Álvaro Bisama: «La provincia no es un lugar, es un modo de mirar las cosas»

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Fotografía d

Álvaro Bisama (1975) es un autor con un proyecto narrativo claro, que constantemente está jugando con los límites de la creación narrativa, buscando torcer estructuras, estirar el lenguaje, provocar al lector ignorando el centro, esquivando instalarse en zonas cómodas. Es autor de obras como Ruido (2012), Taxiderma (2014), Estrellas muertas (2010), entre otras. En esta entrevista nos habla de temas tan variados como la ciudad mitológica que es Valparaíso, la naturaleza de la provincia y sobre la capacidad de la poesía en tanto género representante para quebrar el lenguaje.

 

Por Rodrigo Salgado Boza

@SalgadoBoza

Una banda, una película u otra obra (que no sea un libro) que haya tenido un impacto decisivo en lo que escribes.

Eso es variado, cambia siempre. Si me apuran, pienso en el hecho de ver muy chico varias pelis de Lynch o tener la suerte de crecer en Villa Alemana donde todos eran melómanos a un nivel medio neurótico. Ahora estoy pegado con Mogwai. Llevo un rato escuchándolos. Me interesan por alguna razón que solo puedo descubrir oyéndolos. La novela que terminé hace poco tiene algo de las canciones de Mogwai. Lo mismo me pasó con una canción de Fugazi llamada “Casavettes”. O con un par de canciones como “Socialist Serenade” y “We Are All Bourgeois Now” de los Manic Street Preachers, o un disco de Él Mató A Un Policía Motorizado que se llama “Día de los muertos”, que escuché de modo más o menos obsesivo hace un par de años. O con lo que decía Assayas respecto a cómo había insertado la música de  grupos como los Dead Boys en la banda sonora de Carlos. O con los cómics, donde me interesan los lenguajes, los procedimientos como, por ejemplo, ese momento donde Alack Sinner conversa con Sinatra. Ahí Muñoz y Sampayo rivalizan con Gay Talese en abordar el mito pero en vez de condensarlo lo descomprimen, haciéndolo estallar, dándole el peso de un drama anacrónico y terrible. Por lo mismo, eso afecta lo que escribo. Hay un costado de Taxidermia que para mí es un ensayo encubierto sobre cómo leer a Chris Ware o Gary Panter, o a Warren Ellis. Son las cosas que discuto con dibujantes como Gonzalo Martínez o Félix Vega. Lo mismo Nick Cave, en el hecho de que en sus perfomances más duras alcanzan una especie de violencia casi abstracta porque hay algo ahí que roza el vacío, la destrucción del yo, la transformación en energía pura.

¿Cómo recuerdas Valparaíso en tu época de estudiante? En Estrellas muertas se bosqueja muy bien ese ambiente porteño, de pensiones húmedas, construcciones y relaciones ya abandonadas.

Valparaíso es un mito que se devora a sí mismo. La ciudad me gusta y guardo el mejor recuerdo de ella, en el sentido que es un lugar donde nací, estudié y viví por un buen tiempo. Por supuesto el Valparaíso de los 90 tiene algo creepy, medio extraño y precario, como una especie de ruina permanente que estaba a la vez llena de vida. Estrellas muertas  lo describe pero también describe una época, un modo de vida, que era el de los estudiantes de las universidades públicas de aquellos años. A mí me gustaba esa ciudad, en el sentido de que todo estaba por descubrirse. Es bonita esa sensación de que debes aprender los caminos secretos del mundo en el que vives, el mapa oculto de las calles, las picadas, las librerías de viejo, los bares de estibadores, la sensación de que el tiempo te pertenece y que tienes que tener bien abiertos los ojos porque estás metido en algo irrepetible.

Aún hoy el ambiente porteño está en mano de los etéreos ‘Jóvenes Poetas Porteños’, que fueron jóvenes en los 90, claro. ¿Cómo llegaste a escribir prosa, o tuviste algún período JPP?

No. La poesía tiene un nivel de precisión que yo no tengo. Respeto a mis amigos poetas por eso. Por lo mismo disfruto leyendo poesía, porque hay algo que me atrae en el sentido de que hay ahí una caja de herramientas donde mirar y hacer preguntas. Es ahí donde se realizan las innovaciones sobre el lenguaje, las preguntas más sobre cómo doblar o romper la lengua. Sobre lo otro, el cómo llegué a escribir prosa, no lo tengo claro. Sé que me interesan las variables del registro, lo abierto que puede llegar a ser, cómo pasar de la ficción al ensayo, de la crónica a la crítica, aquello de jugar en varios ámbitos aunque no tengan que ver.

¿Qué piensas de la categoría “escritor joven”?

Germán Marín tiene ochenta años de edad. No sé qué diablos puede ser un escritor joven.

Danos una breve descripción de cómo son tus jornadas de escritura y lectura.

No tengo jornadas, ni horarios. Leo en los tiempos que puedo, sobre todo en la noche. Trato de escribir en las mañanas. Casi nunca cumplo con ese deseo. Los horarios se me confunden, salto de un libro a otro, cambio lo que estoy escribiendo, anoto ideas sobre ideas, busco citas. No hay nada claro. Me gusta que sea así.

En los noventa surgió un movimiento al que se denominó “Nueva narrativa chilena”, con autores como Gonzalo Contreras, Arturo Fontaine, Alberto Fuguet, Carlos Franz, etc. Varios de ellos tuvieron publicaciones exitosas, no solo de cara a la crítica sino que también en cuanto a lectores. No obstante la mayoría sigue publicando, ya no producen el interés entre los lectores que en su momento consiguieron, quizás como reflejo de los pocos lectores que hay en nuestro país, quizás como síntoma de algo distinto. ¿Cuál es tu opinión sobre ese grupo de escritores? ¿Por qué crees tú que los escritores que emergieron post Bolaño se desmarcaron tan fuertemente de la generación anterior de escritores, de la “Nueva narrativa”?

Yo sacaría a Fuguet de ahí. Su búsqueda es mucho más interesante y excéntrica y siempre está jugando en el límite de las formas. Respecto a los otros autores que mencionas y a eso que se llamó “Nueva Narrativa”, no tengo mayor opinión. Supongo que está bien. Cada uno hace la literatura que puede o que quiere. A mí, de esa época me interesan otras cosas, como los libros de Marín, Diamela Eltit o Radomiro Spotorno. Creo que hay que juzgar esos años por esos proyectos, que eran más audaces o que tienen, para mí, una mirada más compleja de la vida, la política y la literatura. O sea, pensar en trabajos como El infarto del alma donde Eltit trabaja con Paz Errázuriz o revisar La patrulla de Stalingrado, que es un libro feroz y rabioso, vivo y lleno de carne y sangre. O, de Germán Marín, leer El palacio de la risa, o la trilogía integrada por Círculo vicioso, Las cien águilas y La ola muerta, que es una obra carente de autocomplacencia con la memoria, la historia y la literatura chilena. Respecto al hecho de cómo me desmarqué o no de eso: no te puedes  desmarcar de algo que no te dice nada en ningún plano. Yo pensaba en otras cosas cuando comencé a escribir ficción, tenía otros rollos, otras preguntas y no creo que me haya acordado ni que haya pensado, de forma alguna, en la “Nueva narrativa” como un modelo para escribir o pensar en nada.

Las redes sociales suponen un nuevo escenario para el escritor: hay una nueva forma de exposición, posicionando a algunos como presuntos líderes de opinión, ¿qué opinas de esto?

Nada. No me importa. Es algo que está ahí. Lo tomas como viene. Las redes sociales son las redes sociales. Cada uno participa de ellas como quiere y como puede. Hay para quienes resultan un púlpito o un retén móvil de Carabineros. O una cárcel. Para mí son una bitácora discontinua y sin pretensiones, algo así como una libreta de notas o un diario automático.

Tus primeras publicaciones, Caja negra y Música marciana, son fragmentarias y dementes, esquirlas de algo ido y estallado hace rato. ¿Qué pasó luego con tu escritura o contigo mismo?

Fabián Casas siempre dice que hay trabajar contra lo que a uno le sale fácil. Yo podría haber repetido Caja negra y Música marciana veinte veces, en el sentido de insistir en la parodia, la saturación, la historia B de Chile, la sci-fi experimental, el uso extremo de las citas y cosas así. Decidí no hacerlo aunque me gustan esos formatos como lector. De hecho me atraen como una práctica, como tradición. Pero hace unos años sentí que se trataba de una especie de jaula, como si la obligación de ser más pop y fragmentario fuese una militancia que yo no había pedido pero que se me obligaba a cumplir. Eso pasó hace cinco, seis años. Ese tiempo, además, empecé a escribir más crónicas, me fui de Revista de Libros, empecé a escribir de tele y a estudiar un doctorado. Ya nos habíamos cambiado de Valparaíso a Santiago con Carla y había terminado de escribir Cien libros chilenos, por lo tanto mi relación con lo que leía había cambiado bastante. Cien libros chilenos me había obligado a leer y a aprender muchas cosas de nuevo. Entremedio, se cruzó la historia de Estrellas muertas y empecé a insistir en ella, en los capítulos breves, en esa narrativa de los escombros, casi como viñetas, abandonando cualquier gesto metaliterario. Ese abandono me parecía bien porque eran relatos que debían abandonar cualquier gesto paródico porque la historia no lo permitía. De este modo, escribir de parejas comunistas o de lo que había significado crecer en Villa Alemana me parecía más demente y radical, más extraño que la historia más freak que se me hubiese podido ocurrir. Era también preguntarse cómo narrar a la intemperie, sin trucos, sin efectos especiales, tratando de ver cómo funcionaban las voces, cómo se quebraban, cómo se abrían a otros lugares. Era abordar el paisaje de lo real en vez de lo imaginario. Es raro porque yo veo que hay una continuidad, una línea en la insistencia en ciertos temas, ciertos lugares, ciertas obsesiones.

Parece haber cierto consenso generalizado en torno a ciertas obras decisivas en la formación literaria en general (los clásicos de siempre: Cervantes, Homero o Borges): ¿podrías nombrar cinco títulos que no entren en esta categoría que hayan sido fundamentales para ti?

Más de cinco. A mí me salvaron el Boom y la ciencia ficción; los números sueltos de El Péndulo, me salvó Robert Graves, me salvaron Bergier y Pauwels. Me salvaron las historietas, el Metal Hurlant, Moebius,  Hugo Pratt, Oesterheld, la revista Fierro, Alberto Breccia, Frank Miller, Brian Bolland, Otomo. Respecto a los títulos se me ocurren unos cuantos: La vida del Buscón de Quevedo, La balada del mar salado de Hugo Pratt, Poemas y antipoemas, Don Guillermo de Lastarria y Cagliostro de Huidobro. Y Lovecraft. Lovecraft es importante, en el sentido de que se propone como una lectura límite, un imaginario paradójico, como una metáfora de las relaciones entre experiencia y literatura, entre geografía y escritura.

En Ruido escribes sobre la provincia y sus particulares modos de vida, ayudado por el caso del vidente Miguel Ángel de Villa Alemana. ¿Aún escribes desde la provincia, hay algo como una escritura propia de ella, de sus rarezas?

Ruido es un libro que me gusta mucho porque no sé qué es exactamente. Hay unos días en que pienso que es una novela y otros que es una especie de autobiografía extraña. Creo que esa duda resume mis ideas sobre el tema. Para mí, la provincia es un modo de leer sobre todo. Significa por un lado quizás trabajar de modo lateral, componer ideas con retazos, leer siempre de modo oblicuo. Por otro, implica una clase de intensidad en el actor de la lectura, para salvar la distancia o usarla a favor, para darle sentido, leyendo entre líneas. Porque la provincia no es un lugar, es un modo de mirar las cosas. Es una distancia de rescate, es una forma de la velocidad. Es hacer pogo sobre una nube de tierra en el momento exacto en que los tipos de la esquina montan la banda de rock más fabulosa del mundo, en un lugar que queda a un par de cuadras de la energía mística de un milagro religioso falso que te pega como una marea que viene de otro tiempo. Eso es la provincia. Ahora escribí una novela que transcurre en Chiloé. Supongo que sigo en esa.

¿Qué estás leyendo ahora?

Ahora mismo estoy releyendo Pluto de Naoki Urasawa y leyendo a la vez, sin demasiado orden: Perfidia, de Ellroy; Los disidentes del universo de Luigi Amara; Los afectos de Rodrigo Hasbún; el libro de Alan Moore sobre la magia que tradujo Javier Calvo, una compilación de ensayos de Michael Moorcock y The wicked + The divine de Kieron Gillen. Y tengo a la vista la biografía de Paz que hizo Domínguez Michael y la de Davidson sobre Hopkins que editó UDP.

¿Qué otros autores te interesan y crees que deberíamos entrevistar aquí? 

Muchos: Germán Marín, Patricio Jara, Francisco Ortega, María José Viera-Gallo, Alejandra Costamagna, Sebastián Minay, Kurt Folch, Gonzalo Martínez, Roberto Merino, Félix Vega, Leo Marcazzollo, Pablo Toro, Daniel Hidalgo, Mauricio Electorat, Simón Soto, Rodrigo Salinas.

Un video de Youtube que hayas visto últimamente y quieras compartir con nosotros.
https://www.youtube.com/watch?v=6HtmE0OWvu4

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