Los psychokillers (Marcelo Leonart)

Los psychokillers (2019)

Marcelo Leonart (1970)

Tajamar Editores

ISBN: 978-956-366-110-1

221 páginas

 

En el insoslayable momento que vive Chile, muchos se preguntan y preguntaron cómo no lo vimos venir. Cómo. La pregunta parece ociosa ahora que en las calles se ha desplegado la gente y es tarde para evitar las causas de un estallido social que emerge de una rabia profunda, una injusticia: la manifiesta falta de dignidad. Pero cualquiera que conozca la obra de Marcelo Leonart sabe que esa rabia siempre ha estado en nuestra sociedad, que la injusticia se masticaba bajo algo que se confundía con la mera apatía y que cuando se manifestaba de manera individual se la tildaba de resentimiento y así se la desestimaba. Pero latía con fuerza. Porque hay una brutalidad en la violencia que la gente recibe a diario que ya no era posible soportar. Pareciera que no, pero cuando hablamos de lo que ocurre hoy en las calles hablamos también de Los psychokillers.

Los psychokillers es una novela sobre esa brutalidad que la sociedad recibe y ha recibido. Sobre la brutalidad militar. Sobre la violencia oficial, de aquel que detenta el monopolio en la “legitimidad” del uso de la fuerza. Es, al mismo tiempo, una novela deliberadamente tramposa, porque además se da maña para exhibir los mecanismos sobre los que está construida. Siendo así, puede ser abordada de muchas maneras y de ahí mismo emerge su complejidad: es una novela en tres actos sobre la rabia, sobre la dictadura, la injusticia, sobre la violencia institucionalizada en las fuerzas militares, pero también sobre cómo se construye un guion o se estructura una novela, cómo se espera que funcionen las cosas, cómo una obra juega con la ansiedad de su lector.

«Se cumplían trece años de dictadura y ya era suficiente. Había que matar a Pinochet. Ese era el objetivo. El resto de nuestras vidas empezaría ahí. Y nosotros estábamos ansiosos de que todo sucediera» (página 28)

Leonart estructura Los psychokillers en tres actos o secciones, aparentemente desligados uno de otro. En el primero de ellos está el relato ficcional del intento de asesinato de Pinochet en el año 1986 en el Cajón del Maipo, contado por uno de los chilenos que habría disparado, ahora perdido en la imprecisión fronteriza de las Guerras Yugoslavas en los noventas, donde se convierte a su vez en una especie de militar armado, impartiendo su propia justicia.

«Las buenas historias se desinfectan como si estuvieran en una clínica, cuando en realidad deberían ser heridas abiertas como las que hay en un campo de batalla» (página 162)

En la segunda parte el relato nos sitúa entre Santiago y Nueva York, donde un exmarine y una chilena se enamoran y comienzan una vida juntos. Ella es hija de un demócrata cristiano que luchó contra la dictadura de Pinochet, así que odia a los militares; él, en cambio, arrastra sus propios monstruos luego de matar inocentes en Irak en nombre de su patria. Los une su interés por escribir guiones, nexo más bien dramático, como si sus propias vidas quisieran tener la estructura y solidez de un guion comercial hollywoodense. Sin embargo, este exmarine sigue ofreciendo una violencia incontenible.

Finalmente, en el tercer acto, el libro se desmonta a sí mismo, revela su urdimbre y juega a espejear cada sección con la otra. En esta sección el narrador expone su idea motora para emprender la novela, que pareciera en último término querer responder la cuestión que ronda desde el comienzo: ¿son todos los militares unos hijos de puta?, que es a su vez la pregunta sobre la fuerza represora del Estado, sobre la vulneración e injusticia, sobre el sometimiento por medio de la brutalidad y matanza.

Ese narrador, como siempre ocurre con Leonart, no pretende neutralidad alguna, va de frente, no le hace el quite a la realidad, ni a la calle ni a nuestra historia. Leonart pareciera escribir no solo porque quiere y necesita hacer muy buena literatura, sino que también porque no puede evitar decirles, en su propia cara a todos los hijos de puta que sí, que eso es lo que son.

«No me simpatizan los militares. No así la violencia. La violencia, a veces —la Historia lo demuestra—, es la única salida. (…) Sé que la violencia no es solo lo que se dice que es la violencia. Hablar en contra de la violencia —de cualquier tipo de violencia— es fácil cuando esa violencia no ha sido ejercida en tu contra. O cuando tú eres quien, finalmente, ejerce esa violencia. Y a veces, cuando te sientes acorralado por alguna de las formas de violencia, tu propia e ineludible violencia es necesaria —como en el mundo animal, como en los terremotos que mueven las placas tectónicas, como en un puñetazo bien dado— para mantener equilibrios. O para generarlos. O para desahogarse. O para irse al carajo. O para avanzar un pasito. O por el simple gusto de decir: Paren. Conmigo no, huevón. Conmigo no.” (págs. 179, 171)

 

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