Texto de presentación de “Black Waters City” de Américo Reyes Vera. Por Cristian Rau.

 

Este es el texto que Cristian Rau leyó en la presentación del poemario Black Waters City (Ed. Nueve Noventa) de Américo Reyes Vera.

 

 

Observaciones sobre una antología real
(o cómo seguirle la corriente al autor y no arruinar el chiste)

por Cristian Rau

 

Se sabe que es de malísima educación empezar hablando de uno cuando la tarea encomendada es presentar un trabajo ajeno. Asumiendo la falta, lo haré de todas maneras.

Hace poco menos de diez años crucé la frontera y me fui a vivir de Talca a Curicó —y obviando el bullying de los correligionarios ranguerinos— durante este tiempo he tenido la posibilidad de conocer de refilón —única forma de hacerlo sin ser desollado vivo— el submundo de la poesía curicana (o de Black Waters City, para que se entienda). Este conocimiento de primera mano me pone hoy en una situación compleja: debo decir en público que reputados hombres de letras —y, además, algunos amigos— no solo están equivocados sino que más grave aún le han buscado la quinta pata al gato, han pescado en charco seco y han celebrado filigranas en el último trabajo de Américo Reyes que no existen.

Sabiendo que me meto en la pata de los caballos, expongo: Germán Carrasco dice en la revista Medio Rural que Américo Reyes “se reparte en todos los nombres de Black Waters. Él siente por la abandonada, por la que quería amor y es violada por un bruto, por el adolescente flaite que se culea a una MILF abeceuno y termina robándole las joyas, él es todos esos”. Felipe Moncada propone en el prólogo que “esta antología reúne 24 heterónimos y un autor. O, si se prefiere, 25 heterónimos; pero si me dan a elegir, diría que acá hay un solo autor y un despliegue maduro de recursos poéticos, reflexivos y narrativos”. Y por último, el joven Jonnathan Opazo, que, lamentablemente, además, hoy se encuentra a tiro de mano, celebra la capacidad del autor que “con una serie de notas al pie y comentarios tanto de los poetas como del antologador, va perfilando un mapa de aquellas obras y autores que se sirvieron de este juego de espejos para crear escritores fantasmas, libros que no existen, vidas imaginarias”.

Resuenan, y se repiten, los nombres de Pessoa, de William Carlos Williams, de Lee Masters y podríamos traerlo un poco más cerca llamando el Colonos de Leo Sanhueza o las Canciones Gringas del coterráneo Verdugo. Por decirlo en palabras rokhianas, este sería un libro escrito “a la manera de Dios, que no existió nunca”. Aclaro, entonces, que no es que no comprenda el supuesto ejercicio develado por los colegas y, por lo pronto, me encantaría celebrar esa virtuosa “polifonía” en la poética de Reyes.

Pero no puedo, y voy a contar el porqué.

Américo trabaja puntualmente — y con zapatos de clavo— de 10:00 a 14:00 horas en plena Plaza de Armas curicana, a la salida de la Municipalidad, a medio camino entre los bancos y la notaría. Tiene ahí una especie de faro: pispea a todo el que pasa, saluda, regala besos y cuchichea con los transeúntes. Es una figura central en el centro del submundo del Black Waters City. Lo que no saben los comentaristas, y no tienen por qué saberlo, es que justamente ahí, bajo el paraguas plástico de Américo, se juntan a hablar de literatura y a comentar las novedades amorosas y las libaciones escandalosas de los otros poetas, gran parte de los antologados en este libro —excepto, y es menester decirlo, Julián Rex, a quien Américo tiene cortado.

Se dice también, y esto me lo han contado, que cuando comienza a caer el sol, bajo los parrones del famoso bar El Deportivo, Américo Reyes comparte una que otra copita de vino con los poetas locales; probable es encontrarse ahí con el jovencito Catrileo, con Óskar, mejor conocido como el flaitecito caliente o con Alfonso Langlois y sus sobrinos. Para qué sigo, si ya se capta.
Explicado esto, aboquémonos en la antología.

Primero lo malo. Américo comete dos errores graves: el primero es que se incluye en esta selección, cosa de mal gusto por dónde se le mire; y en segundo lugar, es por lejos el mejor poeta del libro. A lo Neruda, quien solo escribía prólogos de autores menores, Américo aquí se luce y, como se dice, chutea los corners y los cabecea.

Pasemos a lo bueno entonces. El antologador antologado se viste de Violeta Parra, de Margot Loyola, o de Alan Lomax —para no ser tan huasos— y sale en busca de una serie de autores que no habíamos escuchado ni en pelea de perros. En esta recolección no solo descubrimos voces nuevas, sino que más importante aún, aquí parece superado ese gran mal de la poesía maulina, ese spleen provinciano, ese lamento constante contra la suerte y contra la capital, ese gemido rokhiano que se escucha fuerte pero solo en Facebook. Los habitantes de Black Waters City ocupan los mismos escenarios que gran parte de los personajes de la clásica poesía de provincia — por decirlo de una — pululan por baruchos de mala muerte, tiran en los vagones abandonados y recorren paralelas las vías de los trenes; hay profesores solitarios y bibliotecarios enamorados y, cómo no, poetisas suicidas. Percibimos un mundo habitado por seres que deambulan por los márgenes y que aunque muchas veces sean precarios y limítrofes, viven la vida de manera gozosa, aman, hay sexo: cachas, pajitas, pajotas y mamones, todos tienen su “peor es ná” y recorren apurados las calles vigiladas por el negro de la zapatería de la portada (que a todo esto podría ser el negro del WhatsApp vestido como bailarín de charlestón).

Otra gracia del libro es que es absolutamente degenerado. No me refiero claro a las detalladas proezas amatorias, sino que aquí ni se toman en cuenta las habituales reglas y conservadoras divisiones entre géneros. La selección de estos 25 poetas es la puerta de entrada a una serie de notas al pie, aclaraciones, discursos, textos periodísticos, tallas internas y erudiciones tramposas del antologador, que transforman a este libro en algo más profundo que una simple selección arbitraria y antojadiza de vates del Maule Norte. Podríamos decir, exagerando ciertamente, que la ambición verdadera del demiurgo detrás de este trabajo no es solo dar cuenta de un panorama poético, sino que remitirse a la fundación y creación de un pueblo, de Black Waters City, que de tan literariamente inventado, parece ser cierto.

Les leo un fragmento de un poema de Julián Leopoldo Rex:

“A nosotros
Se nos asignó un rol, luego de instalarnos
En una urbe supuesta —la de Black Waters City.
Y se nos ordenó soñar. Y
comprendimos. Deber inexcusable
del que inventó una ciudad
es inventar también sus sueños
y, por ende, sus poetas”.

Termino con un verso de Luisín Banana, poeta joven de apenas 22 años, quien desde la cárcel declama:

“(…) Me aprendí de Memoria unos
sonetos de Miguel Hernández, se los recitaba a mis pololillas
pero no estaban ni ahí, en cambio a mí me nutricionaban el
seso, man, aprendí lo que es un hemistiquio
y un endecasílabo, ejem ejem, así que no me vengan con
pendejadas, descubrí que en cada uno de nosotros hay poesía,
incluso he llegado a convencerme de que hasta el gendarme
que nos despierta de un portazo a las seis de la mañana
es un poeta cuando nos grita: « ya hijos de la grandísima
puta reculía … ahora … todos a la ducha!!!! »”.

Gracias.

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