Una noche en el paraíso (Lucia Berlin)

Una noche en el paraíso (2018)

Lucia Berlin (1936 – 2004)

PRH Grupo editorial

ISBN: 978-956-38-091-9

282 páginas

 

A fines del 2016, Lucia Berlin hizo su reaparición en el mundo literario con la edición de su celebrada Manual para mujeres de la limpieza, antología que volvió a ponerla —o la puso por primera vez, para muchos de nosotros— bajo el foco de atención. ¿Dónde había estado metida todo este tiempo? ¿Por qué se la edita y distribuye así ahora que está muerta? ¿Cómo no supimos de ella antes?

A Lucia Berlin se la compara con Raymond Carver, pero a estas alturas y dado su talento no es tan seguro que en su caso eso sea un halago: ella escribe de forma desaforada, jamás contenida, tierna a ratos, histérica otras tantas, drogada, alcoholizada, tratando de equilibrar su vida y adicciones con la crianza de cuatro hijos y el fracaso de tres matrimonios.

Una noche en el paraíso es una nueva recopilación de relatos que viene en la senda de su predecesor. Un par de sus cuentos están ambientados en Chile, donde vivió varios años como parte de la más rancia alcurnia chilena, en su calidad de extranjera adinerada y con un padre en un puesto importante en una minera antes de que se nacionalizaran. Otros tantos cuentos suceden en México, lugar que pareció convertirse en su segundo hogar, y también Estados Unidos.

“Críquet en Santiago. Parasoles rojos, césped verde, los Andes blancos. Sillas de lona a rayas rojas y blancas en el club de campo Príncipe de Gales. De jovencita firmaba los recibos de la limonada, daba propinas a los camareros de esmoquin, aplaudía a John Wells. El golpe perfecto del bate de críquet. Vestía de blanco, procuraba no mancharme con la hierba, coqueteaba con chicos que llevaban los pantalones grises de franela de la escuela Grange, chaquetas azules en verano. Emparedados de pepino para el té, planes para el domingo en Viña del Mar.” (página 229, “El Pony Bar, Oakland”)

Tal como en Manual para mujeres de la limpieza, Lucia Berlin compone una serie de cuentos buenísimos, todos de un muy alto nivel, y además un par de cuentos notables, excepcionales incluso. En esta última línea están “Tiempos de cerezos en flor”, relato en que Berlin nos narra la rutina del día a día de Cassandra, con las ocupaciones del cuidado de su hijo, la lectura, las compras. Es un cuento leve, donde apenas sí hay una anécdota, una pequeña fisura en la rutina, producida por el cartero que, día a día, repite a su vez su propia monotonía a tal punto que, sin esfuerzo alguno, tiene calculada su velocidad para llegar a cruzar las esquinas con la luz del semáforo siempre en verde, sin hacer ningún esfuerzo. Cassandra ve acentuado el vacío en su vida cuando lo contrasta con la rutina del cartero.

“Nunca se desviaba de su camino, incluso las cortesías de rigor eran manidas y predecibles. Hasta que Cassandra se dio cuenta de que las suyas con Matt lo eran también. A las nueve, por ejemplo, un bombero subía a Matt al camión o le ponía el casco. A las diez y cuarto el panadero le preguntaba a Matt cómo estaba hoy su hombretón y le daba una galleta de avena. O el otro panadero le decía a Cassandra, hola, preciosa, y le daba a ella la galleta. Cuando salían del portal y se asomaban a Greenwich Street ahí estaba el cartero, justo cruzando la calle” (págs.. 145, 146 “Tiempo de cerezos en flor”)

Especialmente notable resulta también “Andado. Un romance gótico”, que es el relato de la invitación a Laura, de catorce años, a pasar unos días en el enorme fundo de Andrés Ibáñez-Grey. Es un relato que transcurre en Chile antes de la reforma agraria, eso permite la obscenidad de las proporciones del fundo, lo fastuoso de su construcción en medio del paraíso agrícola, los inquilinos, las empleadas que a su vez son usadas de desahogo sexual por los hijos del propietario.

El cuadro se completa cuando Laura, hija de un diplomático, asiste sola a la invitación de don Andrés Ibáñez-Grey. Y el hombre maduro, viejo tal vez, acostumbrado a tenerlo todo, también consigue encantar a Laura, y obtener de ella, como si fuera nada, sin dramas, sin remordimientos, lo que se propone. Porque es lo normal.

Son veintidós cuentos, todos de altísima factura. Muchos de ellos feroces, muchos de una belleza delicada. En ellos nos encontramos con personajes extraviados, caídos en desgracia o a punto de hacerlo. En cada uno de sus personajes femeninos reconocemos al doppelgänger de Berlin, y eso hace que todo sea aun más brutal. Y, sin embargo, jamás hay autocompasión o arrepentimiento por una vida que tuvo momentos realmente malos, que pudo haber acabado en la asfixia del alcoholismo o de las drogas sin control.

Tampoco hay moralina. Queda, simplemente, un buen puñado de relatos narrados fantásticamente, sin concesiones, sin compasión, donde la inteligencia de Lucia Berlin se esconde en cada párrafo para dejar que sean las palabras las que brillen y no el drama que se mantiene siempre en una frecuencia muy baja, solo para el que quiera mirar qué fue lo que se escondió bajo la alfombra.

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