Texto de presentación para el libro “Te convertirás en un extraño” de Nicolás Campos, por Jonnathan Opazo

PENA DE EXTRAÑAMIENTO

Se dice extraño por forastero, extranjero. Se dice extraño con extra de extrarradio: un estar-afuera-de-algo, una marca de no pertenencia a familia o lugar alguno. Estar, digamos, en una zona liminar, ya sea quieto o en movimiento, pero siempre afuera. Visto así, Te convertirás en un extraño parece una condena, el veredicto para una pena de extrañamiento: destierro, ostracismo.

Vale la pena darle un par de vueltas al título para conectar o encontrar las costuras de los siete relatos de este libro. Tanto Cristóbal Gaete y Mónica Drouilly reparan, en primer lugar, en la atmósfera inquietante de las narraciones. El origen de esta inquietud no es sobrenatural ni, por decirlo de alguna forma, Histórico: no es la alienación producida por la cotidianeidad devastadoramente compleja en la que habitamos. Los personajes del volumen parecen ser eso extraño, encarnarlo. Si esta fuera una película, pienso, los protagonistas serían mudos y las imágenes nos obligarían a descifrar ese tejido de gestos.

Leamos, por ejemplo, este fragmento de “El sonido de un casette cuando se acaba”. Los protagonistas asisten a un concierto de RZ, que aparece en el escenario en silla de ruedas portando una guitarra con cuerdas de nylon. Cito: «Vino una segunda parte de la presentación. Un baterista y un guitarrista lo asistieron. Le construían bases rítmicas y él las rompía, las desarmaba. Gritaba. Alargaba los gritos. Se dañaba la voz a propósito. Se veía sucio. Se arrugaba al cantar. Estaba conmovido. Se apretaba las piernas y se golpeaba. Agarraba sus pantalones y los tironeaba. Muchas personas se fueron después de oírlo, y él les mostraba una sonrisa torva. Perdón, le dijo a una pareja que se iba. En otro momento exclamó: por fin estoy libre de esperanzas. Terminó con una canción confusa acerca de un desertor perdido en una noche nevada, que luego cree orientarse gracias a la Cruz del Sur».

Esa conmoción entre rabiosa y quieta, ese show a ratos montado para nadie, como las composiciones de Satie, podría ser la grasa que activa los engranajes de estos relatos. Acá no hay knockouts ni golpes de gracia. No es casualidad que, en el cuento final, “Osu”, se hable del karate Kyokushin. Como en las artes marciales —o en la acepción occidental que tenemos de las artes marciales—, cada relato parece estar construido con una especie de disciplina que precisa el cuidado de los recursos, una precisa economía narrativa. Sin golpes de gracia, sin epifanías, el cuento funciona como un fragmento de algo. El ya mencionado “Osu”, por ejemplo, parte así: «Tu aprendizaje ha terminado. Lo descubres al ver a tu sensei destruido». Y “Las cintas”, a mí parecer una de las mejores narraciones del volumen, así: «Matías, mi tercer hijo, murió por una picadura de insecto».

Alguna vez le preguntaron a Ballard cómo montaría una película sobre un tsunami. El inglés respondió que sería preferible contar el momento después de la ola, el silencio después de aquella devastación. La ciudad destruida y llena de algas. Te convertirás en un extraño parece ser un compendio de mares replegándose. La elección no es casual. En La Distancia, ópera prima de Nicolás Campos, el narrador vuelve de Valparaíso a Ventanas. «No he enterrado aquí a ninguno de mis pocos muertos. No me mezclé con esta tierra ni inicié ninguna relación duradera aquí. No he hecho familia. No le debo nada a este pueblucho», dice el narrador en un momento. Y sin embargo vuelve a esa fealdad irredimible.

Incluso lo pop, que a estas alturas convendría no mencionarlo mucho porque es como los camellos del Corán según Borges, tiene un lugar exacto, silencioso, en la justa medida. Se evita el name-dropping y la sacralización de los gustos personales como distinción de algo —Las películas de mi vida, etcétera—, de clase o de pertenencia a un selecto grupo de esnobs. Está ahí, digamos, como están ahí también esas ciudades como Ventanas o Caldera o Quintero. No soporta lecturas sociológicas ni territoriales, a las que podríamos estar deliciosamente tentados ante tanto santiaguinismo nauseabundo.

Uno de los epígrafes del libro reza: «Quise ser testigo de la partida, pero me pasó inadvertida». En esa zona donde se llega tarde, donde se es irreversiblemente extraño, atemporal casi, quieto, incluso mudo por opción, suceden estos relatos. Y al final, como una exhalación, queda el sonido de un libro cuando se acaba.

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