Weichafe (Marcelo Leonart)

Weichafe (2018)

Marcelo Leonart (1970)

Tajamar editores

ISBN 978-956-366-092-0

203 páginas

 

Weichafe es la más reciente novela de Marcelo Leonart. En ella, dividida en cuatro secciones o “batallas” como las titula el autor, se nos relata una serie de eventos que tienen como centro la injusticia y violencia crónica que ha sufrido el pueblo mapuche en Chile.

El relato comienza con varios amigos sentados en un departamento de clase media de Santiago, oyendo la historia de Felipe, un mapuche traumatizado por algunos sucesos que no logra hilar de manera ordenada para transmitirlos a sus oyentes, entre pitos y botellas de vino. Luego el relato se trasladará a la calle en la noche Santiaguina, donde el narrador y personaje principal irá detrás de Felipe. Más tarde la narración parece escaparse un tanto de las manos del autor, que opta por los hilos alternativos del argumento y, de forma imprevista —ya que cuando esto ocurre normalmente los libros se van al carajo— Weichafe agarra realmente vuelo y pasa de ser una novela que simplemente va bien encaminada a ser una muy buena novela.

Leonart, desde la tercera sección o batalla, deja escapar toda su rabia, toda su impotencia por el trato que ha tenido el Estado chileno con el pueblo mapuche, pero no lo hace con una larga perorata, por el contrario, comienza a construir una serie de pequeñas escenas que están tan bien armadas que incluso le dan espesura a la primera mitad de la novela. Es así como relata con lujo de detalle, basándose en declaraciones y en el expediente de la causa, el atropello y muerte de Hernán Canales Canales, arrollado por ni más ni menos que por Martín Larraín Hurtado, hijo de Carlos Larraín Peña, exsenador y en ese entonces presidente de RN, para luego fugarse, alterar la prueba y, en suma, dejar que Hernán Canales Canales muriera por falta de asistencia médica inmediata. Aquí Leonart ya ha conseguido un contrapunto perfecto con la historia que antes desarrolló para así dejar escapar todo eso que cierta gente le gusta llamar resentimiento, pero que en manos de las víctimas no es más que otra cosa que una sensación de profunda injusticia, la conciencia de ser los eternos perdedores en el juego de poder.

«Durante las pesquisas y diligencias realizadas para el juicio, aparte de la primera autopsia que resultó ser falsa, el cuerpo de Hernán Canales fue exhumado a lo menos dos veces. En la segunda autopsia se estableció que con el debido auxilio y una pronta atención médica, Canales habría podido sobrevivir» (págs. 149, 150)

Misma sección y Leonart sigue prefiriendo el ramal que ha construido en lugar de retomar el hilo principal, y así construye el relato de otro contrapunto, otra infamia: el asesinato en manos de Carabineros de Matías Catrileo, que muere luego de que le dispararan por la espalda, con quien sus compañeros comuneros tuvieron que correr en andas, con ya nada más que su cuerpo, hasta parapetarse en una iglesia, para que los carabineros no les quitaran el cuerpo, para que no se instalara una versión “oficial” de su muerte distinta a la real, a la que quedó sentenciada en un juicio que terminó declarando al Estado de Chile culpable por su muerte, pero haciendo imposible su reparación.

Dos contrapuntos enormes, sin embargo, aquí es cuando el autor mete todo en la hoguera, no se guarda nada adentro y comienza a relatar, echando mano nuevamente al expediente de la causa, la escena que terminó con la muerte del matrimonio Luchsinger-Mckay, de toda la prensa que tuvo, de la sideral distancia en su persecución y, por qué no decirlo, en las condenas a la luz de los casos anteriores. La novela, entonces, repercute en todas las dimensiones del mismo relato, hacia la parte ficcional con la que abre y cierra, y hacia las diferencias que existen en las causas que escenifica para romper el esquema preconcebido de mapuche-terrorista-malo, colono-trabajador-bueno.

«Un segundo de silencio en los gemidos asustados de Vivian con el teléfono colgado en la mano y muerta de miedo encerrada en su habitación. Un segundo de silencio en donde los posibles comuneros mapuche se dan cuenta de que el viejo culiao, el winka culiao, el colono chileno-alemán o chileno-suizo o me da lo mismo, con la pistola calibre .22 en la mano, le ha disparado a un peñi por la espalda. Repito: por la espalda. Esto no es invención mía. Esto consta en diversas versiones periodísticas y/o judiciales» (página 178)

Se trata de una novela difícil, incómoda, de esas que no podrían haber sido publicadas hace un par de decenas años atrás, puesto que con su valentía no se guarda nada, todo lo trastoca, está dispuestas a discutir cada una de las supuestas razones oficiales, cada uno de los argumentos. En su arrojo, en su estructura que engañosamente va hacia un lado y termina en otro, redundan sus principales atributos. Es una novela que en un primer momento se construye con dificultad, que incluso podría haber ganado con una poda razonable en su primera mitad, pero que adquiere una enorme velocidad cuando el autor se arma del más justificado resentimiento, y deja que este se apodere del relato. Ahí, cuando asume la posición más peligrosa, es cuando Weichafe de Marcelo Leonart luce sus mejores credenciales.

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