Algunos apuntes sobre “La destrucción del mundo interior” de Juan Santander

La destrucción del mundo

Por: Paulina Flores

Me costó mucho escribir este texto. Soy nueva en esto de las presentaciones, y además me cuesta trabajo recomendar libros que me gustan, como en este caso, porque generalmente estos poseen muchas lecturas y mencionar solo alguna deja una sensación de injusticia. También se me hizo difícil porque yo quería escribir un texto que estuviera a la altura de los poemas de Juan y los exaltara a la “gloria”, la “grandiosidad”, la “magnificencia”, eso que suele asociarse a los poetas. La primera palabra, un “y se hizo la luz”, que en el caso de los poemas de este libro, uno va sintiendo como una llama profunda, que emerge de a poco, y que genera escalofríos llegado ese verso que uno reconoce como suyo.

Pero lo cierto es que “lo glorioso” no terminaba de encajar con el libro. Más que con la imagen monumental de una montaña o de un rascacielos, los poemas de Santander se relacionan con la tierra, con las piedras, esas que nos hacen tropezar. Se relacionan con el polvo. Con el hombre, esa humanidad fútil que, siguiendo el poema “El trapecista”, debe hacer uso de lo circense para poder volar y ser recordado. Y que tiembla estando en las alturas.

La poesía de Juan se parece más a un arrecife, a una estructura escondida en lo profundo del mar. Se parece a una isla en su confinamiento. Una isla que, a la vez, es la única tierra firme a pisar. Se parece a algo cercano, a una sombra, eso que está siempre allí mientras el sol y su “gloria” exista arriba. La sombra que te acompaña o que te persigue. Que te demuestra que existes. En la que puedes descansar por un momento y es alivio, y en la que puedes hundirte y llorar, porque también es oscuridad.

 

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Quebrada. Esa palabra tan propia, que sirve en nuestro norte para designar a los valles encajonados por montañas, en el poema con que parte el libro, Allí estás, funciona también para simbolizar el quiebre, el punto divisorio de la línea hacia direcciones opuestas. Una línea de pasado, presente y futuro. En la Quebrada, Allí estás. Para mí, este primer poema sintetiza muy bien las preocupaciones por el tiempo y el espacio que esgrime la voz poética a lo largo de todo el libro. Si bien es evidente que la temática amorosa es el hilo conductor de casi todos los poemas, lo que subyace, al menos para mí, es la pregunta por el origen. Y no porque vea al amor como algo menor, sino todo lo contrario. ¿No es el amor también una identidad? La forma en que amamos nos define tanto como el lugar en que crecimos o que abandonamos. “Quebrada”, es un poema mínimo y conmovedor, que con su estilo y atmósfera me recordó las narraciones poéticas de cowboys de Cormac McCarthy. En el poema, un caminante descansa bajo un chañar y alivia su sed. Tras unos minutos, recoge un palo para usarlo de bastón. En el camino recorrido se ha vuelto viejo, y ya no tiene la misma fuerza. Tras ese respiro, vuelve a emprender el camino otra vez, pero antes de seguir echa un vistazo atrás, a los pasos recorridos, cual Sísifo. Todavía puede ver el árbol que le dio descanso y el brillo de las espinas. La nostalgia y la experiencia del dolor emergen de forma sencilla y abrumadora en ese momento. Y se te cuela en la piel. Porque tal vez yo nunca he descansado bajo un chañar, pero sí he sentido sed.

Botellas, álbumes, uñas, erosión, la amargura que se escapa de las fotos. Los poemas hablan de todo aquello que dejamos atrás. Una idea que parece relacionarse de manera esencial con el amor y su trabajo. Cuando el yo poético reclama por el viaje de la mujer por quien lo dio todo, da la impresión de que, más que sentir dolor porque lo abandonó a él, sintiera rabia porque abandonó su ciudad.

 

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Cuarzo es un poemario lleno de imágenes extrañas y bellas. (Por citar solo una: “Detrás de la persiana alguien muestra el cuarzo por primera vez a un niño”). En apariencia parece ser mucho más hermético, pero lo cierto es que la descripción minuciosa de acciones y acontecimientos que posee cada cuadro va formando una narrativa, una historia difusa que transcurre de otoño a verano. Tenemos personajes que nos acompañan: un protagonista que observa, la Hija loca, los Perros, los Niños, el Amo que también es el Padre, y otros más de la esfera cotidiana. Esta conexión entre poesía y narrativa no se expone de manera llana o artificiosa, sino que se problematiza el género, desde un punto de vista estético e ideológico. Porque la narrativa es la enfermedad y el remedio. Los diálogos anegan, la prosa atrapa y los novelistas conducen a los niños a los centros financieros.

El paisaje de Cuarzo cambia, y ya no vemos sauces, crisantemos o aridez, sino imágenes urbanas y pastillas para dormir, humo y lluvia. La construcción de esta zona etnográfica sirve para evidenciar el movimiento de la ciudad y sus aflicciones contemporáneas: las enfermedades, la soledad, la mecanización y pérdida del aura, la dificultad, en definitiva, de obtener una experiencia.

En el primer cuadro, el sopor anuncia el estado de vigilia que se mantendrá en los siguientes. En el segundo, el protagonista advierte su actual estado: ha abandonado su lugar de origen, en donde desplazarse era tan fácil como caminar; ha dejado la casa paterna enrejada en gritos; el útero. También expone una dicotomía entre lo falso y lo verdadero, entre la juventud y la vejez, que también estará presente a lo largo del resto del libro, exponiendo, además, cierta falsedad asfixiante, reflejada en imágenes como las del zoológico, las lagartijas o la fruta abrillantada con cera. “Algo quiere decir la luz cuando alumbra su rostro maquillado”. Pero la luz también puede ser falsa, y el protagonista acepta que también hace uso de la mentira, que necesita de aquella cera.

Casi todas las acciones están en tiempo presente, en el aquí y el ahora. La descripción de las escenas están tamizadas por la abulia, y la realidad en su convalecencia se muestra inasible, un espejismo. El cúmulo de acontecimientos detallados podría ser solo eso, una agrupación accidentada, tal como sucede en la ciudad, cuando ningún evento deja una experiencia significativa ni transmisible. Tomo aquí las ideas desarrolladas por Benjamin y seguidas por Giorgio Agamben. Este último plantea la imposibilidad de poseer y transmitir experiencias en la actualidad, dado el actual sistema, que se basa en la repetición de un sinfín de estructuras aprendidas, no por la  experiencia vivida, sino por repetición de patrones, información de manual, absorbida desde Google. Como reacción, aparece en Cuarzo la nostalgia, el recuerdo de los dibujos que hacíamos de niños, los embalses vaciados de la tierra natal.

 

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Agujas continúa con la idea del tiempo y la nostalgia que, esta vez, hacen parecer el futuro más granulado.

El amor sigue siendo un impulsor, pero se trata de una relación amorosa distinta. Si en Allí estás, los amantes viajaban en direcciones opuestas, ahora lo hacen juntos. Pero esto no implica una concreción o triunfo.  El viaje es engañoso, es un recreo oscuro, lleno de trampas. Los barcos del viaje solo existen en las sábanas, y el peligro prepondera, como en un viaje al infierno. Todo está lleno de obstáculos, de agujas, lijas, astillas y alacranes. Por ver el rostro de la mujer amada, tal como en el mito de Orfeo, el poeta termina perdiéndola. Pero el amor sigue siendo identidad, y la pérdida se impregna en las huellas del amante, del poeta.

En este libro, el uso del lenguaje es preciso aunque no transparente ni conducente a lecturas obvias. La voz poética de Juan Santander es eficaz, poderosa y sensible, pero más importante aún, se trata de una voz Resistente al Uso. Porque para mí, y si se me pide que convenza a alguien, la principal razón por la que hay que leer estos poemas, sobre todo en un mundo dominado por el exhibicionismo y lo superficial, es porque tienen sentido. No se trata de simple pose. No hay pretextos o excusas estéticas. La nostalgia no es solo romanticismo, se trata de una pregunta por lo importante en términos sociales y existenciales. Detrás de cada imagen, hay una interrogante, hay una herida vital, una huella, las marcas de la uña en la piedra. Hay Fe. Este es un libro que ha sido labrado. La destrucción del mundo interior no posee la magia de los dioses, sino que es la promesa humana, esa promesa que todos quisiéramos poder pactar, algún día, con nosotros mismos.

 

*Texto leído en la presentación de La destrucción del mundo interior, de Juan Santander Leal (Overol, 2015), realizada el jueves 14 de enero de 2016.

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