Aspirinas y caramelos (Luciano Olivera)

Aspirinas y caramelos (2017)

Luciano Olivera (1968)

Tusquets editores

ISBN: 978-987-670-463-2

240 páginas

 

Aspirinas y caramelos es un libro que viene precedido de una buena anécdota. La cosa va más o menos así: el día en que Luciano Olivera, el autor, se dio cuenta de que su equipo de toda la vida, el C.A. Independiente, iba a bajar a segunda división por primera vez en su historia, decidió escribirle una carta a su padre muerto. En ella contó la manera en que fue traspasándole la pasión por su equipo y de cómo, en sentido inverso, su propio padre, Rodolfo, fue extinguiéndose hasta morir cuando Luciano apenas tenía doce años. En esta carta, profundamente emotiva para cualquier amante del fútbol, Luciano llama a su padre, le pide que vuelva, para que de alguna forma compartan ese momento aciago del club de sus amores, y de cierta forma se lo ve transformarse en un niño. Fue en el año 2013. Abrió un blog y la subió. De ahí alguien la tomó y la leyó en la radio. En alguna entrevista dice recordar haber corrido al auto a encender la radio —alguien le acababa de avisar que están leyendo su carta— y alcanzar a oír cómo el locutor se quiebra en la mitad de la transmisión. Y fue como una pequeña explosión, que hizo que la gente comenzara a llamarlo y a visitar el blog, a compartir la carta.

Ese hombre que se fue envuelto en debilidades, antes de apagarse, fue mi ídolo. Ese porteño tanguero que no me legó un mango, me dejó un puñado de cosas invalorables: el gusto por la historia, la pasión por la lectura, el placer de una buena partida de ajedrez, el ateísmo, una imagen de decencia inquebrantable que fue clave para que yo no me desviara cuando me tentaron. Y claro, el paladar negro de hincha de Independiente. (página 21)

No faltó mucho para que unos amigos del autor, dueños de una editorial, le ofrecieran publicarlo. Él ya había escrito algunos relatos familiares, anécdotas pequeñas, como postales, sin darles mucho orden ni importancia, más bien como ejercicio de la memoria. Pero fue así como, empujado por la inmensa popularidad de aquel relato que tituló «Aspirinas y caramelos», decidió seguir escribiendo, ordenando lo que había, hasta dar forma a un libro. Y ese libro también resultó tan popular que rápidamente llegó a una editorial transnacional, donde fue vuelto a revisar por el autor y ampliado con nuevas historias familiares. Y además cruzó la frontera.

Aspirinas y caramelos es un libro de cuentos que no son cuentos. Son historias, sí, la mayoría relacionadas con el fútbol, la vida familiar, la nostalgia, la infancia. Pero también tienen esta pretensión de veracidad, de conformarse como un trabajo de la memoria reconstruyendo un relato con toda su subjetividad, con sus dificultades y oscuridades, de una manera muy simple, muy llana, pueril incluso. Quizás por eso mismo resulta ser un libro tan emotivo, porque en la vida de cualquiera la marea sube y baja, y en la resaca se producen los desaguisados, se muere un padre, una madre busca un nuevo amor y los hijos resultan afectados, o el equipo de los amores vuelve a subir, tienes polola (o novia) a pesar de que eres un feo, aprendes a tocar la guitarra, te metes en una pelea o lo que sea, y resultan ser cosas tan cotidianas que difícilmente no produzcan un nivel importante de identificación con el lector.

Soy el nene de seis años que cuando llegó al colegio se olvidó del baleado y jugó a la pelota con sus amigos. Soy el pibe que guardó todo en su memoria. Soy el señor que la desempolva y ríe, escatológico, al imaginar un intestino en forma de canilla (página 109)

Lo que nos ha traído nuestra época son relatos como los que guarda este libro, donde las epopeyas no existen, donde hasta los ídolos, como un padre, pueden doblar las rodillas y dejarse vencer y, sin embargo, en esa misma debilidad, en la domesticidad de la vida diaria, en la pelea sin oposición del hombre pequeño, hay una belleza de vidas mínimas, donde el tipo de a pie, el que podría ser cualquiera de nosotros y que, por ende, nos habla a nosotros al hablar de lo que ocurre cuando las puertas de su propia casa se cierran, se convierte en el centro de su historia, porque es quizás el único relato realmente posible.

De esta forma, Aspirinas y caramelos resulta un libro profundamente emotivo, con momentos muy alegres y dulces como caramelos; y otros amargos como las aspirinas, como la vida de cualquiera. Es, también, la crónica de un hombre que mira su propia vida desde la adultez, y de los tropiezos que ha tenido que sufrir para llegar ahí. Es también la historia de su pasión futbolera y cómo esta se entronca con su propia vida; esto último lo hace un libro imperdible para cualquier amante del fútbol.

Quizás pueda achacársele esa misma sensibilidad que a veces podría ser mejor modulada. Quizás su extensión, que también pudo ser contenida para resultar en un libro más redondo. Ambas cosas son ciertas: pero funcionan como funcionan los propios relatos del libro, con las pequeñas virtudes familiares, domésticas, con los desaciertos existentes en una vida cualquiera. Y en todo eso persiste una cierta belleza.

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