Estampas de niña (Camila Couve Carrasco)

Estampas de niña (2018)

Camila Couve Carrasco (1963)

Alfaguara

ISBN 978-956-258-486-9

97 páginas

 

Estampas de niña, la primera publicación de Camila Couve —hija de la ilustradora Marta Carrasco y del escritor Adolfo Couve— es una pequeña novela que, tal como su nombre lo indica, es una serie de paisajes o breves viñetas, cada una de las cuales refiere a la niñez de la autora, enmarcándola así en aquellos libros que ficcionan la propia biografía.

Se trata de sesenta y siete “estampas”, gran mayoría de las que ni siquiera sobrepasa una carilla y, sin embargo, en su autocontención consiguen lo que la mayoría de este tipo de relatos no logra: el efecto acumulativo de las pequeñas imágenes y escenas que son relatadas por la narradora, narradora que además adopta no solo el punto de vista de quien recuerda su infancia desde la lejanía, sino que además contamina cada uno de los rincones de ese punto de vista con la mirada de la niña que alguna vez fue, con sus limitaciones infantiles, con sus carencias y miedos. Hay en ese ejercicio delicado una belleza que se imprime en la mayoría de las viñetas siendo probablemente la mayor virtud de este libro.

“Un vestido antiguo de mi bisabuela, color cobre y lleno de bordados en delicada transparencia, está guardado con cuidado en una caja de cartón. Yo lo saco de su lugar privilegiado y, como es grande, muy grande, con las tijeras de los trapitos para muñecos de mi mamá recorto lo que sobra, justo antes de la cintura; ahora me queda perfecto, ahora es mío y amarrado con un lazo improvisado me lleva en sueños a girar y girar sin parar por todo el espacio de baile de mi enorme salón vacío.

Soy una bailarina nata, soy la Margot Fonteyn, soy un trompo mareado y feliz” (página 27)

A este niña le toca vivir no solo una época de cambios, con el trasfondo de la vida tras el golpe militar y la separación familiar, sino que además la complejidad de ser hija de dos artistas importantes, cada cual con su propio genio y sus propios demonios y que, tal vez por lo mismo, hacen que su casa, su vida, funcione de una manera curiosa, y que cada una de las imágenes elegidas para ser relatadas consiga describir no solo la escena que desarrolla, sino que el trasfondo social y las tensiones de esta vida que parece siempre a punto de estallar:

“De niña, la sensación que me queda en el recuerdo es que nada me sorprende. Las cosas son así en mi casa y en mi vida (…) Para el caso, las cosas fueron buenas y malas y en este punto siempre intento rescatar lo que de dulce se fue grabando en mi memoria; lo otro está ahí, no lo desconozco pero no lo traigo a pasear de junto, para qué” (página 25)

Porque, a pesar de sus intenciones no se ocultan los vaivenes, no se desconocen tampoco los momentos duros, solo que estos momentos están teñidos por ese punto de vista infantil que asume con naturalidad todo aquello que, visto por un adulto, podría haber sido llenado de calificativos, explicaciones, sobreentendidos. Pero esto es lo que nos ahorra la autora logrando, con la misma belleza con la que construye las imágenes, permitir que vislumbremos las fisuras de esa realidad compleja, pero nada más que esas fisuras: no hay juicios, no está la inútil revisión del adulto de lo que el niño no pudo o quiso comprender, o que simplemente interpretó con sus posibilidades, y que lo dejaron vivir tan bien como era posible o ameritaba, en esa patria que es la infancia a la que siempre se vuelve. Y solo nos asomamos a las fisuras cuando es la niña la que se asoma:

“Un llanto pequeño y ahogado se escucha detrás de la puerta prohibida; es la habitación de mi padre, lugar sagrado. Tengo órdenes de no entrar nunca. Pero el llanto me llama. Camino decidida y abro con alguna excusa.

Levanta la vista y me ve, rápido suelta: es un dolor de muelas” (página 43)

Estampas de niña se va desplegando suavemente, añadiendo una imagen a otra, conformando un gran cuadro, sin aspavientos, sin sobreexplicaciones. En cada uno de los vacíos que deja se asoma la vida, con sus bemoles y, a pesar de todo, como si solo estuviesen los ojos de la niña, todo resulta revestido de una belleza inquietante.

Es así como Estampas de niña de Camila Couve se convierte en un delicado debut narrativo, maduro, elegante incluso, que salva con holgura la dificultad de construir un relato a base de escasos balbuceos hasta transformarlos en una forma de música, pequeña también, delicada sobre todo, inquietante muchas veces. Es en esa complejidad donde brilla, a pesar de que su estructura engañosamente sugiere tocar una y otra vez sobre la misma nota.

 

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