El final del sendero (Carolina Brown)

El final del sendero (2018)

Carolina Brown (1984)

Planeta | Emecé

ISBN 978-956-9956-08-9

144 páginas

 

El final del sendero de Carolina Brown es una novela que avanza por varios hilos argumentales que, sin confluir, completan el cuadro actual de Simona (o Simo, como normalmente se la nombra), la protagonista de la historia. Así mismo, la historia central —la amistad entre la protagonista y Jota— tampoco está desarrollada cronológicamente, por ende, sumergirse en este relato exige que el lector esté atento a ese par de circunstancias.

Simo y Jota son dos mujeres jóvenes que se conocen de forma casual: El final del sendero cuenta sobre su amistad, como esta pasa a ser algo que parece enamoramiento pero del que ambas dudan y finalmente cómo esta amistad se estropea. Por otro lado, está el relato temporalmente anterior consistente en el tándem Simo y Lucy, cuando ambas son todavía colegialas y antes de que la mudanza de la última de ellas las separe. La amistad entre ambas chicas es análoga a la que más tarde desarrollará Simo con Jota y sirve, más que nada, para mostrar a la protagonista repitiendo los mismos comportamientos afectivos. Secundariamente se narra la relación que Simo tiene con su madre, desde el punto de vista actual, y el que tuvo con su padre, muerto desde el comienzo del libro. No obstante esta aparente dispersión, cada uno de estos hilos son tributarios del relato constituido por Simo y Jota, que desde las primeras páginas del libro se nos informa que ha terminado con su distanciamiento por lo que todo el relato consiste en develar las circunstancias de esta separación.

El final del sendero es una novela que posee cierta ambición en las temáticas que aborda. No solo está el tema amoroso que jamás llega a desplegarse concretamente sino solo como una latencia, o más bien como una imposibilidad, un constante fracaso, sino que también se desarrolla una idea que ronda alguna literatura contemporánea chilena y es la derrota de los padres de ser modelos del rol protector que tradicionalmente se les ha asignado. Acá, así como en Terriers de Constanza Gutierrez, o en Cuánto tiempo viven los perros de Amanda Teillery, los padres naufragan en el rol que usualmente se les ha asignado y muchas veces este es incluso tomado por los hijos, acentuado aún más, en el caso de El final del sendero, por la muerte del padre:

“Los viernes en la noche con mi madre veíamos películas: nos sentábamos juntas en el sofá después de comer. Dejábamos la puerta abierta para que entrara el calor de la cocina a leña. En esos años todavía me iba a buscar al colegio por las tardes. A mí me daba un poco de vergüenza cuando aparecía en la puerta, con el pelo revuelto, los ojos un poco perdidos, la blusa con alguna manchita amarilla o violeta en el pecho. Cuando llevaba botellas vacías en la cartera, sonaban y la gente se daba vuelta a mirarla. Yo la tomaba de la mano, tratando de que nos fuéramos rápido por la calle. Mientras nos alejábamos, sentía los ojos de las otras madres en nuestras espaldas (…)” página 47)

Sin embargo, estos personajes adultos —especialmente en comparación con los protagonistas de los relatos de Gutiérrez o Teillery— parecen repetir en parte esa incapacidad de madurez afectiva, como si al hacerse a su vez adultas, en una suerte de determinismo, estuviesen obligadas a reiterar en parte la historia o carencias de sus padres. Por otro lado, la niñez sigue jugando un rol preponderante, no solo al mantener vigente la historia colegial entre Simo y Lucy con su fracaso, sino que al constituir un espacio físico, representado por la provincia, donde la protagonista ansía volver, aunque sea de paso.

Finalmente, la historia la desenlaza un evento más bien accidental que, como decíamos, repite un quiebre ya ocurrido en la historia personal de la protagonista, haciendo un espejeo con su propia biografía. De eso está repleto El final del sendero.

En su amplitud de temáticas, en el juego con su estructura y especialmente en su ambición es donde El final del sendero se juega sus fichas. Cabe decir que su estructura, con sus saltos temporales, no parece suficientemente lograda; el tránsito entre un momento y otro está simplemente delimitado por la división entre capítulos y pronto el lector comprende que ese es el único recurso que comunica los tiempos del relato, como si se tratara de distintos actos de una obra de teatro en que para señalar su principio y fin se abriera y cerrara el telón. Su punto alto está en los aspectos que la misma autora ha prestado mayor atención: la relación entre mujeres, en la búsqueda de ciertas claves que la novela parece postular, especialmente en el cómo difumina los límites de la amistad femenina y el amor de pareja como si ahí hubiese algo que fuese propio de lo femenino. Y más allá de esta sola novela, aquel relato generacional que emerge y que lleva a preguntarnos por qué tantos autores jóvenes muestran como fracasado el rol de quienes se volvieron padres en los ochenta y primera mitad de los noventa.

 

 

 

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