Poesía completa (Rubén Jacob)

Poesía completa (2017)

Rubén Jacob (1939-2010)

Editorial Universidad de Valparaíso

ISBN: 978-956-214-183-3

212 páginas

 

La primera edición de The Boston Evening Transcript salió en 1993. Rubén Jacob tenía cincuenta y cuatro años y vivía en Quilpué. Uno de los primeros lectores del manuscrito fue Juan Luis Martínez. En una entrevista, Jacob cuenta que Martínez le dijo: «yo no voy a alcanzar a ver tu libro terminado, así que te lo vea y te lo revise Marcelo Novoa». De esa primera edición salieron 500 ejemplares. 150 de esos ejemplares, dice Jacob en esa misma entrevista, salieron malos. «De hecho, el mío tiene varias hojas sueltas. Y por eso andaban baratos en varias ferias de Valparaíso (300 o 500 pesos)» me cuenta un amigo. Así y todo, la aparición del «The Boston», como apunta Marcelo Pellegrini en el prólogo que era conocido el libro en su época, puso a Jacob en un lugar extraño. Me explico: los 24 poemas que componen esta ópera prima —una ópera prima, digamos, tardía en comparación con la idea romántica de la poesía como destello de la juventud—, son variaciones en torno al poema The Boston Evening Transcript de T.S. Eliot, más una coda en torno al Aleph de Borges. Jacob, en un gesto absolutamente contemporáneo, se apropia de esos versos. Jacob, digámoslo así, samplea a Eliot para construir un locus amoenus donde conviven Proust, Kerouac, Nicómedes Guzmán, los relojeros de Valparaíso, el futbolista Schubert Gambeta, entre otros.

La inserción de este elemento musical en la poesía de Jacob es, por cierto, el despliegue natural de un melómano confeso: «Cuando estábamos en segundo año de leyes, íbamos a la casa de un amigo y decíamos: “ya, hoy vamos a escuchar la Sinfonía N° 7 de Beethoven”. Todo el día escuchando la Séptima, pero por seis directores distintos: por Bruno Walter, por Furtwangler, por Karl Bohm, por von Karajan; así fuimos aprendiendo música». Llave de sol, su segundo libro, hace de la experiencia musical el motivo del poema. A partir del sonido, Jacob se mueve entre los viejos grandes temas: el amor, la muerte, el paso del tiempo. En La inconclusa, por ejemplo, leemos:  «El maestro dijo que toda nota / Debe terminar muriendo / Que además no hay nada que temer / Excepto el temor / Y las largas listas que el dolor / Arroja / Todo debe seguir su curso / La hierba debe crecer / Y los niños deben morir / La última nieve debe derretirse (…)». Y en Canciones sin palabras: «Recuerdo que tercamente perseguí / Estas breves miniaturas pianísticas / de Félix Mendelssohn Bartholdy / En  las disquerías y quioscos / De las ferias pobres / Los tratadistas enseñan que se titulan / Hojas de álbum o bagatelas / Consolaciones o piezas líricas / Pero todas se asemejan / porque permanezco meditabundo / Y sus cálidas voces / Me retrotraen a un tiempo otro / Tristemente otro / A las mañanas de un domingo / Cuando languidecían / En el primer piso de mi casa / Las canciones sin palabras (…)». Si en El Boston Evening Transcript Jacob se nos muestra antes que todo como el lector borgeano —«que otros se jacten de las páginas que han escrito…», etc.—, en Llave de Sol es un poco como esos personajes de Robert Crumb que se pasean por disqueras buscando rarezas musicales o vinilos desclasificados buscando en esa materialidad el tiempo condensado en una sinfonía.

Si sus dos primeros libros se encuentran atravesados por la melancolía como leitmotiv, Granjerías Infames, publicado el 2009, extrema ese gesto, acaso como despedida o resignación. En Larga ausencia leemos: «Mira. Escúchame. / Si todo necesariamente morirá / Si el mundo de todos modos / Nos va a olvidar / Existir es estar / Sosteniéndose en la nada / Vagando en una selva de sueños / ¿Lo reconocerás algún día? / Ah caracola susurrante del tiempo / En el camposanto frente a la cárcel / Flamean los aromos / Y llega el viento del océano / ¿Podremos los presentes acostumbrarnos / a tan prolongadas ausencias? / ¿A que todos los caminos / conducen necesariamente / a la indefensión absoluta?». Y en Evocación: «Déjenme pronunciar así lenta y regocijadamente / La palabra castellana añoranza / Las palabras otrora antaño ayer el pasado / Déjenme rememorar lo que día tras día fui / El zumbido de viento entre los zarzales / Una reunión de la familia en el hogar de mis padres (…)».

Mención aparte merece la inclusión de Carta a Juan Luis Martínez, publicada originalmente en la revista Antítesis de Valparaíso. En esta, reverso irónico de su poesía, Jacob juega a resolver los acertijos con los que Juan Luis Martínez construyó ese monstruo fabuloso y deslumbrante que es La nueva novela. Imagino a Jacob, viejo y silenciosamente consagrado, muerto de la risa frente a una máquina de escribir o un viejo computador parodiando a Martínez: «Segundo: ¿cree usted posible que un varón —que no sea un contorsionista ni el Hombre de Goma—, y sin extraerlo ni moverlo de donde está asentado originalmente, pueda alguna vez a succionar su propio pene? Se dice que ni el Divino Marqués ha podido contestar esto. Si usted lo cree posible, chifle, haga gárgaras, abróchese bien el marrueco y, en la noche, transcriba sus sentimientos al papel». O esta otra: «Es posible que dentro de algún tiempo haga algunos comentarios (se los haré llegar), respecto a su poema “Desaparición de una familia”, y también sobre “El canto de los pájaros” (que seguramente copió de Oreste Plath). Tengo algunas dudas con respecto al extravío del gato y a la última desaparición, donde ya no hay esperanza de nada». Jacob escribe esa misiva como volviéndose desganadamente para despedir con un gesto a Juan Luis Martínez, si esa calle fuera el tiempo, etcétera. Juan Luis Martínez murió en 1993 y sus restos descansan en el cementerio número 2 de Valparaíso. Rubén Jacob murió el 2010 en Quilpué y sus cenizas fueron esparcidas en el estadio de Santiago Wanderers, en Playa Ancha, tierra del también abogado y escritor Carlos León, que en una reseña dice de Jacob anota: “abogado poeta, ajedrecista, amigo nuestro y de Juan Luis Martínez”.

 

 

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