Black Waters City (Américo Reyes Vera)

Black Waters City (2018)

Américo Reyes Vera (1960)

Nueve Noventa Ediciones

219 páginas

 

La tradición de las antologías en Chile es de larga data y nunca ha estado exenta de polémicas: allí concurren los más grandes vicios y malas prácticas del quehacer literario nacional. Desde el lobby más descarado, el interés por levantar un canon personal, tendencioso, exaltar a amigos, etcétera. Reproducir un mosaico de voces típico de estas colecciones de poetas y parodiar la idea de antología son los objetivos que Black Waters City logra con maestría.

Y la crítica empieza desde el nombre, riéndose del arribismo idiomático. Una ciudad provinciana llamada Aguas Negras es rebautizada por la traducción en inglés. Para que suene más serio, para darle más “estatus”. El antologador, Américo Reyes, se integra como parte del universo de esta ciudad, aumentando la apuesta: la antología es arbitraria por donde se le mire. Incluirse es tradición. Pero es ecuánime. Incluye a todo el universo de poetas posibles. Y va más allá: publica los poemas con cahuines incluidos. Es la antología más la historia detrás, esa que solo saben los involucrados (los que están dentro y los que quedaron excluidos) y que critican de la misma forma.

La antología como programa de farándula literaria. Las notas al pie sirven tanto para esto como para ir explicando la relación entre escrituras, filiaciones poéticas, vínculos amorosos, odios, rivalidades. Muestran, tipificando a cada poeta, a cada poética, a cada tendencia: el experimental, el sentimental, la erótica, el geográfico, las loas, los panfletos, el maldito, el popular, la suicida. El deseo y el afecto corren con ganas por los versos de los poetas de Black Waters City, que pese a todo el cahuín entre medio sorprende por lo bien que están articuladas sus tendencias y diferencias. Por ejemplo, el poeta Milton Mancilla (1957) nos dice en el poema “Flor de suegro”: “En un lugar de Black Waters City, de cuyo nombre/ me acuerdo perfectamente (American Bar)/ y mientras identificaba los primeros acordes/ de Escalera al cielo de Led Zeppelin, conocí/ a un tipo que me aventajaba en edad” (pág. 17). No solo hay conciencia de una tradición literaria de una lengua específica a partir de la alusión a Don Quijote, sino que esa tierra legendaria se metamorfosea en esta ciudad (con cara de pueblo) donde pareciese vivirse una bohemia intensa.

Adán González (1962) le va dando más cara e identidad a este espacio, cito del poema “El banquete”:

“el especulador de poca monta

y el verdulero de cuneta

y las prostitutas auroradas

y el cesante del kiwi y la cereza

y el cimarrero de la estación de ferrocarriles”

Los versos que acabo de citar son de un poema largo, que va de un vaivén a otra dentro de la página, configurando mejor este lugar, poblándolo de fantasmas, recorriendo las páginas de una vida joven, rebelde, inquieta. Y es así como cada autor (quiéralo o no) va edificando una ciudad distinta, una ciudad que es una construcción propia, como Alfonso Moisés Langlois (1969) con su “Fundación mítica de Black Waters City”: “Aunque yo no sea el alcalde ni el descendiente,/ ilegítimo o no, de sus fundadores principales, ni su arquitecto/ -cuyos honorarios no fueron publicados, hay que decirlo-/ los edificios más pomposos de Black Waters City/ están estructurados a mi voluntad- incluidos/ sus castillos de arena y sus rucas de cristal” (pág. 81).

Son un montón de juegos, trampas, referencias y vicisitudes las que nos encontramos en Black Waters City. 25 autores antologados que se reúnen en una ciudad fantasma, que no solo es una relectura crítica de una tradición polémica. También es una muestra impecable de escrituras, de texturas, de matices. Autores, libros, poemas y cuentos reunidos que fundan un universo contundente, tan vívido por sus defectos, tan entrañable por esas pequeñas joyas que siempre se encuentran en toda antología, cito un último poema de Julián Leopoldo Rex (1970) “Mala (buena) leche”: “Como sea, el tiempo una vez más/ ha triunfado adentro de nosotros.// Y nos permitió ser estafado y estafador/ en equidad y apuro. Chilenito mamón: solo falta saber/ quién es quién” (pág. 88.).

Se ha discutido un montón acerca de las poéticas, de buscar una voz, de encontrarla y pulir hasta transformarla en algo así como un diamante. No obstante, migrar de una voz a otra, lograr salir de un estilo marcado, ponerles otros trajes a las palabras de siempre, es algo que poco se ha discutido y hecho, contadas ocasiones. Por eso y por el brillo propio que alcanza cada poeta de esta antología, Black Waters City se encumbra como un libro notable.

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