Texto de presentación de “Pobres diablos” de Cristian Geisse, por Ignacio Álvarez

El siguiente es el texto que leyó Ignacio Álvarez, académico y doctor en literatura, en la presentación del libro de cuentos Pobres diablos, de Cristian Geisse. Le pedimos que nos permitiera publicarlo porque nos pareció que proponía una lectura distinta del conjunto, interesante para cualquiera que quiera aproximarse a la obra de Geisse.

 

Soy profesor acá en este pueblo que la Gabriela odiaba, pero que a mí me gusta, aunque cualquiera se da el lujo de juzgarme, porque siempre tomo más de la cuenta o porque me las doy de escritor. Yo sé que me quieren y yo los quiero, pero igual me miran con una sonrisa ladeada (pág. 105)

 

  1. Sobre todo vengo a decir que el proyecto literario de Cristian Geisse es una de las mejores noticias que la literatura chilena ha recibido en varios —quizá en muchos— años. Me van a decir que exagero, que le estoy poniendo color. Como los conozco, les respondo al tiro: no exagero ni le pongo color. Pobres diablos es un logro mayor y voy a tratar de demostrarlo en los puntos que siguen.

 

  1. No estoy solo en esta apuesta. Hace un rato ya el poeta Gastón Carrasco dijo que En el regazo de Belcebú, el primer volumen publicado por Cristian y que ahora, un poco transformado, aparece también en estos Pobres diablos, era un libro “necesario, importante”. Felipe González, también deslumbrado, leyó en él ecos dantescos, rulfianos, cortazarianos, joyceanos. Leyendo El infierno de los payasos, el segundo tercio de este libro, Violeta Cofré describió a su narrador como un contador de historias de raigambre arcaica, de los que transmiten en su relato no solo una búsqueda individual sino una experiencia que es valiosa para la comunidad. Salvo que ese narrador, que este narrador, sabe ahora que su comunidad es un poco imaginada o no es real y sin embargo insiste en su esperanza de que al invocarla exista, la menos, en sus cuentos. Que Carolina Yancovic, por último, ha dedicado una tesis completa al estudio del diablo en estos cuentos, y ha llegado a la conclusión de que ese demonio metamórfico y vivaracho puede ser también una cifra del ordenamiento capitalista en el que todos, nosotros y los personajes de estos cuentos, tratamos de vivir.

 

  1. Por mi parte, espero agregar unos pocos hilos a la tela que lentamente ha ido tejiéndose alrededor de la obra de Cristian. Voy a comentar muy brevemente tres datos que me parecen centrales en Pobres diablos, y que los críticos y críticas que mencioné más arriba no han abordado, o lo han hecho desde un lugar distinto al que intentaré aquí. Que no cunda el pánico, sin embargo: trataré de no hacer honor a la mala fama de académico que me han hecho las malas lenguas. Me refiero al narrador y a su lenguaje, a la embriaguez y a la humilde iluminación a la que se puede aspirar por su intermedio, y a la experiencia de la limitación, que a mi juicio es aquello que le ofrece el sentido más profundo y el valor más duradero a este conjunto brillante de textos.

 

  1. ¿Quién nos habla en Pobres diablos? Escuchemos su voz unos momentos:

Si yo soy el que soy ahora, si tengo esta cornamenta tan dura y gruesa —porque no siempre la tuve—, es por él, créeme. Le estoy agradecido al conchadesumadre, porque yo iba para mal. Yo era un santurrón, un típico niñito bien intencionado. De esos a los que siempre alguien, en algún momento, se termina cagando. Pero aquí me ves, con este pelo duro y grueso en el pecho, manejando plata, comiéndome a varias maracas, sacándoles plata incluso. No, si fue como un padre para mí (“Fue un padre para mí” 385-6).

Desde cierto punto de vista, desde la perspectiva de las oportunidades y las conveniencias, ese narrador no podría estar más perdido. En momentos en que lo cosmopolita parece prestigioso, la suya es una voz inequívocamente chilena y en varios de los cuentos derechamente provinciana: una voz porteña o vicuñense o valdiviana. Cuando cierto memorialismo infantil y nostálgico llena las estanterías de librerías y bibliotecas, este narrador rompe cualquier pacto de verosimilitud con sus cachos enormes de diablo y de huemul. En momentos en que la corrección política y la discusión sobre el lugar de la mujer arrecian, este narrador macho y machista exhibe con desparpajo, con candidez y con crudeza los sesgos y prejuicios de su formación, así como los repetidos fracasos que resultan de ella. Ahora que leemos por todos lados textos sinceros y escritos de buena fe, este narrador envolvente y mentiroso, este encantador grupiento quiere que nos traguemos enteritas sus enormes chivas, tal como nos creíamos de niños los cuentos de terror o de hadas, o los mitos familiares.

Qué quieren que les diga: es un narrador que no da pie con bola aunque, como adivinarán, su mala puntería es para mi gusto una perfecta chuntería fina. Porque reclama de nosotros un pacto de lectura muy distinto y más exigente del que piden las ficciones nostálgicas, uno que no se deje arrullar por los recuerdos compartidos. Y es que al tiempo que nos hace disfrutar de sus juglarías nos pide atención: para discutirle lo que le haya que discutir, claro, y para que no nos vaya a pasar gato por liebre este maula. Pero hay otro blanco al que este narrador le achunta: es una voz enamorada de la diferencia, sobre todo material y social. Mucho del aire fresco que traen estos cuentos corre por cuenta de un mundo que hace tiempo no veíamos en nuestras ficciones: el de una clase media plástica que conoce el sabor, el aroma y los dolores de la pobreza, que tiene parientes en el campo y no los ha olvidado ni los quiere olvidar, un mundo tan ajeno a la estrecha experiencia metropolitana de la suele surgir la literatura chilena que su presencia la fecunda y la enriquece.

 

  1. Adivino su temor: no se preocupen, no vamos en dirección al criollismo ni caminamos por la Alameda Mariano Latorre. Y lo que nos salva de ese resbalón son los vicios. Junto con esos mundos heterogéneos que se combinan, el mundo del Drugstore y el de Vicuña, por así decir, en estos cuentos aparece por todos lados la embriaguez. La curadera, la volá, el abuso de sustancias reales como el alcohol, la marihuana, los tonariles y la cocaína, pero también imaginarias, como el ñache, una especie de sangrienta heroína más poderosa que todas las otras drogas juntas. Varias veces se ha mencionado que en este descenso hacia la borrachera hay parentescos con Alfonso Alcalde, un escritor con quien Cristian tiene afectos y cariños duraderos, tan duraderos como que el hombre aquí editó su obra completa. Pero no quiero irme por ese lado ahora. Estas no son borracheras literarias; son borracheras reales, planes de evasión de un mundo que ladra y que muerde.

En el que es probablemente el mejor cuento que se haya escrito en muchos años en Chile, “¿Has visto un dios morir?”, que abre este volumen, el asunto se plantea desde las primeras líneas: “Valparaíso es algo sucio” dice. “Yo también, por eso me siento cómodo aquí. Todos parecemos flaites, pungas o rotos. He escuchado eso a muchas personas y ni siquiera me ha dado rabia. No es necesario andar perfumado ni bien vestido, ni creyéndote la raja” (13). Aquí y en todos los cuentos de esta serie la embriaguez cumple un rol preciso: rescata a los personajes de la mugre, aunque esta sea una mugre con la que uno termina encariñándose, porque la mugre no es pobreza sino desprecio, sobre todo ajeno. El giro totalmente radical de este cuento (y de varios otros en el volumen) es que, a despecho del apego que siente el narrador por las variadas y terribles cosas de este mundo, terminamos asistiendo, ñache mediante, a lo sobrenatural, lo extraordinario, lo que no tiene explicación. Aquí vemos, por ejemplo, en qué consiste la muerte de un dios:

De pronto como que el tiempo quedó suspendido, nada se movía y una sensación horrible se apoderó de nosotros: una mezcla de miedo, de tristeza, impotencia, desolación. A lo lejos, entre los cerros totalmente secos, un animal gigante se dirigía hasta nosotros. Uno no podía saber bien qué animal era: primero era como un puma, después una llama, después una cabra. A medida que se acercaba se iba achicando. Un olor a sangre y mierda nos pegó duro en las narices. … Cuando llegó hasta nosotros el dios —porque no había duda de que era el dios— tenía el tamaño de un perro, pero uno le miraba la cabeza y como que se le veía cara de hombre. Un indio le ofreció carne cruda y el dios lo miró con el cuello flojo y no le recibió nada. Después cayó de costado, y entre los pliegues de la piel de tiñoso que traía, se abría como un hueco por donde se le veían las entrañas, el estómago blando y parte de los intestinos. El olor nos pateó más que nunca, y vimos que un huaso se acercaba y metía la mano por el hueco, movía la cabeza y decía algo así como “Aaaaah, este animal no tiene vuelta” …. Entonces vino lo peor. Era como si el sol se llenara de rabia y mandara oleadas y oleadas de un odio que terminó saturándolo todo. Los huasos nos miraban con reproche y los indios comenzaron a caminar con las cabezas gachas, alejándose de nosotros como repudiándonos. Mi abuelo estaba todavía a medio enterrar y comenzó a temblar de pies a cabeza. Ahora todos se tomaban las rodillas, menos yo, que permanecí de pie, paralizado. Ahí no se podía estar, de verdad daban ganas de morirse. Las moscas ya se habían ido, pero el olor seguía envenenándolo todo. Repulsión, náusea, asco. El dios agonizante seguía ahí cerca, tendido. De pronto, todo tembloroso se levantó mientras el olor pateaba más que nunca. Le tiritaban las patas y comenzó a caminar de vuelta por donde había llegado. El pelo se le caía y arrastraba las tripas que se le llenaban de polvo. Cayó un poco más allá y se convirtió en una especie de plasta de mierda negra que empezó lentamente a expandirse. Intentamos protegernos, salir de ahí, pero daba igual, la plasta se acercaba a nosotros como un líquido viscoso. Todo lo que ese líquido tocaba iba muriendo (25-6).

No hay pintoresquismo, no hay realismo, no hay alegoría, no hay símbolos y sobre todo no hay ni una gota de ironía ni de canchereo: asistimos a una visión pura y dura, a la intuición de la totalidad, al intento siempre imposible y siempre redoblado de describir lo inefable, la experiencia completa, la presencia del dios, aunque sea esta vez en su muerte. El sueño de los románticos, sin ir más lejos: la experiencia estética, religiosa e intelectual total.

Les confieso que cuando llegué a esta parte del libro (que más encima está al comienzo), la cabeza se me revolvió: “las medias patitas”, me dije, “este quiere hacer lo mismo que Novalis y que Schlegel no lograron, y más encima en un antro de Valparaíso y subiéndose con ñache”. Luego pensé que muy pocas veces había visto entre mis contemporáneos un texto que tuviera ese grado de ambición, y probablemente la última vez que había leído algo así de arrojado había sido en los primeros versos de “Galope muerto”, el poema que abre Residencia en la tierra de Neruda: “como cenizas, como mares poblándose, / en la sumergida lentitud, en lo informe”.

No exagero ni le pongo color. El material del que está hecho Pobres diablos es así de inflamable. Es como si renunciara consciente y desquiciadamente a aquello de lo que suele estar hecha la literatura en el presente nuestro, es decir, las imágenes del mundo, las imágenes de lo trascendente, las imágenes del pasado, y quisiera apostarlo todo por recuperar eso que fue la literatura antaño, antes de que comenzara la carera moderna: mundo a secas, visión a secas.

 

  1. Es obvio que un narrador que se atreve a tanto está destinado a partirse la cabeza en el suelo, y con mayor razón si se trata de un narrador chileno. La última de las gracias de Pobres diablos es el modo en que este narrador en particular decide dejarse caer en su fracaso. Nada es demasiado serio aquí, pero nada es demasiado en broma. Pienso en Ramiro, de un cuento que se llama “La Negra”, un joven asqueado del mundo que decide retirarse al campo solo para descubrir en el campo el mismo ordenamiento terriblemente humano del que escapa. Pienso también en el narrador de “El duende”, que repasa los recuerdos que tiene con su, digamos, amigo:

Con el Duende a mí me han pasado muchas cosas, tal vez demasiadas. Algunas de ellas quisiera olvidarlas para siempre. La mayoría en realidad. Ya habrá ocasión de contar algunas de ellas, pero de muestra, un botón. Flash uno: Duende peleando contra toda una fiesta de matrimonio. Flash dos: Duende robándole los zapatos a un mendigo. Flash tres: un mendigo robándole a él los zapatos. Flash cuatro: Duende durmiendo con una jauría de perros, meado. Flash cinco: Duende ahogándose con el vómito. Flash seis: Duende acuchillando al italiano. Y así podría seguir con los flashes (123).

Lo que leo aquí es una especie de abrazo desesperado al fracaso. Y cuando el éxito es nada menos que la intuición de una totalidad entonces el fracaso será su contrario: la materia. Lo que leo es que, perdida la posibilidad de la visión iluminada, solo nos corresponde arrastrar la piel por el suelo en un acto cruel de amor por el mundo y por las cosas que hay en él. Flash uno, dos tres, cuatro y cinco: variaciones sobre las cosas infligiéndonos dolor. Es la vieja sabiduría del pobre, la condena al materialismo del esclavo hegeliano, la heroica cobardía de los que no tienen nada que perder. Es la experiencia de la limitación, porque si hay algo que nos enseña el mundo es que nuestro deseo jamás podrá ser satisfecho, y buena parte de Pobres diablos se entrega a ella.

Esta experiencia de sometimiento y de resignación discute fuertemente, otra vez, con las preferencias más frecuentes en la narrativa actual, cuyo placer está no tanto en el dolor de la materia como en los juegos brumosos de la memoria, en la confusión a veces intoxicante entre memoria y ficción o entre fantasía y realidad.

 

  1. Y final. Debo decir que conocí a Cristian Geisse en la Universidad Católica, en Santiago, por el año 1998. Estudiábamos la misma licenciatura y nos topamos en varios cursos. En ese entonces escribía obras para un teatro de títeres itinerante con el que recorría el norte chico de Chile. Trabajaba en una antología de las mejores mentiras que había escuchado en su vida, y se interesó por Las aventuras del barón de Münchhausen porque en ese libro encontró mentiras idénticas a las mejores que había escuchado en su vida, las mentiras que entrarían en su antología. Me alegra mucho saber que ha seguido en el oficio de la mentira y del embuste, que lo ha profundizado hasta un nivel abismante, y le agradezco con mucho cariño la posibilidad de presentar este libro.
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