Cristian Geisse: “Váyanse todos a la chucha, déjenme ser, yo sé que estoy bien.”

Créditos: Mónica Molina.

 

Cristian Geisse (1977) partió siendo conocido dentro de pequeños círculos de lectores que fueron creando un boca a boca por obras suyas como En el regazo de Belcebú, El infierno de los payasos,  ÑacheRicardo Nixon School por solo nombrar algunas. Aprovechamos que acaba de publicar Pobres diablos para entrevistarlo nuevamente.

Acá nos cuenta cómo ha cambiado en el largo recorrido que le significó escribir la trilogía que constituye Pobres diablos, y reconoce, al más puro estilo de sus personajes, haber hecho un pacto similar ¿con el diablo tal vez?

 

  1. En Pobres diablos, tal como lo indica el título, los cuentos tienen como hilo comunicante al diablo, lo diabólico en sus distintas posibilidades. ¿Por qué el diablo ejerce un atractivo tan fuerte en tu escritura?

Creo que el diablo ejerce una fascinación importante en casi todos nosotros. Y a veces, tal como dice Emma Reyes, es como si supiéramos más de Él que de Dios. De alguna forma es más cercano a nosotros. Y tiene esta capacidad de asumir tantas formas. Y de preocuparse de niños y viejos, de ricos y pobres, de ser horrible y hermoso. Y de estar metido en absolutamente toda clase de asuntos. Y de deformar los espacios por los que transita. En mi caso, como en el de Emma Reyes, su atractivo dejó huella en mí desde que era un niño.

 

  1. En tus cuentos también exploras la idea de la culpa, no tanto del dolor que hay tras la sensación de culpabilidad sino más bien sobre la capacidad de las personas de elegir libremente sus actos, incluso pareciera haber una atenuación de la responsabilidad por las consecuencias de sus acciones (pienso derechamente en el uso del alcohol y las drogas en tu libro como un alterador de la voluntad, o incluso en el título mismo, que se lee como una conmiseración por estos personajes que no pueden ser otra cosa que aquello que forzosamente son). ¿Te interesa realmente el tema de la culpa? ¿Lo trabajaste de forma consciente en el libro? En el lanzamiento del libro citaste a Robert Sapolsky ¿van por ahí las balas?

La culpa, por la cresta. A mí sí me interesa mucho la tortura que provoca. Nos mete en pozos oscuro, nos deja heridas abiertas. Tiene, de hecho, la capacidad de matarnos lentamente. Recuerdo el alcachofazo que sentí cuando estudiaba a Mishima y un investigador señalaba que el Japón tenía una cultura más centrada en la vergüenza que en la culpa. Creo que una tiene que ver más con algo —digamos— estético y exterior, directamente relacionado con la percepción que los demás puedan tener de uno, mientras que la otra puede ser un proceso más ético e interno, quizás más invisible, emanado de otras formas de socialización, mucho más íntimo. Yo fui católico de pequeño. He tratado de liberarme, pero aún estoy marcado, maldita sea. Entonces está ahí, en mi vida, quizás para siempre. Conozco bien el tipo de suplicio que la culpa puede provocar, me llama la  atención y me provoca piedad. No sé si el uso del alcohol o las drogas atenúa nada ¿viste cuando le describían a los inculpados la golpiza que le habían dado a Zamudio? Hay al menos uno que claramente está ya, ahí mismo, en el infierno. Yo lo veía completamente aterrorizado de sí mismo, de lo que había hecho. El alcohol puede explicar, pero no los exime de lo que hicieron. Uno de los grandes horrores es que él no lo recuerde claramente. Esas cosas me impresionan grandemente. Sapolsky de hecho dice que el alcohol —al igual que algunas hormonas— solamente desinhibe comportamientos o conductas que ya estaban ahí. A propósito: lo de Sapolsky es más reciente. Tengo terminada una novela sobre un imbécil que empieza a creerse su doppelgänger. Pero mi acercamiento a él es bastante posterior al proyecto de la trilogía. Actualmente me encuentro leyendo Behave, donde Sapolsky trata de explicar los fundamentos biológicos del comportamiento humano. Todavía no entiendo muy bien qué es lo que él comprende como libre albedrío, pero dice que a pesar de que es difícil de aceptar, podemos llegar a pensar que no hay nada parecido a eso. Creo que definitivamente esta es otra etapa de mi escritura y de la forma como comprendo las cosas.

 

  1. Un personaje de tu libro dice: “La gente me saluda, me mira y se ríe. Soy profesor acá en este pueblo que la Gabriela odiaba, pero que a mí me gusta, aunque cualquiera se da el lujo de juzgarme, porque siempre tomo más de la cuenta o porque me las doy de escritor. Yo sé que me quieren y yo los quiero, pero igual me miran con una sonrisa ladeada. Sé que después hablan de mí” Para ti, que vives en Vicuña, la tierra de Gabriela Mistral ¿Qué relación crees que entabla la provincia con la literatura? ¿Cómo crees que se reciben tus libros en Vicuña?

Yo no quiero que me lean en Vicuña. Hace mucho —sin que nadie jamás hubiese leído nada de mí— me decían “poeta”; digo, en la calle, para saludarme. Yo lo odiaba profundamente, sentía que me trataban como a un idiota. Me gusta más ahora, que me dicen “profesor”, lo encuentro más digno. Ojalá  pudiera ser invisible en ese sentido, que nadie pensara que tiene que portarse diferente conmigo porque escribo. Ni que me anden diciendo “deberías escribir sobre esto”. Mis libros además son sucios y están marcados por una técnica de distorsión de la realidad que quizás qué puede dejar pensándoles acerca de mí. Por un tiempo temí que me echaran de la pega. Vivir aquí es una especie de privilegio, pero tiene sus contras.  Es un pueblo chico, y por lo tanto, puede llegar a ser un infierno grande.  A todo esto, quizás es desde hace tiempo algo parecido  a lo que sucede hoy en las redes sociales. Como sea: No quiero que nadie me lea por acá.  Ya no sé muy bien cómo irme, cómo salir de aquí. Pero quizás no importa: me he propuesto hacer lo que creo que tengo que hacer desde dónde sea. La provincia de todas formas es todo un tema y ha soportado siempre distintas formas de mímesis: pregúntenle a Mario Verdugo, el mayor experto que existe en la representación literaria de la provincia.  Para mí es una circunstancia que me tocó y que quizás pueda aprovechar. En una de esas vivir en un pueblo abandonado le dé cierto brillo a mis proyectos. Digamos que no es mentira que el cronotopo es distinto, que la percepción de la realidad presenta variaciones, que es periferia y margen. Quizás eso podría darle más puntos hoy en día a una obra  literaria. Como te digo, en mi caso no necesariamente hay un cálculo. Pero quiero defenderlo igual: las provincias son mayoría, pero parecen una minoría, la acumulación de poder en un solo centro es un error. A todo esto todo, Chile es provincia, no nos hagamos. Si un proyecto me propusiera nuevas exigencias, y me pidiera arrancar a otra parte y se me diera la oportunidad, creo que lo haría sin muchos aspavientos. Salir, volver, vivir, huir, entregarme, morir aquí, me parece bien. Todo me parece bien si me ayuda a hacer las cosas bien.

 

  1. ¿Recuerdas tu primera publicación, cuáles eran tus expectativas, cómo circuló y las sensaciones que te produjo y que te quedan ahora, viéndola a distancia?

Horror.  A uno le advierten, pero uno: no. Mi primera publicación quisiera olvidarla por completo. Eran poemas, los únicos que espero publicar con mi propio nombre. Ni siquiera hablemos de eso. Pero en el caso de la narrativa, creo que mi experiencia fue distinta. Cristóbal Gaete fue el editor del primer libro de la trilogía. Buscábamos la estética de la precariedad y nos identificábamos con ella. No teníamos otras herramientas, pero esas herramientas nos daban en el gusto. Creo que bailamos con la fiera, y lo hicimos con ganas, luciéndonos, enamorados. Algo tenía el libro que entusiasmó a algunos claves.  Apenas 150 ejemplares, distribuidos de tal forma que se maximizó su impacto. Eso fue pura sabiduría de Cristóbal: supo a quién le gustaría y de qué forma podría caer en las manos precisas. Todo demoró bastante, por supuesto, y por mucho rato yo pensé que no pasaría absolutamente nada con el libro. Esa primera edición era muy coherente con su contenido, además tuvo un bautizo de sangre que  quizás pueda contar en otra ocasión. A la presentación del libro, en un galpón a los pies del cerro Polanco, asistieron unas seis personas. Nada de eso me parecía mal, todo me parecía fabulosamente bien. Me hacía sentir que estábamos surfeando el caos con una extraña elegancia y que el libro merecía que fuese así. Por distintas razones  llegué a presentarlo en Punta Arenas. En invierno. Qué hermoso. Ahí hubo incluso menos gente, lo que  —no sé muy bien por qué— me hace sentir una extraña forma de orgullo. Pero entre otras cosas  el libro  llegó allá a manos de gente como Mellado y Óscar Barrientos. Y obtuve una de las críticas que más atesoro; Lemebel me dijo cuando lo bajaron de un avión: “tienes buena prosa, Geisse”.  Son para mí premios valiosos que el libro me ha dado sin que yo esperara  casi nada de él.

 

  1. Tu obra corre lejos de las publicaciones que rebuscan en la propia biografía, en la infancia, en el juego de la memoria siempre inasible; parece a contrapelo de esa corriente aparentemente mayoritaria ¿Qué obras contemporáneas, de autores chilenos, te parecen más significativas en la escena literaria actual y por qué? ¿Cuáles piensas que han influido en tu propia literatura?

Mira, yo soy sucio. Cochino. Y me gusta casi todo, incluidas muchas cosas insufribles para los demás. Siento que —sin ninguna falsa modestia— mi opinión no tiene mucha relevancia para nadie que no sea yo mismo. Pero cuando algo me pega fuerte, me deja rallando la papa y me cambia. Pero pasa muy poco y no me ha pasado casi nunca últimamente. No por lo menos con lo que he leído de los muertos de hambres que son mis  compatriotas.  Además soy una persona bastante aislada, por elección. Y no sé si  eso de la escena literaria actual sea la misma en mí que para ustedes. ¿Qué mierda es actual para ustedes? ¿Está bien si menciono Canciones Punk para señoritas autodestructivas de Daniel Hidalgo? ¿Y Motel Ciudad Negra de Cristóbal Gaete? ¿O ya no son actuales? Para tratar de estar  mínimamente al día, leo lo que me llega y eso en la medida en que el trabajo que me da dinero me lo permite. Y los chilenos a los que llego no son los más. De los veteranos me gusta Germán Marín. Lo primero que mencionas ¿es lo que llaman la Literatura de los hijos? De ahí me gusta mucho la Alejandra Costamagna. Mucho. Quizás se enoje más de alguno conmigo, pero el libro de la Paulina Flores me pareció bastante bueno. Leí el libro Corte de Felipe Reyes y me pareció potente. Puedo decir lo mismo de Du Maurier de Cardani Parra. Ciudad Bárbara de  Rolando Martínez de Arica, quizás  ha pasado demasiado piola. Pero también —desde un rincón bastante distinto— me  llama poderosamente la atención lo que hace Cussen desde la academia y lo que sabe de poesía. Además tengo mi grupo de amigos, con los que me siento identificado y con los que siento que tenemos actitudes y proyectos comunes: hablo del Colectivo de los Pueblos Abandonados. Y Rodrigo Olavarría, y Pablo Toro, y Simón Soto, y Bruno Lloret y Gastón Carrasco y Jonnathan Opazo y Nicolás Campos Farfán. De ellos creo que me interesa más lo que van a llegar a hacer que lo que ya han hecho —que ya es bueno.  Puedo decirte además que a  mí me parece que lo que  Mario Verdugo ha hecho —sobre todo en la Novela terrígena , en Apología de la droga y en libros como Aníbal Jara  el hombre más moderado del mundo— está en otro nivel. Eso sí me ha pegado realmente duro. En su caso yo sé que en algún momento esos golpes que me ha dado van a terminar moldeando algo en mí. Porque como te digo, sinceramente no estoy seguro de que lo que yo opine deba tener importancia para los demás. Puedo agregar también que me niego a ver el campo cultural como un campo de batalla. Prefiero verlo mejor como un taller. En los talleres también se pelea, pero su objetivo es otro. En ese sentido no pienso en ser un maestro, o el guaripola, más bien me siento un aprendiz, uno más. Díganme nuco, díganme amarillo, díganme cobarde, váyanse todos a la chucha, déjenme ser, yo sé que estoy bien.

  1. En la entrevista anterior a Loqueleímos dijiste que querías terminar el último tomo de la trilogía sobre el demonio (que terminó siendo recogido en su totalidad en Pobres Diablos) y “descansar de eso tóxico que está ahí y que aflora en mí cada vez que trabajo en eso”. En el fondo fue un proceso que consistió en escribir y publicar 3 libros en momentos muy distintos. ¿Cuánta diferencia hay entre el escritor que comenzó ese proyecto publicando en una pequeña editorial y el que ahora es distribuido a nivel nacional en una editorial trasnacional? Si ves diferencias ¿en qué las percibes?

No creo ser del todo la misma persona. Creo que he ido perdiendo facultades. E interés. Ya no me quedo pegado escribiendo, tampoco leyendo. Eso me tiene un poco triste. Sinceramente espero a que ese fuego vuelva a encenderse. Ahora más bien son brasas. En el peor de los casos, una vela que se apaga.  La diferencia entre las editoriales pequeñas y la  a nivel nacional es que ahora mi mamá siente un poco más de orgullo por mí. Afortunadamente no tiene nada que ver con la literatura ni ha leído nada de lo que escribo, pero creo que por fin entiende que mis pellejerías no han sido gratuitas. En mi familia como que han entendido que mi demencia tenía cierta razón de ser y —espero— quizás me comprenden mejor. En Vicuña —a pesar de que siento que siempre me han querido— como que me cotizan más y también  entienden un poco mejor mi constante idiotez.  Creo que eso sería. Ya lo dije en otra parte, me parece estar jugando el mismo juego, con un público un poco más amplio. Y ni tan amplio tampoco. Lo peor es que lamentablemente  no me estoy convirtiendo en un mejor escritor. De hecho tengo mucho susto de que me esté pasando todo lo contrario.

  1. Supón que te encuentras sumergido en la siguiente escena: llevas varios días, semanas, entre cura y cura, tomando como un profesional del copete. Estás en la pieza de un hotelucho de mala muerte, destruido por la incapacidad de alcanzar de una buena vez lo que más deseas en la vida cuando de pronto se te aparece el diablo. Seductoramente, te dice algo como esto: “…siempre habrá quienes no se resignen a terminar siendo choferes, carpinteros, panaderos, incluso abogaduchos, matasanos o cualquier otro trabajillo que ayude a salir del paso… Esos son los verdaderos héroes, Geisse, los que se sienten disconformes de su propio destino y situación, aquellos que dan la pelea por ser algo más que simples petimetres” “¿Soberbia? ¡Superación! ¡Inconformismo! ¡Belleza! ¡Así lo llamo yo! Es por eso que te voy a conceder lo que deseas, amigo mío” y alarga una hoja y te dice “solo debes darme tu firma, debes firmar aquí, hermano mío, con una mínima gota de tu sangre. Solo eso”. Geisse ¿Qué le pides al diablo? Y ¿firmas con tu sangre?
*Los entrecomillados son citas del cuento “Marambio” de Pobres diablos

¿Sabes? Yo ya hice algo parecido. Parte del pacto es no decir lo que pedí. Sinceramente espero que se cumpla. Pero no, ¿has oído hablar de Swedenborg? ¿Lo que dice sobre estar muerto? A veces creo que estoy muerto, que estoy en medio de una elección entre el cielo y el infierno. Este pensamiento me obsesiona. A veces ciertas cosas que deseo se van cumpliendo, pero todavía no sé si es para mejor. Quizás todo sea una  ilusión torpe y precaria que revela mi verdadera naturaleza: mezquina y miserable.

 

  1. Para terminar, como siempre, déjanos un video de YouTube que hayas visto últimamente.

La demencia, el delirio. Este capítulo de Flap Jack perfectamente lo podría haber escrito Alfonso. De hecho, hay un cuento donde El Salustio mira dentro por el hueco que deja el cacho de un toro, y dice: “hay una vieja tejiendo” (no me lo cambien como la otra vez, a menos que encuentres una versión del primer capítulo en español):

 

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