen en la novela. El único caso similar que se me viene a la mente es del cubano Leonardo Padura, que también exalta en sus libros su gastronomía nacional. ¿Qué había en este relato sobre el barrio Matadero que lo hacía tan inseparable de esa gula exquisita que deja con hambre al lector?

A mí me parece que la comida chilena es un triunfo. Cada vez que visito las carnicerías que están cerca de mi casa grabo videos de historias para Instagram con imágenes de esas carnes rojas, acumuladas unas sobre otras. Es algo hipnótico y hermoso. Y chileno. Así nos criaron nuestras madres, así aprendimos a alimentarnos, y a mí me parece que es una pequeña y humilde forma de resistencia exaltar ese tipo de comidas.

Por supuesto, en el barrio Franklin la alimentación era importantísima; no solo por las excelentes materias primas que estaban al alcance de la mano, sino también porque los matarifes, durante sus extenuantes jornadas, necesitaban recuperar fuerzas: comían cuatro veces, entre dos de la madrugada y las diez y once de la mañana, que era la hora en la que terminaban de trabajar. Por ende, estaba rebotando narrar esas comilonas enormes.

Te lo digo de otra manera: nunca he entrado al restorán El Huerto, y Dios quiera que jamás tenga que entrar allí.

¿Cuál es tu propio acercamiento al mundo de la cueca actual? ¿Cómo llegas a él?

En el libro histórico Por la güeya del Matadero, de Luis Castro, Karen Donoso y Araucaria Rojas, aparecía la enorme conexión que había entre la cueca y el barrio y sus gentes. A través de eso, comienzo a escuchar la verdadera cueca chilena, y a investigar sobre ella. Hay tres libros que fueron muy importantes: Chilena o cueca tradicional, de Fernando González Marabolí y Samuel Claro; La cueca, de Antonio Acevedo Hernández; y La fiesta sin fin del roto chileno, de Pablo Padilla y Daniel Muñoz. Escucho obsesivamente a muchísimas agrupaciones, tanto antiguas como modernas. Por supuesto, me deslumbro frente a Los Chileneros, a Nano Núñez, a exponentes nuevos como Los Benjamines, Los Republicanos y en particular con Los del Mapocho.

¿Cómo crees que el mundo de los cuequeros actuales recibirá esta historia, que ficcionaliza el espacio al que ellos tributan y luchan por mantener vivo? ¿Has tenido respuestas o impresiones de ese público?

No tengo idea cómo habrán leído la novela, o si la han leído. Salgo poco de casa, menos aún de noche, por lo tanto no frecuento los boliches donde se practica y se baila la cueca hoy. Solo conocí a los muchachos Los del Mapocho, porque incluí un tema de ellos en el booktrailer del libro. Hubo mucha buena onda; por lo menos, los sigo escuchando muchísimo.

¿Recuerdas tu primera publicación, Cielo negro? ¿Cuáles eran tus expectativas? ¿Cómo circuló? ¿Qué sensaciones te produjo y cuáles te quedan ahora, viéndola a distancia?

Uno siempre se arrepiente del que fue, no digamos hace diez años, sino hace un año. Es más, uno siente vergüenza de lo que hizo hace tan solo meses. Por lo tanto, recuerdo con felicidad Cielo negro, pero también con mucho pudor: por los jugos, por los excesos, por la enorme cantidad de tonteras que debí haber dicho y pensado. Pero había algo que tenía claro, y que deseaba con fervor: escribir, seguir escribiendo, continuar trabajando las ideas para convertirlas en libros. Y, más o menos mal o bien, ha sucedido eso. Y ojalá siga sucediendo.

En tu Matadero Franklin, además del Cabro, hay un par de personajes que tienen una clara referencia directa: creo detectar al Perucho González de Alberto Romero corriendo, saltando una acequia para recibir a María Luisa, y sin duda hay un alter ego de Fernando González Marabolí, tal vez el gran teórico de la cueca chilenera, aconsejando al Lobo Mardones. ¿Es Alberto Romero un gran referente inmediato para Matadero Franklin? ¿Es González Marabolí el gran referente para la visión expuesta sobre la cueca en el libro? ¿Cuán importantes son ambos para ti, como autor, que sentiste la necesidad de tributarlos así, de manera tan directa?

Ah, qué buena pregunta. Sí, a ambos quería tributarlos y citarlos de manera abierta porque fueron y siguen siendo importantísimos para mí. De Alberto Romero hay muchas cosas en Matadero Franklin, desde elementos grandes hasta pequeños guiños y detalles. González Marabolí observa, escucha y lee la cueca con una complejidad maravillosa; por supuesto que su análisis y visión tienen muchísimos ecos literarios, y yo quería aprovechar todo eso.

Para terminar, como siempre, déjanos un video de YouTube que hayas visto últimamente.

Es un vídeo de Raúl Ruiz (he estado releyendo sus Diarios). Su inteligencia, su sentido del humor sobrio y brillante, sus reflexiones; una mente privilegiada, enorme, gigantesca.

 

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