Pobres diablos (Cristian Geisse)

Pobres diablos (2018)

Cristian Geisse (1977)

Emecé Cruz del Sur

ISBN978-956-9956-12-6

398 páginas

 

Pobres diablos de Cristian Geisse es un libro que recopila publicaciones anteriores del autor y que además contiene una obra nueva. Las ya publicadas son En el regazo de Belcebú (Ediciones Perro de Puerto, 2011) y El infierno de los payasos (Ediciones Altazor, 2013) que salieron en pequeñas editoriales pero que lograron una buena acogida, así como Ñache (Bordelibre ediciones, 2015), que a la vez era una recopilación de dos cuentos que venían en los anteriores títulos más un cuento nuevo, todos bajo una misma temática. A esas publicaciones se les suma en Pobres diablos la que acá se titula Fue como un padre para mí, que contiene otros seis cuentos, entre ellos «El gallo negro» que fue el tercer cuento en Ñache.

Pobres diablos, entonces, se presenta como una suerte de trilogía de obras, una nueva y dos reeditadas. A todas las une un hilo temático común, que es la presencia de lo malvado, muchas veces representado ya sea por la presencia del diablo o de lo diabólico, o simplemente por la maldad en la vida de estos pobres diablos. Este diablo es siempre una especie de espejeo de la derrota de estas personas maltrechas, perdedores permanentes, abandonados muchas veces en pueblos mugrosos. Y es que en este trío constituido cada uno por seis cuentos (666) bajo el rótulo de Pobres diablos, no solo tiene un hilo común en su temática sino que especialmente en la forma en que son narrados. Hay algo de Geisse que lo aleja de los experimentos formales tan en boga; en sus textos no hay ningún intento de deconstruir las formas de armar un texto, no desconfía de su narrador, por el contrario, le entrega las manijas del cuento y le permite desplegarlo, conformando de esa manera personajes sólidos, bien construidos, que parecen desenvolverse en sus desgracias por sí mismos y no por el antojo veleidoso del autor. Diría incluso que su narrador es más bien tradicional, sin que quepa nada de peyorativo en esa frase; en su narrador hay algo que lo parea con un contador de historias, con un Manuel Rojas, con un Óscar Castro.

«Las drogas habrían perdido el lugar sagrado que tenían entre los hombres y se habrían convertido en simple mercancía. Eso era lo que las invalidaba como un objeto sagrado. Pensé que lo mismo había pasado con el trago, que ya nadie le daba la importancia que tenía realmente, que nadie se daba cuenta de sus aportes al espíritu humano. Y decidí que yo sí iba a explorar esos aspectos (…)» (página 87)

Son las historias las que prevalecen, y dentro de los dieciocho cuentos de Pobres diablos se repiten las distintas posibilidades para explorar y explotar las temáticas de estos perdedores, drogadictos, borrachos. Destacan especialmente en este conjunto aquellos relatos en que la droga o el alcoholismo —otra forma de droga, socialmente más aceptada— toman un rol principal. El ñache como elemento alucinógeno, maravillosa creación del autor, pide a gritos una novela donde pueda desarrollarse en su totalidad, su propio Informe sobre ciegos febril y desbocado. El alcohol, sus estragos y su uso no como una vía dolorosa sino que un placer y escape es también un punto altísimo, en los que Geisse hace gala de una lucidez que lo libera de caer en las simples borracheras juveniles, desmotivadas y aburridas.

“El Cachúo es para algunos el enemigo número uno del curao: después de muchos días tomando te agarra y te sacude, con pesadillas, paranoia, sentimientos mortales, pánico, sueños premonitorios de la muerte de los que más amas. La deformidad. La hediondez. La enfermedad. Le dicen el Cachúo, porque en casos extremos uno ve, ve al ser maligno que trae la cuenta y hace pagar las cuotas de la deuda y el exceso. Y le dicen así porque se supone que es el demonio.” Página 380)

Pobres diablos es, sin duda, el libro de un autor que ha llegado con éxito a la madurez escritural, radicándose con firmeza en ciertas temáticas, en ciertos puntos de vista desde donde desarrolla su proyecto: la construcción de una mitología propia, una estética de provincia, junto a la sordidez de sus personajes. A estas alturas, la calidad de las publicaciones de Cristian Geisse no debería ser una sorpresa para nadie. Entre tanto libro de autores que ensayan las más improbables gimnasias formales, siempre con disímil resultado, Geisse viene y simplemente nos cuenta un puñado de historias con el mejor arte del narrador oral de media noche, junto a una fogata que relampaguea luces y sombras en los rostros manchados, mientras un vaso de vino áspero se pasea entre los oyentes.

 

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