Natalia Rojas: “Tejer no es inocente, es resistencia ante un tiempo devastador y hegemónico”

Natalia Rojas (Chile, 1983) el año recién pasado publicó el poemario Cardador. Antes también publicó la plaquette Pedernal. Tiene estudios de Literatura y Restauración. En una bio, que precede a una publicación de poemas suyos, aparece presentada como una persona que “teje, planta y escribe”, descripción nada para nada anodina que en buena parte resume el imaginario de una obra que crea una llamativa tensión entre la realidad y sus elementos, tensión que se dispara hacia una cierta extrañeza más que interesante.

1. Partamos hablando sobre Pedernal, tu primer libro. ¿Cómo surge y cómo fue su escritura?

Pedernal surge como libro después de haber participado en el concurso de la revista Grifo de la UDP (2010), luego Julieta Marchant me escribe ofreciendo publicar el poemario en coedición Chile-Argentina por Cuadro de Tiza y VOX. Su escritura y corrección fue nocturna, casi siempre escribo de noche, pero para esos entonces era el único rato tranquilo que tenía para hacerlo. De día trabajaba de mesera en un restaurant en Cerro Alegre, así que cuando llegaba a la casa ordenaba las hojas de las comandas, pero ahora con palabras y versos sueltos. Soy muy de oído, así que puedo tener una palabra pegada todo el día y por alcance semántico otras palabras con un sonido similar se le van adhiriendo. Mi tema principal en ese tiempo era la imposibilidad en todos mis escenarios, la imposibilidad de no olvidar mis rollos de infancia, la imposibilidad de construir cualquier cosa: una carrera, una relación amorosa, un oficio, todo eso que la normatividad instala como destino en los cuerpos, creo que por eso el poemario termina así, con una imposibilidad de no poder dar fin a un poema.

2. En una reseña, Abel Cienfuegos se refiere a cómo en Pedernal “se definen las cosas a través de su in–definición, como cuando nos dice «lo distancia», ese «lo» que define indefiniendo”. Y acierta. Este, junto a otros recursos, como por ejemplo los neologismos, es característico en tus dos libros. ¿Podrías contarnos cómo los trabajas?

Creo que esa indefinición la tengo muy cerca, lo indefinido es el factor sorpresa y el significante. Es ese otro tiempo que ronda sobre las cosas y que sí tiene contacto con lo definido, pero la misma lengua nos ha enseñado a ver el resultado o lo atomizado de lo esperable, para tomar el mismo ejemplo de lo distancia, si nos concentramos, nos damos cuenta que la distancia no solo es el tramo que separa a dos puntos, sino también el tiempo que nos demoramos en recorrer ese espacio y no es necesario ser físico para entenderlo. Al parecer, ese trabajo de lo indefinido y los neologismos me son cercanos porque mi mamá es profesora de química y cuando la oigo hablar sobre las materias, aunque yo no entienda del todo lo que me está diciendo, sé que a través de sus facciones es algo sorprendente, por ende una invitación a investigar o acercarme al tema. Eso me pasa con las palabras, las investigo en su acción y así me doy cuenta si compartimos o no algo íntimo que me ayude en el proceso de escritura.

3. De tu segundo libro, Cardador: háblanos sobre su génesis, cómo surge ese interés en el tema de los textiles.

Hace unos años me puse a tejer porque no lograba escribir. Antes de ese momento, tuve de ejemplo a mi mamá que tejía en sus vacaciones, por lo mismo, nunca terminaba los tejidos, yo crecía y también crecían el número de bolsas con chalecos sin mangas, sin puños, sin terminaciones, pero bellos, aún así muy bellos. Mi abuela materna, ella lo tejía todo, era una verdadera impresora de algodón crudo y una tía muy querida, teje telares, distintas técnicas, así que con esos ejemplos me lancé, paralelo al tejer fui recuperando la concentración para escribir. Ahora tengo las agujas, crochets, lápices, todo en un mismo lugar, son prácticamente las mismas herramientas. Eso en lo práctico, luego vino la pregunta sobre el nudo, me intrigan los puntos, más allá de lo estético, llegué al textil mapuche, diaguita, aymara y esa pregunta se amplió. Por suerte, me adjudiqué la beca de creación este año, lo que me permitió estar por siete meses en una pasantía en el Museo de Etnografía y Folklore en La Paz, Bolivia, se me abrió un mundo o nudo que aún no cierro. Leí a varios antropólogos, no solo ensayos, me topé con cuadernos de campo sin autoría, gesto parecido al de esa tejedora que crea un textil sin sellarlo con su nombre, es información y vida de una comunidad completa fusionada a la subjetividad propia. En el textil se abigarran varias temporalidades, pero nosotros vemos solo una que responde a la del valor de cambio, dejando de lado al rito, es decir, no vemos el agenciamiento de los materiales al textil ni a sus creadoras en sí mismas. La colonialidad nos impide pensar que los tejidos o las creencias que no son occidentales, sean lo suficientemente válidos como patrones alternativos de pensamiento, por lo mismo, no aprehendemos ni sumamos su importancia como sistema simbólico a nuestra manera de entender. Tejer no es inocente ni un arte menor, es resistencia ante un tiempo devastador y hegemónico. Y Cardador nace así, por esas ganas de mostrar parte de ese agenciamiento como el motor principal de un “resultado”, en este caso un textil que pasa a texto. El cardador, es la segunda herramienta que se utiliza después de las tijeras en esta cadena productiva; ahora hay cardadores muy modernos, tipo maquinitas, pero siempre imitando al verbo de la flor seca. Si esa es la segunda herramienta para la producción de un textil, me parece necesaria hoy la pregunta por cuántas herramientas pasamos nosotros cuando escribimos o cerramos una idea, y sin querer hacer conjeturas apresuradas, quizá después preguntarnos qué nos falta para hacer real esa escritura.

4. En Cardador veo un elogio al placer que hay en las cosas útiles —los textiles en este caso—, así como de otros placeres como, por ejemplo, el del contacto con los animales. Veo, además, un intento de dialogar con estas cosas en su propio lenguaje y un intento de separarlas del valor comercial que mucha gente les da. ¿Podrías comentarme esta lectura?

Claro, me parece una lectura acertada. El personaje principal es una llama, Agüita. Este libro está dedicado no solo al textil sino a ese animal, a su nobleza. Agüita es el corazón del libro. Tuve la suerte de convivir con una llama, con esa llama, por lo tanto, pude ver su felicidad, su descanso, su modo de contemplar. Me ayudó a entender la cadena productiva del textil desde el vínculo de la ternura. Creo que esa es la pega, que la poesía sea una fórmula que multiplique las maneras de entender y de acercarse a los seres.

5. Esta época del estallido social en Chile, ¿ha cambiado algo en tu proceso de escritura?, ¿te ha planteado inquietudes?

Absolutamente, hoy más que nunca me deseo pensar más allá de la escritura. Cuando decimos sobre la imposibilidad del lenguaje ante la realidad, creo que de algo no nos estamos haciendo cargo. Esta realidad que solo se movió un poquito para un lado, afectándonos a nosotros, también viene a interpelarnos. No solo se dice la realidad con palabras, ese el punto. Veo en mí la urgencia de lo matérico, quiero hilar lenguajes para que la trama sea resistente. Mi lenguaje, así como está, se haría hilacha si tuviera la oportunidad de decirle algo directo al corazón de un torturado, por ejemplo. Las palabras no nos protegen, muchas veces nos desvinculan, este paradigma ha sido así. La voz, la palabra y la razón rompen el vínculo con lo callado, los oficios y el sentimiento, por ende, todo cuerpo que ha deseado estar en esa temporalidad alterna, cuerpo que han querido anular y hoy es evidente. No tengo idea qué haré, imagino que tomar todas las herramientas, dejar de lado el antropoceno, frecuentar otros espacios, volverme más incómoda, propiciar una zona en donde las palabras tengan la oportunidad de optar su origen.

6. Una banda, una película u otra obra (que no sea un libro) que haya tenido un impacto decisivo en lo que escribes.

No sé si me ha pasado, o bien, he estado poco atenta a ese impacto, pero podría decir que la danza Butoh, los bailes chinos, los funerales chilotes, los rituales andinos son imágenes que de algún modo me gustaría incorporar en la escritura. Pinturas y obras textiles también, como los Bosques de pinos de Hasegawa Tōhaku, El perro semihundido de Goya, los textiles Jalq’a y Tarabuco, Árbol de la vida de Violeta Parra, Ruth Asawa, Anni Albers y lo orgánico que tiene Lee Bontecou.

7. ¿Cómo ves el estado de la crítica literaria en Chile? ¿Lees crítica literaria?

Leo crítica cuando le creo al escritor que la escribe o derechamente, me interesa el libro del que se habla, porque por un lado sabemos que los medios periodísticos están al servicio de ese tiempo hegemónico, instalados en una rapidez que consiste en decir “no compres este, compra este otro”, es como la voz del padre que tanto me ha costado superar.

8. ¿Qué estás leyendo ahora?

Descubrimientos de Clarice Lispector y De los ojos hacia el alma de Verónica Cereceda. Este último ya lo leí hace poco, pero me deslumbra, es complejo y no sé si lo entiendo bien, son investigaciones del Altiplano Aymara en torno al textil.

9. ¿Qué otros autores te interesan y crees que deberíamos entrevistar?

Sería muy bacán que entrevistaran a Natalí Aranda, Valentina Osses, Mariela Malhue, Rosabetty Muñoz, Begoña Ugalde, también iba a decir Verónica Jiménez pero acabo de ver su publicación.

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