Caja de resonancia (Constanza Anabalón)

Constanza Anabalón

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Caja de resonancia (2016)

Constanza Anabalón (1987)

La calabaza del diablo

ISBN: 978-956-9400-41-4

209 páginas

 

En Léxico familiar, la novela-biografía de la familia Levi, la familia de Natalia Ginzburg, nos encontramos con un texto que es memoria y nostalgia a la vez, pero una nostalgia que transcurre feliz entre los desencuentros y defectos familiares, en el marco de una historia mayor: la lucha contra el fascismo en la que se ve envuelta la familia de la autora.

«¡A Alberto! ¡Han encarcelado a Alberto! ¡Pero si mi Alberto nunca ha estado metido en política!» decía aturdida mi madre. Mi padre decía: «¡Lo han metido en la cárcel porque es hermano de Mario! ¡Porque es mi hijo! ¡No porque sea él!» (Léxico familiar, Natalia Ginzburg, pág. 130, ed. Lumen 2016)

Por su parte, Caja de resonancia, la primera novela de Constanza Anabalón, consiste en un ejercicio similar. Es una pequeña novela que, asentada en el punto de vista de Alejandra, su narradora, se sitúa dentro de un esquema familiar en el Chile de postdictadura. Desde ahí comienza a desmadejar los hilos que conforman su vida familiar.

«Mi madre era del Partido Nacional y mi tía sólo era de izquierda. Sin militancias ni partido. Mi madre tenía quince años cuando comenzó la dictadura. Mi tía, treinta y cinco. (…) Mí tía fue brutalmente torturada. Mi madre no se enteró. Mi tía fue exiliada. Mi madre quedó atónita. Mi tía regresó. Mi madre entendió todo» (pág. 45)

Las líneas que pueden tenderse entre una novela y otra —admitiendo que Léxico familiar pueda ser leída como tal, siguiendo los deseos de su autora— son claras, aunque es probable que la autora de Caja de resonancia no haya sido consciente de ellas: la familia principalmente, con sus pequeños y múltiples defectos, la vida enmarcada con la lucha política, la voz que recorre un anecdotario personal que es, al mismo tiempo, un minúsculo átomo de un entorno social que se repite con sus bemoles en tantas otras casas.

Caja de resonancia se va desgranando en pequeños capítulos, desde una noche de año nuevo posterior a los eventos que más tarde se desarrollan en el libro, donde el progreso mismo está dado por una serie de sucesos familiares: padres que se separan en el Chile en que todos los padres parecen separarse, las enfermedades sobrevinientes como grandes abismos en la cotidianeidad, la supervivencia o la muerte, los líos amorosos y juveniles. En ese anecdotario familiar hay una intimidad muy lograda que es donde ocurre efectivamente el devenir.

Pero donde Natalia Ginzburg consigue un tono moderadísimo, como en voz baja, relatando la domesticidad de la vida diaria, las peleas con las empleadas domésticas, las desavenencias entre hermanos, la vida diaria en las oficinas donde trabajó y la pobreza que por momentos vivieron, sin hacer ningún alarde de ello, Constanza Anabalón extrae su caja de resonancia, aquel lugar oculto donde cada evento en la vida de cada cual retumba con un sonido propio, ya que es la manera en que resuena en su vida.

“Los hijos son como una caja de resonancia de sus padres.
Atravesados por el suave sonido inicial,
No piensan que el eco puede durar para siempre.” (pág. 121)

Los capítulos de Caja de resonancia están divididos en pequeños párrafos, en general de no más de dos o tres carillas. Cada uno consiste en un evento o sucesión de ellos. Y van, como la memoria, saltando y avanzando de forma desordenada, hacia atrás y hacia adelante, explicando más la lógica de sus consecuencias que cualquier cronología. Son, en ese sentido, un ejercicio de encuadre, una manera que la narradora tiene para enfocar su propia juventud y niñez. Todo el libro consiste en ese ejercicio mayor, como una forma de explicarse a sí misma el porqué de los hechos que marcan su existencia, concluyendo tal vez con que no hay explicación alguna más que ese mismo devenir en que se asienta la vida.

“Movía sus pies en círculos concéntricos, apenas rozando el agua. Luego metía los pies lo más hondo posible y los levantaba con furia. Intenté ser silenciosa, pero no me resultó (…) Cuando me empecé a aburrir le pregunté qué era lo que miraba tanto. Me dijo que algo se le había perdido. Le ofrecí mi ayuda, pero me dijo que nadie podía ayudarla. Quizás se te quedó en la casa, respondí. Cuando volvamos, le pregunto a mi papá si lo vio. Se largó a llorar” (pág. 28)

Se trata de una prometedora primera novela, que a pesar de tener a la dictadura como eco no la constituye en telón de fondo, e incluso teniendo la figura de los padres no sigue el esquema de lo que se ha denominado literatura de los hijos; la narradora en ningún caso se transforma en personaje secundario de otros mayores que son los dueños de la historia, por el contrario, aun cuando los hechos ocurren muchas veces en otros personajes, el enfoque siempre está sobre ella, y es su vida la que vemos, su óptica, sin la lamentación de no ser dueña de una historia mayor.

En cambio, hay otros temas que se asientan, el feminismo, el lesbianismo sin ninguna carga moral, como algo que ya puede ser tratado con total normalidad, el amor de pareja, el amor fraternal. Y la vida familiar, no como una imposibilidad, sino como un complejo entramado que, aunque a veces parece maltrecho, consigue una y otra vez dar muestras de la fortaleza de las relaciones que coexisten en él.

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