La buena educación (Amanda Teillery)

La buena educación (2019)

Amanda Teillery (1995)

Emecé Editores

ISBN: 978-956-9956-25-6

160 páginas

La buena educación es la primera novela de Amanda Teillery, que sigue al reciente y promisorio volumen de relatos ¿Cuánto tiempo viven los perros? (Ed. Planeta, 2018) y que da cuenta cómo la autora ha crecido en sus atributos, dejando atrás gran parte de sus ripios en muy poco tiempo.

En La buena educación se nos relata la historia de un par de muchachas de clase alta y colegio opus dei —Sofía y Rosario— en el momento en que la última de estas descubre su embarazo juvenil y va a realizarse un aborto. Ambas situaciones son, especialmente considerando su formación y clase social, un pequeño terremoto en sus vidas, que de saberse las marginaría completamente del entorno al que pertenecen. Tal como en ¿Cuánto tiempo…, Amanda Teillery construye un relato que le sirve para explorar la moralidad de toda una clase social. Como tal, la novela tiene la ambición de constituirse en el cuestionamiento de una visión del mundo: la de las clases privilegiadas y de cómo actúan cuando las circunstancias las obligan a improvisar y a reacomodarse a un libreto que señala qué es lo conveniente.

Es así como la autora logra incluir con soltura una serie de pequeñas temáticas y darles un peso dentro de la narración: la represión sexual que sufren las niñas de esta clase social y bajo este modelo de educación, la asignación de roles de género, sin que parezca haber renovación alguna en los modos conservadores de pensar y pensarse en el mundo, y la existencia de dobles discursos bajo los que estas personas se exoneran de cualquier responsabilidad o culpa por aquello que hacen, a pesar de ir en contradicción con su propio discurso declarado.

“—No quiero que te pase nada malo, me preocupo mucho por ti, solo es eso. Te lo digo para que sepas —murmuró con una dulzura perturbadora y luego volvió a decir, como quien recita una lista de compras para el supermercado—. A las mujeres no les gusta el sexo.

Pero a Rosario sí le gustaba.” (página 138)

Ya en su anterior libro, Amanda Teillery había explorado la realidad de los padres de la joven generación nacida a partir de los años noventa. Es una temática que sigue rondando sus relatos con efectividad: acá nuevamente nos encontramos padres torpes, irresponsables, que fracasan una y otra vez y que son especialmente inútiles en dar algún tipo de seguridad a sus hijos, en traspasarles algo más que no sea una sensación de superioridad moral y material, en sentirse dueños de una gran parcela del mundo. Estos padres fracasan estrepitosamente en su rol de otorgar seguridad y, aunque en esta ocasión la autora no profundiza mayormente en ellos, su fracaso reluce por sus ausencias, o por los discursos caducos que repiten sus hijos mientras hacen precisamente lo contrario a lo que pregonan.

“Para ellas y el resto de su curso, recibir la atención de un hombre era un logro que merecía todos los respetos y aplausos. Para ellas, que acababan de descubrir los sostenes y el maquillaje, ser objeto de interés para un hombre era una forma de acreditación” (páginas 25, 26)

La prosa de la autora sigue siendo comedida, elegante incluso, con un buen manejo tanto del lenguaje y especialmente de los detalles: utiliza un narrador clásico en tercera persona al que le saca muy buen provecho, recurriendo a él para constituir escenas y no para explicar las acciones. Hay en ello una gran virtud de su parte, en la que se ha perfeccionado desde un libro a otro.

El relato de este aborto, que se va matizando con escenas transcurridas en el pasado de la amistad y quiebre entre las protagonistas, constituye el hilo conductor de La buena educación. Una vez relatado, la novela entra en su momento más bajo. El principal problema con los últimos capítulos es que la autora siente la necesidad de justificar a sus personajes. Para ello utiliza el mecanismo de acelerar el paso del tiempo y revelar sumariamente el futuro: es ahí cuando reparte lo que parece ser su forma de justicia.

Sin embargo, el narrador no logra escapar de la misma trampa a la que ha sometido a sus personajes: a todos los femeninos los juzga a la luz de la moral de la propia clase social a la que ha expuesto. De esta forma termina por contar cuántos hijos ha tenido cada cual y cómo han fracasado sus matrimonios, como si la única posibilidad de estos personajes femeninos fuera realizarse a través de los roles más conservadores que su clase les ha asignado, es decir, siendo esposas ejemplares o meras madres fecundas.

“Rosario tiene diecisiete años, en un par de semanas más tendrá dieciocho, y hace un tiempo atrás tenía cien y parecía conocer todos los secretos del universo, pero de vez en cuando tiene cinco o seis, no más de seis años, y no sabe realmente dónde se encuentra ni qué está haciendo.” (página 113)

“Pero en el último tiempo, y a medida que la hora de tomar decisiones se iba acercando, Sofía se daba cuenta de que ninguna de aquellas opciones la emocionaba demasiado. Era como si, al ver sus posibilidades, su vida entera se le presentara tal cual sería, sin variaciones ni sorpresas. Sería una mujer profesional exitosa que se casa con otro joven profesional exitoso, y quizás no habría romance, pero sería un matrimonio práctico, y tendrían hijos y podrían pagar buenas casas y vacaciones y ella tendría un teléfono que no pararía nunca de sonar y siempre hablaría al borde de los gritos, en un tono de voz un poco soberbio. Era una película que ya había visto, que se repetía constantemente entre las personas que conocía. Pero también habría gente como Rosario, una joven linda que entraría a una universidad cara que no le exigiera demasiado y después trabajaría algún tiempo para casarse y meter a sus hijos en el mismo colegio en el que ella estudió, y la vida se le iría en el papel de madre y esposa que le correspondería, pequeñas obligaciones que conformarían su existencia entera. Y nunca tendría que preocuparse demasiado por nada, como ahora” (página 131)

Sofía, el personaje principal en La buena educación, es a la única que pareciera querer concedérsele un escape del molde de su clase, sin embargo, ese escape no es tal, es simplemente una variación de su posición de privilegio: evade una universidad tradicional o aceptada dentro de su clase, para llegar a otra también tradicional, menos aceptada, en una carrera también menos tradicional —pero que tampoco pareciera necesitar ejercer—, lo que parece plantearse como una ruptura con su clase que no lo es tal, porque sigue siendo una repetición de sus privilegios desde otra vereda.

En total, son algo más de diez páginas que traicionan gran parte del argumento que tan bien había construido la autora y sin los cuales La buena educación habría ganado más que perdido.

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