Emiliana Pereira Zalazar: “En la rareza no hay espacio para el amor”

 

Cuando escuché por primera vez algunos poemas de Nada es hombre, nada es tierra de Emiliana Pereira (su primer libro, publicado por Overol) me sorprendí y al mismo tiempo no los entendí bien. Sí disfruté las imágenes y la musicalidad de las frases y, como pude, traté de asimilar esas escenas de transformaciones que sus personajes —a veces con gusto, otras veces, aparentemente, castigados— llevan a cabo.

Son poemas raros, sí, y de forma deliberada. Aunque no son raros por ser simplemente así, sino que son una especie de exploración en lo raro. En estos poemas los personajes sueñan con hadas, son comparados con ninfas, pero en su mayoría son animales o humanos. Son parte de un imaginario tradicional, un bestiario tal vez, al que Emiliana Pereira, de alguna forma, consigue hacer más divertidamente siniestro o menos previsible.

En esta entrevista ella nos cuenta cómo surgen esas atmósferas inquietantes y en permanente estado de cambio, su relación con la naturaleza y algunas de sus lecturas predilectas, entre otros asuntos.

A veces las conductas de tus personajes, que en general son humanos o animales humanizados, me recuerdan a obras clásicas como los cuentos de hadas, las de Lewis Carroll, las fábulas y los bestiarios, aunque en tus poemas las cosas suceden de forma más moderna, más directa. Háblanos sobre cómo fue escrito Nada es hombre, nada es tierra, y cuéntanos cómo surge o cómo llega a ti el imaginario de este libro, que es llamativo y tiene muchas resonancias.

Recuerdo (si no me equivoco de año) que el 2009 mi papá me pasó el recorte de algún diario diciendo que un profesor mío había escrito algo, no recuerdo de qué se trataba, pero sí que nombraba algunos autores y entre esos estaba Marosa. El nombre me dio curiosidad y googleando me encontré con un audio de ella recitando el poema Los hongos nacen en silencio. En ese momento hubo un clic y me di cuenta que en la poesía había espacio para mucho y que los temas podían ir más allá del amor y la tristeza, sentí que podía (por medio de la escritura) introducirme en un mundo extraño, difuso. Dejé de escribir de algo que había pasado (con anterioridad) y comencé a escribir algo que estaba pasando (en el ahora) y que además de jugar con distintos personajes y lugares, podía también existir en un tiempo que ocurría constantemente.

Luego de esa experiencia, comencé a escribir un libro que titulé Especiario. Era un grupo de 60 poemas cortos, cada uno describía una especie, teniendo la intención de replicar un insectario, pero que tuviera espacio para elefantes, jirafas, picaflores.

Pasado el tiempo, comencé otro proyecto titulado Camino al altar las aves tienen el pecho color rosa, contenido por poemas de mayor extensión y en el que había más interacción entre animales, plantas y personas.

Ambos textos tenían un hilo conductor, pero sin duda también se diferenciaban por muchas cosas. Forzosamente junté ambos libros, separados en dos partes, cada uno con el título correspondiente, nombrando el conjunto Nada es hombre, nada es tierra.

Cuando Overol recibió mi texto, comenzamos a trabajar y se hizo un proceso de edición que finalmente le dio estructura y forma, que dejó como resultado este libro.

También sobre el imaginario del libro: hay en ciertas acciones de algunos poemas una plasticidad que me hace pensar en algunas animaciones del Estudio Ghibli o del antiguo Disney. ¿Hay influencias así, aparte de las literarias?

En cuanto a influencias no literarias, evidentemente hay una relación con la naturaleza, esta se conecta con la casa en la que crecí y con mi mamá. Recuerdo cuando tenía siete años, que llegamos a vivir a un terreno que solo era tierra y espinos, mis papás de a poco comenzaron a plantar distintas especies, árboles frutales, enredaderas, pasto, flores, arbustos, etcétera, las golondrinas hacían nido bajo las tejas y las abejas construían panales enormes arriba del techo, vi todo eso mientras iba creciendo.

Hoy la casa tiene más de cien especies distintas y siguen sumando. Ya no hay golondrinas, pero quedan codornices y, aparte de perros y gatos, hay conejos, cabras, caballos, vacas, chanchos, ratones, arañas, abejas, tijeretas, culebras. He sido espectadora de esos cambios y de la imagen de mi mamá limpiando las hojas mientras habla con las plantas o incluso amenazándolas con un hacha si se demoraban mucho en crecer; para ella es una relación natural. Ella no es extraña, yo sí. Las plantas la conocen y ella conoce a las plantas, yo en cambio siempre miré desde la ventana transcurrir el tiempo.

¿Te parece que este libro entrega algo así como una visión sobre el deseo o sobre el amor? Lo digo porque tiene muchos personajes que pueden ser calificados como seres de deseo, y además no faltan los que tienen finales más o menos desoladores o transformaciones muy radicales.

Creo que, más que deseo, existe una tensión respecto a la extrañeza, respecto al encuentro entre los seres que no saben muy bien cómo relacionarse. Por ejemplo, en el momento en que un ser muerde a otro, queda en evidencia el deseo, pero tal vez se mueve más por curiosidad y nerviosismo, la desesperación de expresar algo de cualquier modo.

En cuanto al amor, me parece que no existe, o si llegara a existir no es más que algo totalmente ilusorio porque es probable que los sujetos solo estén encandilados por la extrañeza, pero esa relación siempre será ficticia; en la rareza no hay espacio para el amor. Lo raro es intenso y adictivo, solo basta alejarse un tiempo para darse cuenta que nada lo sostiene. Los sujetos entregan todo en ese encuentro, en esa interacción, lo único que existe en ese momento son ellos mismos, están solos en el mundo. Podría ser un estado que se perpetuará, pero mientras uno come y el otro se deja comer, la muerte es inevitable.

En la presentación de Nada es hombre… Soledad Fariña señaló que sería complicado vincular tu libro a otras obras chilenas y que las más cercanas serían las de Armonía Somers y Marosa Di Giorgio. ¿Estás de acuerdo? ¿Con qué otras lecturas vincularías tu libro?

Si bien de cabecera está Marosa, cuando me preguntan qué otro referente existe, me es difícil identificar con exactitud ya que en la mayoría de los textos (que he leído) encuentro algún guiño que tiene relación con la naturaleza o con una sensibilidad específica, una imagen, un detalle, incluso una palabra que me gusta. Entonces mi libro está vinculado a todas mis lecturas, porque es como si se abriera una puerta, un párrafo, una frase, una palabra, mueve algo o provoca algo y brota un sujeto o un lugar o una sensación.

Marosa, Armonía Somers, Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou pueden vincularse en un estilo mucho más evidente, pero en ellas encuentro un espacio en el que me siento en casa. Sin embargo, las ideas, la mayoría de las veces, se movilizaron por las lecturas en las que me sorprendo encontrando algo de ellas, lecturas en las que pensaba que jamás iban a contener algo tan sutil como (por ejemplo) pequeñas larvas asomando del techo.

Cuéntanos cómo son tus jornadas de escritura y lectura.

Soy una persona muy floja y desordenada con todo, así que mis jornadas varían según el ánimo. Tengo periodos de escritura muy intensos, lo mismo con la lectura, pero también puedo pasar meses en los que no soy capaz de abrir un libro ni mucho menos escribir. Sin embargo, procuro siempre andar con una libreta por si quiero anotar alguna imagen o idea.

¿Qué estás leyendo ahora? ¿Qué libros recomendarías?

El último libro que leí es Nancy de Bruno Lloret, no sé por qué, pero cuando lo terminé me dieron ganas de releer Montacerdos.

Recomiendo Reinos de Romina Reyes y Península de Ignacio Mardones Nelly. Amuleto de Bolaño, Así es como la pierdes de Junot Díaz y Esa visible oscuridad de Styron. Por último, un libro de ilustración que se llama El pato y la muerte.

 

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