Ya no van a haber robots (Florencia Edwards)

Ya no van a haber robots (2018)

Florencia Edwards (1987)

Lecturas Ediciones

60 páginas

 

Quizás uno de los primeros méritos de Ya no van a haber robots de Florencia Edwards sea proponerse como una poesía narrativa que escapa al ahora manido tono testimonial y realista de un hablante sumido en una cotidianidad casi de oficina. Con pocos elementos, este libro logra dar con un tono y una atmósfera que se destaca por su extrañeza, que va llevándonos poco a poco a lo que podríamos llamar una lírica del terror o de la perturbación a través de la figura de dos niños, Anabel y Marco, que viven en un motel que proyecta un mundo deshabitado.

Podríamos ubicar Ya no van a haber robots en las antípodas de lo que llamaríamos “poesía infantil”, en donde exponentes tan importantes y prolíficas como María José Ferrada, en el caso de Chile, y Roberta Innamicco, en Argentina, han asentado cabeza: una poesía del asombro, la inocencia nunca inofensiva, de la percepción prístina y el juego.

Edwards voltea el tablero y nos pone enfrente, casi enfocados con una cámara, como si cada poema fuera parte de un siniestro reality show, a los primos o hermanos (ni los poemas logran clarificar esta relación) Anabel y Marco fugándose del radar de los adultos o habitando un mundo en que la moralina de la sociedad no ha golpeado de lleno su lucidez.

Los poemas del libro bosquejan un mundo en suspenso, recrea atmósferas de contemplación en que cualquier devastación es posible en la mirada apacible e inquieta de estos dos personajes. Leemos de la página 20: “La niña se hinca al lado de la estufa/ la estufa prendida es un robot/ apagado// tiene ojos pero no se mueven/ la niña lo empieza a tocar// no hay nadie”. O en la página 25: “El niño/ en la pieza/ surge como una historia de terror// Esa noche lloró más que todos los niños del mundo”. Es este tipo de hipérboles, que amplifican o minimizan las acciones de los niños, que pasan de un extremo a otro con tanta naturalidad que asustarse y sospechar de todo lo que se mueva en el poema no es gratuito.

El terror y lo distópico se conjugan y depositan en unos pocos personajes, juegos y objetos ubicados en el espacio justo donde podría estar escondido un agujero negro, una voz que escapa de alguna parte y va hilvanando esta especie de relato. Leemos de la página 15: “Dijo una voz a los niños/ desde un desierto perdido/ que había que hacer calma/ en su inquietud segura/ cuando miraron caminar al ladrón/ que respiraba dormido”. Las imágenes, ilustraciones y láminas, a pesar de que no dialogan directamente con los poemas, acentúan el carácter autónomo de los niños como personajes no dependientes de nada, construidos sobre el mito de sí mismos, huyendo de toda aridez clasificatoria. Son niños que de la mano entran en la fantasía, pasan al terror y al gore con tanta holgura que uno nomás hace el amago de seguirlos, por curioso.

Ya no van a haber robots parece un cortometraje sobre un par de antihéroes sobreviviendo ante una humanidad que va de paso por la carretera y ni siquiera se pregunta qué hay detrás de las cortinas y puertas de los moteles de carretera, como si la vida en el futuro solo sea un transitar continuo. Anabel y Marco remontan y desmontan una historia donde quizás la ausencia de los adultos, la ausencia de los padres es un síntoma de evolución y los niños pueden educarse en igualdad de condiciones, sin depender ya de nadie: idea más que terrorífica para nuestros progenitores.

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