Texto de presentación de “Piedras preciosas” de Valeria Tentoni, por Daniela Catrileo

El siguiente es el texto que leyó la escritora Daniela Catrileo (Río herido, Edícola Ediciones), en la presentación del poemario  de Piedras Preciosas de Valeria Tentoni (1985).

Sumergida en la intimidad de otra

Por Daniela Catrileo

 

La primera vez que leí a Valeria fue luego de comprar Antitierra, casi por casualidad. Iba en ruta a la universidad, me bajé antes de la micro y decidí caminar por Macul. En ese trayecto,  pasé a una librería que está por esa calle, solo para ocupar mi tiempo con esa excusa. Una vez adentro, me emplacé a ver el estante más pequeño y justamente el más abandonado: poesía. Para mi sorpresa había algunas novedades, me dispuse a hojear atrapada por el deseo de leer algo entre los bloques eternos de filosofía. Fue con ese gesto que agarré un libro azul y  decidí llevarme ese planeta espejo que nos protege del sol: Antitierra. Sin ninguna otra pretensión que abandonarme a la lectura, sin querer interpretar nada más que ese abandono, me dije.

Para acelerar el paso fui leyendo el libro por la calle, esquivando a los transeúntes. La cuestión es que aquella renuncia se fue transformando en otra cosa, aunque no sabría muy bien en qué. Pero insistí en la lectura. Mientras leía, escribía en mi cabeza imágenes que se conectaban con lo que devoraba. Digamos que entretanto vagaba por las hojas, más ansias me daban de escribir episodios que estaban medio atorados y se invitaban solos en la escritura ajena -como si algo pudiese serlo del todo-.

Valeria Tentoni. Créditos de la fotografía Matias Gutierrez

Fue así como pensé que estaba sumergida en la intimidad de otra. Alguien me revelaba secretos de su memoria sin conocerla. Creo que ese es el puente que conecta Antitierra con Piedras preciosas. Una extensión del recuento que partió con mi primera lectura. Donde se elevan pequeños acontecimientos hacia lo significativo y el mundo se abre con los últimos versos de cada poema.  Poemas ínfimos y otros más extensos, existiendo en una cadencia narrativa como si una amiga te estuviese contando sus historias, pero de pronto hace unas pausas donde la voz se nubla y la narración se transforma en secreto. Descubro y leo en sus versos una  intimidad a gritos, una escritura que a ratos se torna reflexiva, sin embargo, nos extirpa del universo interior para escupirnos a la realidad. Esa connotación más meditativa se esconde con el disfraz de los desastres y catástrofes cotidianas, como si algo de pronto se iluminara en la escritura a partir de este pequeño caos.

En Antitierra y Piedras preciosas, cada textil es una fábula donde circulan no solo animales, sino también nuestras animalidades. Arrojados como extraños ante el ojo atento de quien nos vigila. Hay una atención obsesiva por gestos y actitudes. Hay jardines oscuros que nos invitan a su contemplación, personificando temples anímicos, preguntas, sueños e indecisiones. Allí se inscriben: registros de campo de sí misma, del paisaje, de mundo. Algunos sin mayor pretensión que su existencia y otros que se abren como un diálogo amoroso o familiar, como un recordatorio a esa otredad que va articulando su vida junto a la escritora. Esas cotidianidades se van figurando a modo de representaciones de su realidad. A veces las mismas acciones nos van dirigiendo al final del poema, donde se explican los acontecimientos que le dan una traducción posible a la derrota y a las culpas.

Valeria Tentoni va recolectando su poética a retazos como evidencia de esa interrelación entre seres que coexisten, a pesar de la invisibilización que las luces o la rapidez intentan ocultar. Valeria corre el velo y deja pasar el relato íntimo de quien no le teme a la sospecha de esa red de voces que componen la vida. Corre el velo para dejar pasar: objetos inanimados, insectos, plantas, personajes, historias familiares, su yo de la infancia -que es capaz de convivir con su yo adulta-. No le teme revelar sus cambios de humor, sus problemáticas, sus restos sombríos. En estas escrituras muestra a ese yo, que padece los cambios como cualquier otro personaje retratado por sí misma.

Incluso, su escritura va removiendo nuestros lugares imperceptibles que cargamos con liviandad, sin tomarle el peso a lo que se ajusta en la memoria. Hasta que toca pensar en cómo dar vuelta los rumbos del día, en las casas que hemos habitado, las plantas que se nos han muerto, los animales que adoptamos, el recuento de la familia, los fideos que se nos pasan. ¿Qué se esconde de nosotros en esas imágenes? ¿qué forma tiene nuestro corazón? Por aquellos gestos, se filtra esta mirada crítica y voz profunda sobre lo casi invisible: el lenguaje de lo mínimo, sumergido en lo real y en el diálogo constante. Todo está en órbita, sin embargo, se nos escapa cuando intentamos adentrarnos en esa espesura de lo que llamamos vida. Justo lo que Tentoni rescata, como una arqueóloga de lo imperceptible, como aquella que está escarbando hasta dar con la urdimbre que sostiene aquellas anécdotas.

A menudo, elige ser también otra. O más bien manifiesta el deseo de serlo, aspira a transformarse en aquellos objetos que son arrojados al destino, sin que intervenga la elección. Como si fuese más fácil que otro elija por nosotras, ya sea el basurero con los desperdicios o la velocidad de un vehículo contra los insectos. Reventarse, mezclarse, no tomar posición.

Al leerla me imaginaba estar en el paisaje de sus días, como una desconocida leyendo su diario de vida. Entre confesiones da cuenta de la inutilidad que siente frente a ciertas acciones y nos da entre pena y ternura leerla. Esto porque nos recuerda a nosotras, en ese momento justo en que todo se va al carajo y es inútil el consuelo, pero no por eso deja de tener cierto humor.

Valeria Tentoni. Créditos de la fotografía Matias Gutierrez

Leer estos poemas es imaginar un mundo donde todo se ve con transparencia, donde cierta cercanía con la infancia posibilita estar alerta a las emociones. Por medio de sus páginas nos damos cuenta que nadie supo cómo llegamos a la adultez. Pues de pronto las cosas son graves y hay heridas, culpas, cuestiones sin arreglar. Además hay cierto tono testimonial, que reitera la idea de que Valeria aún se confiesa en la poesía, como aquella chica de Antitierra que jugaba al hockey y decidió leerles sus poemas a las amigas. Aunque ahora nos confiesa entre las hojas sus ofrendas habituales, los ritos del día a día, lo problemas que se presentan ante la vida y su simpleza. A la pena, la autodestrucción, la utilidad. Como si uno comenzara leyendo con sencillez hasta que un verso te recoge la carne, y las palabras se transforman en otros rumbos, otros significados. No obstante, esos límites entre las cosas y lo humanos se desdibujan. Hay instantes donde no sabemos si las plantas están lastimadas o si algo del ser vegetal es la propia humanidad. En su escritura, cada pequeño gran desastre sirve de comparación al todo del mundo.

 

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