Andrés Urzúa: “En un mundo exitista e hípercompetitivo como el actual la derrota se vuelve un elemento subversivo”

Fotografía: John Uberuaga

Andrés Urzúa (Viña del Mar, 1982) es licenciado y Magíster en Literatura, diplomado en Edición, en Diseño Editorial y en Gestión Cultural, y autor de más de seis poemarios, entre los que destacan Zapping (2014), Tetris (2015), Formas de volar (2017), El lenguaje de las piedras (2018), los libros-objeto letra chica (2018) y Gracias por favor concedido (2019).

Editor multifuncional en Libros del Pez Espiral, donde viene hace años potenciando la colección de poesía con nuevos autores y reediciones de poetas de los 90 y 2000, cuyos libros dejaron de circular hace algunos años. Desde 2010 es parte de la organización de A Cielo Abierto, Festival Internacional de Poesía de Valparaíso.

Como está pronto a publicar Polvo de ladrillo (Libros del Pez Espiral, 2019), aprovechamos de conversar con él sobre tenis, literatura de deportes y edición.

¿Cuál es tu rutina laboral? ¿Qué peso tiene en ella la escritura y la edición?

Mi rutina laboral, al igual que mi cabeza, es bastante dispersa. Si bien la edición, la escritura y la gestión cultural son el grueso de mis preocupaciones laborales, siempre me he visto en la necesidad de complementar esas laborales con otras pegas más rentables y convencionales. Por ejemplo, a veces me toca ser corredor de propiedades (o más bien caminador de propiedades), telefonista a medio tiempo de la consulta médica de mi suegra o vendedor oficial de las ventas familiares: vehículos, ropa o lo que venga (las cuales comercializo aprovecho de pasar el dato por yapo.cl). O sea, una especie de trabajador de lo que caiga.

Empezaste publicando en 2012 Galería, un libro que inicia una exploración larga sobre los alcances del lenguaje y la percepción, tema que cruza casi toda tu producción hasta el momento, incluyendo el libro-objeto Letra chica. ¿Te quedó alguna certeza después de ese largo camino? ¿Es tiempo de cambiar la búsqueda?

Por lo general suelo pensar que el conocimiento, contrariamente a lo que se dice, solo conduce a un mayor grado de conciencia acerca del propio desconocimiento. Así que de certezas, poco y nada. O al menos eso creo.

Lo que sí sospecho es que esa larga exploración sobre la desconfianza en el lenguaje que se puede advertir en varios de mis libros, y también en mis trabajos académicos (especialmente en mi tesis de postgrado), me llevó a la necesidad de cambiar de rumbo. Como que me aburrí de andar dudando del lenguaje. Porque es obvio que el lenguaje no comunica, o al menos no comunica como quisiéramos. Y que además está totalmente viciado producto del uso y abuso al que lo hemos sometido.

Entonces estas publicaciones que vienen (me refiero a Gracias por favor concedido y a Polvo de ladrillo) responden a ese giro de tuerca. Pues son textos mucho menos pretenciosos en términos filosóficos y reflexivos, pero creo que también más profundos y honestos en algún sentido. Son textos que buscan conectar con cualquier lector. Y a eso apunta, tal vez, mi producción poética actual: a la ilusión de la comunicabilidad.

Letra chica y Gracias por favor concedido e incluso Polvo de ladrillo son libros muy cercanos en su tiempo de publicación y su composición específica, que permitiría catalogarlos como libros-objeto. Tomando en cuenta que trabajas en Pez Espiral, cuyo sello es la materialidad y el diseño, ¿cuál es el lugar del libro-objeto en Chile? ¿Qué antecedentes tomas para tu trabajo y el de la editorial?

En mi opinión, en términos temáticos y estéticos Letra chica es muy distinto y distante a los otros dos libros. De hecho, creo que es el libro que cierra esa serie de textos cuya preocupación principal es la crisis del lenguaje. Y, por tanto, los otros dos libros serían los que abren esta otra poética, cuya fijación principal creo que está dada por la pequeña historia nacional, en contraposición a la historia mayúscula. Es decir, la historia de los sujetos anónimos, de los derrotados y no de los triunfadores. Y también la ficción y la subjetividad de la representación histórica.

Y bueno, tal como adviertes, la cercanía de estos tres libros está dada por la materialidad y el diseño. Es decir, las tres publicaciones intentan hacerse cargo de la dimensión material del libro, de su condición de objeto. Y lo hacen a través de un diseño y de una materialidad que buscan representar de algún modo una lectura del texto, que quieren dialogar con él.

Por ejemplo: Gracias por favor concedido, editado por Hojas Rudas, tiene una placa de agradecimiento en la cubierta, semejante a las placas que dejan los deudos en las animitas. Polvo de ladrillo, a su vez, tiene las dimensiones proporcionales de un ladrillo, es decir, es alargado y angosto. Y Letra chica, por último, es una cajita que tiene tarjetas en su interior, las cuales están impresas en letra muy pequeñas (tamaño 3 o 4). Y viene con una lupa plástica importada desde China, del tamaño de una tarjeta de crédito.

Ahora bien, respecto al lugar del libro-objeto en Chile, creo que los editores y particularmente los escritores de poesía somos muy convencionales en la manufactura de los libros. El libro como tal, con lomo incluido, tiene un prestigio excesivo en este país. Como editor de Pez Espiral me he topado con esa realidad: muchos autores quieren libros tradicionales, y se niegan a salir de los formatos establecidos. Esto es algo que veo de manera muy negativa, y ni siquiera logro entender por qué sucede. O sea, después de Deisler o de Juan Luis Martínez, ¿vamos a seguir pensando en el libro convencional como la única forma material posible de representar la poesía escrita?

Respecto a Polvo de ladrillo y a la referencia al homenaje al Club de Tenis de Limache, ¿qué importancia le das a haber jugado tenis en la escritura del libro?

A veces creo que la única respuesta verdaderamente honesta que todo sujeto debiera expresar es simplemente: “No sé”. De modo que esa sería mi respuesta más sincera: no sé. Pero tengo algunas sospechas que me gustaría mencionar. No soy de los que creen que es imprescindible haber practicado algo para referirse a ese algo. Mucho menos en un campo tan abierto y especulativo como el de la literatura.

O sea, no me parece sustancial si Vicente Huidobro se tiró o no en paracaídas para escribir Altazor. O si Pablo Neruda recorrió América para escribir Canto General. Lo que sí me parece relevante es el texto, sea o no resultado de una experiencia concreta. Porque de experiencias reales pueden surgir pésimos textos (y de experiencias imaginarias también). Por tanto, no valoro la experiencia per se cuando se trata de un texto literario.

Ahora bien, en lo que respecta al proceso de escritura de Polvo de ladrillo, creo que hay dos elementos sustanciales en su composición: la experiencia personal de haber jugado al tenis y la investigación y documentación acerca de la historia del tenis chileno. Y sí, en el caso de este libro en particular, mi experiencia como jugador de tenis y competidor totalmente amateur —con tendencia a las derrotas es relevante. Y quizá responda a que no soy un escritor excesivamente imaginativo, de modo que suelo recurrir a la memoria y a la experiencia para crear —o más bien recrear— los textos.

Pero claro, esa experiencia me dio todo un marco y un imaginario a trabajar, el cual estaba totalmente disponible. Solo tenía que afinar el ojo y mirar, para luego construir el texto. De modo que pasé varias horas, días y semanas en una suerte de trabajo de campo: yendo a jugar frontón y recorriendo el Club de Tenis de Limache. Pero sobre todo mirándome jugar al frontón, en una suerte de desdoblamiento. E incluso memorizando escenas y versos mientras golpeaba fallidamente la pelota contra la pared del frontón.  

Polvo de ladrillo se puede leer como un libro archivo sobre tenis en el que hay mencionados varios eventos relacionados con el deporte, excluyendo “las grandes proezas”. ¿Por qué te parece importante recalcar el tema de la derrota?

Se me vienen varias respuestas posibles a la cabeza. La primera de ellas responde a una experiencia concreta que tuve, la cual creo que me impulsó a la elaboración de la primera parte de Polvo de ladrillo.

En 2012 fui a Buenos Aires junto a mi pareja, y visitamos la pizzería El Cuartito. Es una pizzería típica del centro de la ciudad porteña, pero tiene una singularidad: en las paredes hay fotos colgadas que retratan escenas de innumerables éxitos deportivos de los argentinos: Maradona, Messi, Fangio, Vilas, equipos campeones de la Libertadores, títulos mundiales de la selección argentina, etc. Entonces me dije: si el relato deportivo de los argentinos es el triunfo, nuestro relato deportivo, el de los chilenos, es el de la derrota.

Además era una época en la cual yo mismo estaba sumido en una sensación constante de derrota. Todavía no terminaba la universidad, vivía en la casa de mis suegros y ni siquiera había logrado publicar mi primer libro. O sea, era un looooser total (y la cosa no ha cambiado mucho hasta la fecha). Fue en ese contexto, según recuerdo, que empecé a visitar el Club de Tenis de Limache, y más precisamente el precario frontón que está en un extremo del club, frente a la plaza de armas de la ciudad. En ese escenario, haciendo rebotar la pelota contra esa pared despintada, fue craneada la primera parte de Polvo de ladrillo.

Y bueno, para tratar de responder tu pregunta: me parece evidente que en un mundo exitista e híper competitivo como el actual, la derrota se vuelve un elemento subversivo. O sea, en un mundo liderado por los winner´s, darle espacio a los looooser´s debiera ser un imperativo ético. Y además la derrota me parece mucho más atractiva que la victoria, y más profunda también. La victoria solo nos lleva a la vanidad y a la banalidad. Pero la derrota nos lleva a confrontarnos con nosotros mismos, nos lleva hasta el fondo.

Lo que me parece mucho más potente y hermoso que los delirios banales del éxito. Borges dice algo así como que “la derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce”, y estoy totalmente de acuerdo. Algo profundamente digno, bello y humano se asoma en la derrota, mas no así en el éxito.

En este sentido, creo que la imagen de la derrota, y la del tenista solitario jugando al frontón, es una imagen muy parecida a la del poeta en la sociedad actual. Y la práctica del tenis de singles, con su soledad y su lucha constante contra uno mismo, tiene varios puntos de encuentro con el ejercicio de la escritura.         

-Entre las fotografías y figuras a las que haces alusión en el libro se encuentra Anita Lizana. Para quienes no la conocen, ¿quién es y por qué es importante para ti?

Anita Lizana es la tenista más importante de la historia de Chile. Y no me refiero solo al ámbito del tenis femenino, sino a todo el espectro del tenis nacional. Más que el Chino Ríos, más que Fernando González, más que Nicolás Massú, más que Lucho Ayala. Anita Lizana, conocida popularmente como “La Ratita”, ganó el 11 de septiembre (cacha la fecha simbólica) de 1937 el torneo de Forest Hills, equivalente al Abierto de Estados Unidos actual. Es decir, es la única tenista chilena en ganar un Grand Slam en la categoría de singles.

Luis Ayala, el Chino Ríos y Fernando González fueron finalistas de torneos del Grand Slam, pero todos ellos perdieron la final. En cambio, Anita Lizana ganó el actual Abierto de USA, y además lo hizo sin perder un solo set en toda la competencia. Y creo que hubiera ganado muchos más torneos importantes si no hubiera estallado la Segunda Guerra Mundial, la cual forzó la suspensión de diversos campeonatos durante varios años, probablemente en el mejor momento deportivo de La Ratita.

Pero no solo eso. Anita Lizana representa también la imagen del empoderamiento femenino de la primera mitad del siglo XX. Hay que pensar que en 1937 la mujer ni siquiera tenía derecho al voto presidencial en Chile. O sea, en 1937 Chile recibía y celebraba a una campeona mundial del tenis en el Palacio de La Moneda, considerada número 1 del tenis mundial por los periodistas especializados de la época, pero no le reconocía un derecho fundamental de cualquier ciudadano: el derecho a voto. De modo que debió ser una figura sumamente potente, sobre todo en términos simbólicos, para los movimientos feministas de la época.

La escritura de deportes en Chile es un terreno cooptado por el periodismo. A partir de Polvo de ladrillo y la antología de poesía deportiva de la cual fuiste editor, ¿en qué está la poesía chilena deportiva?

Qué bueno que mencionas la muestra de poesía chilena deportiva que publicamos el año pasado por Pez Espiral, titulada Selección Nacional. Creo que de alguna manera Polvo de ladrillo es una publicación hermana de esta última, pues el proceso de escritura y edición de ambas publicaciones se dio de manera prácticamente simultánea. Y ese libro me permitió conocer más a fondo la tradición de la poesía deportiva chilena, de la cual el tono de Polvo de ladrillo es heredero.

Porque en la poesía chilena deportiva hay un elemento que se repite, y ese es justamente la derrota. Como que en algún sentido la poesía chilena deportiva es un pretexto para hablar de la precariedad del país y del abandono de los sujetos, además de la barbarie de la dictadura. O al menos esa fue mi lectura de la poesía chilena deportiva durante el proceso que me llevó a la elaboración del libro Selección Nacional.

Aunque, pensándolo bien, no sé si se podría hablar efectivamente de una tradición de poesía deportiva en Chile. De hecho, son muy escasos los libros deportivos unitarios en la poesía chilena. Lo que hay son poemas deportivos aislados, pero pocos libros que se enfoquen decididamente en el tema. Entre ellos: Cuaderno de deportes de Elvira Hernández, los libros pugilísticos de Juan Carlos Urtaza, Calle abierta de Patricio Contreras, La iluminada circunferencia de Jorge Velásquez y el libro Poemas para Michael Jordan de Francisco Ide. Pero no creo que haya mucho más que eso. De modo que ni siquiera sé si la poesía chilena, y mucho menos la poesía chilena actual, está efectivamente interesada en el deporte como metáfora de la realidad. Incluso me atrevería a decir que no. Que probablemente, desde la perspectiva de la creación y la reflexión poética, se mira el deporte con distancia, recelo e incluso con cierto desprecio.

Gracias por favor concedido es un libro que vienes trabajando hace algún tiempo con la editorial Hojas Rudas. Describiste el diseño del libro que está conformado por una placa que semeja a las de las animitas. ¿Cómo llegaste a la forma final del libro?

En ningún caso me atrevería a decir que llegué solo a la forma final del libro, pues el proceso de diseño y edición de la editorial Hojas Rudas es muy colectivo. En este sentido, creo que en conjunto con Jael, una de las editoras, creímos que la placa en la cubierta podía relacionarse de mejor manera con el texto que una cubierta tradicional, con el título impreso directamente en la tapa. Como que el texto exigía, de alguna manera, ese gesto. Puesto que el libro que mencionas, Gracias por favor concedido, fue escrito a partir de una pequeña investigación que hice sobre una serie de animitas chilenas, algunas de ellas mencionadas en el hermoso libro L´Animita. Hagiografía folclórica, del imprescindible Oreste Plath.    

Eres parte de la organización del Festival Internacional de Poesía A Cielo Abierto. ¿Qué conclusiones has sacado de esa experiencia en el acercamiento de la poesía a la gente y la lectura en espacios públicos?

Elvira Hernández decía en la primera versión del evento que sacar la poesía a la intemperie era un gran desafío, pues ella sentía que la palabra tenía su espacio recluido entre cuatro paredes. Y bueno, esa es justamente la jugada del festival, el que ya cuenta con ocho versiones prácticamente ininterrumpidas: sacar la poesía de los libros y llevarla a la ciudad, para ver si cae por ahí un nuevo lector, si motivamos a alguien para que ingrese al campo de la lectura de poesía. Es como el juego de la pesca milagrosa: sacamos la caña de la poesía a la calle para ver si pescamos algún lector desprevenido.

Pero bueno, efectivamente algunas actividades logran ese objetivo. Particularmente una de ellas: la actividad de poesía en lanchas, las cuales zarpan en la noche y se detienen en medio del mar para dar inicio a una lectura de poesía, con Valparaíso nocturno como telón de fondo. Es una actividad que convoca a más de 300 personas cada año, llenando cuatro y hasta cinco lanchas para escuchar poesía en medio del mar.

Aquello sería impensable en tierra. Lo que me lleva a pensar que para acercar la poesía a la gente es necesario salir de las lecturas y actividades convencionales, donde un poeta o un grupo de poetas lee sus textos monótonamente frente a un público somnoliento. Al igual que lo que decía anteriormente respecto a la materialidad de los libros y los convencionalismos de la industria editorial chilena, creo que hay que buscar nuevas formas de llegar a los lectores. Hay que salir de los espacios de confort y monotonía a los que nos hemos ido acostumbrando, para así intentar fomentar efectivamente la lectura. Por ahí creo que va la cosa. Aunque quién sabe…

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