Kintsugi (María José Navia)

Kintsugi (2018)

María José Navia (1982)

Kindberg Editorial

ISBN: 978-956-9707-05-6

141 páginas

Kintsugi es un montaje, un armazón de cuentos que construyen una historia mayor donde María José Navia incluso se da maña para reutilizar relatos que ya formaban parte de su excelente publicación Lugar, dándoles nueva vida, provocando con ellos otra posibilidad de lectura.

Si en Lugar la autora echaba mano de un conjunto de mujeres escindidas, desacomodadas a su propia realidad, tratando de encontrar su lugar en el mundo a través de sus fortalezas y fragilidades, donde lo que más exhumaban sus relatos era una profunda humanidad, en Kintsugi se detiene más en la arquitectura del conjunto.

Con esto, busca provocar que estos relatos puedan ser leídos como una continuidad, no tanto por la repetición de sus protagonistas en cada cuento o capítulo, sino que por la existencia de un hilo argumental más o menos bien asentado: la vida de una familia rota, los tres hermanos –Sofía, Eduardo y Tomás— que ya adultos separaron sus vidas por caminos que los alejan, o que simplemente se quedaron varados en la bifurcación.

Tal como sucede en su anterior publicación, María José Navia se detiene y desarrolla especialmente a sus personajes femeninos, quienes capturan el foco principal de la historia. En Kintsugi es Sofía a quien veremos con mayor frecuencia y profundidad en su vagabundeo. Incluso cuando la historia se detiene, ya sea en Eduardo o Tomás, la narración siempre estará mirando a Sofía por sobre la barda, a ver en qué momento de su vida se encuentra.

Porque Kintsugi está construida sobre once pequeños cuentos que, como tales, se permiten abandonar a un personaje u otro en algún momento de su cronología para encontrarlo después, ya sea más adelante o más atrás en su propia biografía. Es en el montaje, en el empalme de un relato con otro, en las fisuras, en el aire que queda entre ellos donde la historia mayor ocurre. Hay una indudable belleza en el gesto de la autora de no contarlo todo, pero no a través del mecanismo de la autocontención, sino que por medio de las posibilidades que el ya mencionado montaje le permite, con sus saltos temporales e interrupciones deliberadas, entregándole al lector la misión de mantenerse atento, obligándolo a unir las piezas rotas de esta familia que se ha estrellado dividiéndose en fragmentos, fragmentos que se replican a través del mecanismo narrativo.

Es el lector quien, cual maestro del arte del kintsugi, debe ir uniendo los trozos, recorrer las cicatrices y costurones que dejan, y permitir que la historia mayor de esta familia fracturada se vaya uniendo con cada cuento que lo conforma.

María José Navia retorna a los motivos de Lugar, vuelve a la fractura, al desacomodo esta vez de un grupo de personas, vuelve a sus mujeres fuertes que a ratos se doblan mostrando su humanidad. En cambio, en sus personajes masculinos es donde refleja menor destreza, no porque tengan un rol secundario, sino que porque carecen de suficiente profundidad y matices: son derechamente poco interesantes y hasta bien podría prescindirse de ellos.

Es en la exploración de la cotidianeidad donde la autora obtiene sus mayores logros: en sus personajes femeninos que parecieran querer mostrarnos cómo nos hemos convertido en islas en las ciudades, desapegados, desarraigados, un tanto a la deriva en nuestras propias vidas, incapaces de compartir nuestros afectos de manera real.

En Kintsugi casi no hay violencias físicas, todo ocurre en otro plano más difuso, más sutil y delicado. Tal vez por eso cada eco de los silencios de sus personajes y de sus imposibilidades de establecer comunicaciones afectivas resulten a ratos tan brutales, porque esa violencia no es algo manifiesto, sino que latente en el subsuelo del libro, y se trasluce bajo una lectura atenta de las fisuras, de lo que no está dicho sino que expuesto.

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