Muriendo por la dulce patria mía (Roberto Castillo)

Muriendo por la dulce patria mía (2017)

Roberto Castillo (1957)

Libros del Laurel

ISBN 978-956-9450-29-7

341 páginas

 

Muriendo por la dulce patria mía, publicada originalmente en 1998 y ahora reeditada en esta versión corregida por el autor, es una novela que toma como anécdota central la vida pugilística de Arturo Godoy (1912-1986), el boxeador iquiqueño (nacido en el poblado de Caleta Buena, para ser más específico), de la categoría peso pesado, quien al momento de su retiro aún detentaba el título de Campeón Sudamericano de la categoría.

La figura de Arturo Godoy es tan curiosa como atractiva. Hijo de pescador, nace en una época en que el boxeo era altamente popular en Chile, deporte en el que encuentra una forma de ganarse la vida, de escapar de la pobreza a punta de uppercuts. Sin embargo, a pesar de la fuerza magnética que posee la figura de Godoy, así como las circunstancias en que este púgil chileno combatió en dos ocasiones por el título Mundial con Joe Louis —uno de los boxeadores más grandes de toda la historia del pugilismo—, esta novela no se trata necesariamente sobre Arturo Godoy. Y es que su autor, Roberto Castillo, sigue un plan literario que excede la vida del Campeón que peleó por Chile, y más que la investigación de una anécdota —forma en que se nos presenta este libro— Muriendo por la dulce patria mía constituye un entramado de referencias, de sampleos, de nostalgia contra un Chile perdido, de rabia contra ese mismo Chile extraviado, y de la búsqueda por hacer patente la imposibilidad de la literatura de contar una historia verdadera, de no travestirla convirtiéndola en algo que en realidad no fue, en que, finalmente, parafraseando al autor y al hijo del púgil «la ficción miente».

Arturo Godoy, como decíamos, luchó con «el bombardero de Detroit» en dos ocasiones por el título Mundial de su categoría. Nunca consiguió vencerlo. Joe Luis estaba en un punto alto de su carrera; no solo era respetado, sino que temido. Había destruido el circuito de contendientes posibles en todo Estados Unidos, Canadá, y otras latitudes. Fue por eso que los promotores de peleas se vieron forzados a buscar más allá. Es así como entra Godoy, a pelear contra aquel que ya nadie se atrevía a pelear. A pelear contra quien, siendo campeón, el público ni siquiera asistía a ver: sus combates siempre acababan en el primer o segundo round por knock out, así que era una lesera pagar por un espectáculo que en cualquier caso prometía durar con suerte un minuto. Perdió, pero aguantó los quince rounds —cosa que nadie hacía— y lo hizo por fallo dividido. Desde ahí nace otro de los grandes temas que engloba la novela, y es esa característica chilena de celebrar las derrotas como triunfos; los tan manoseados «triunfos morales».

—Y el sentido profundo de la gesta gloriosa de Iquique es quye nos enseñó a convertir la derrota heroica en una gran victoria. Le hacemos justicia, pues, con el mayor de los respetos, a nuestro héroe, en la ciudad que fue testigo de su gesta heroica. (página 303)

Es, también, una novela de expatriados: del narrador que corre tras la pista de un lejano Godoy, muerto ya cuando él comienza la búsqueda de su historia; de Gabriel Meredith, antiguo amigo y cronista de su historia; de su manager y sus seconds en el ring; de todo un grupo de chilenos que fue tras el boxeador a acompañarlo en sus peleas, que se mezcló en su vida y que, de forma paralela, dejó atrás a Chile, un Chile que cambió a medida que ellos mismos lo hacían y que dejó de ser aquel lugar de sus respectivas infancias, donde fueron otras personas, con otras historias y anécdotas menos públicas pero no por eso menos extravagantes, no solo por sus orígenes sino que también porque aquel Chile que les tocó vivir no se fue con ellos en su aventura, sino que quedó atrás, en un tiempo al que nunca les fue posible volver, a pesar de que hay cosas —como el habla y sus giros tan chilenos— que se quedaron radicados en ellos, tal vez como una manera de no perder eso que consideraban su propio fundamento.

Se trata de una novela entretenidísima, con altas dosis de humor, que maneja muy bien los momentos de tensión —especialmente en la descripción de las peleas de Godoy—, que además está repleta de pequeñas escenas que reproducen momentos históricos identificables para un lector promedio, y de personajes literarios (Neruda, Cortazar, Hemingway, etc.) que entran y salen de la historia, colmándola de niveles de entramados. Revela, a su vez, la intención de asir aquel inasible, que es ese concepto tan extraño de chilenidad, muy a sabiendas de que es prácticamente un imposible, pero un intento inevitable para cualquier expatriado. Porque así como el autor se hace cargo de la imposibilidad de la ficción de retratar una verdad histórica a través de la literatura, hace latente el fracaso de acceder a un concepto de patria que se avenga con la propia subjetividad de quienes la han perdido o dejado atrás.

Hay que destacar, por meritoria, la sencilla y bella edición, que desde la portada muestra el cariño con el cual se trabajó este libro. Y porque es, por sobre todo, el rescate de una gran novela, divertida, inteligentemente construida en todo el entramado de planos y voces que la configuran, que contiene la proeza de equilibrar como pocas una anécdota veloz y con la que es muy fácil encariñarse, junto a una construcción literaria, repleta de referencias y momentos sabrosos para el lector, que puede verse sorprendido en cada cruce del autor con referencias profundamente literarias. Un libro que, como el personaje central de la historia, golpea firme y deja un sabor a sangre en la boca; el de lo que es propio, pero indescriptible al mismo tiempo.

 

 

 

 

 

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