Kippel maulino

Por Mario Verdugo

Acaso el territorio en que Jonnathan Opazo trabaja sus crónicas haya nacido literariamente como una especie en extinción. Puede que el Maule, al menos desde hace un siglo y tanto, no sea otra cosa que un ubi sunt permanente, una tradición de la agonía o el responso siempre capaz de renovarse para el improbable interés forastero o, más a menudo, para el tráfico discursivo de cabotaje.

Fuese porque algún supervillano capitalista llegaba a imponer modernidades odiosas, o porque la propia naturaleza se encabritaba sin contar aún con la excusa de su autodefensa, la literatura de tema regional tendió a seguir un rumbo entre apocalíptico y elegíaco: desaparecía la navegación fluviomarina, desaparecían los bosques de robles, desaparecían los cóndores y los pumas, desaparecían los campos fértiles, desaparecía el cosmopolitismo portuario y desaparecía también la épica de los bandidos y los arrieros. Lo que en  principio era visto como la causa del Apocalipsis (el tren hacia la costa, el desarrollo agrícola donde iban a parar las aguas del río), se convertía después en reliquia, patrimonio o parafernalia vintage, objeto en cualquier caso de nuevas desapariciones. De Pablo de Rokha a Óscar Bustamante, de Jorge González Bastías a Cynthia Rimsky, pasando por Efraín Barquero y José Donoso, el Maule no ha dejado de pronunciar una y otra vez sus últimas palabras.

Es un relato –como anota Opazo a propósito de un bar de Linares– que “tristemente se repite”, pero que en su misma repetición genera diferencias, a la manera de un disco rayado que se salva del tacho porque puede cambiar de ritmo y estilo según los vaivenes del gusto y las realidades históricas. En Ruinalidad se multiplican por cierto las imágenes del fin. Hay espacios, personajes y eventos extinguidos o que están por extinguirse. El fin se registra, se lamenta, se combate y con frecuencia se desea, como ante la cordillera que amenaza con liberar su magma hollywoodense, o como en aquella anécdota del exalumno que quiere apedrear su colegio de infancia.

La perspectiva no es invariable, y aunque la elegía reasoma de cuando en cuando, nunca alcanza a frenar un impulso de disolución que paradójicamente dinamiza, funcionando como un suerte de link a lo que se antoja de veras contemporáneo. En vez de plegarse al remozamiento un poco kitsch de la herencia hacendal –los viñedos ahora sí presentables, ese valle californizado, para decirlo con los términos de Jocelyn-Holt–, la puesta al día adquiere un matiz ambiguo y más bien retrofuturista, cuyo modelo es menos California que Detroit, y en el que se entrevé la fascinación por los paisajes entrópicos, la chatarra heteróclita y proliferante que Philip K. Dick solía llamar “kippel”. Así mirados, los residuos curicanos, mauchos o sanjavierinos se tornan susceptibles de enumeración alucinada y de comparación no circunscrita, hermanándolos de un plumazo con el Marte de Bradbury o la Estrella de la Muerte.

Por momentos Opazo se topa con lo provinciano en su encarnación previsible: sopor, inmovilidad, caseríos mudos, rostros casi lobotomizados por la rutina infinita. De acuerdo al tópico tantas veces reproducido en las cimas y simas de la cultura, quien se aparta de la norma sólo podría reventarse allí contra el ninguneo hipócrita y la estupidez hillbilly. Pero Ruinalidad consigue poner en suspenso esa mirada cliché. Ocurre en particular con “Guillermo”, un transgénero a medio camino entre el insólito localismo de “la Manuela” en El lugar sin límites (convencida de que era mejor seguir viviendo en su pueblo chico, en donde “nadie hacía preguntas”) y las contradictorias reacciones de Claudia Donoso y Paz Errázuriz en La manzana de Adán (prestas a encontrar una horda fascistoide y homofóbica apenas avanzaban, en su estadía talquina, desde la Diez Oriente a la Uno Sur).

Y ocurre de modo más abarcador con el tipo de recorrido que Opazo despliega a lo largo de estas páginas. El cronista, en una primera instancia, se aproxima a sus materias portando una enciclopedia personal en la que no escasean versos de Antonio Machado ni planteamientos de la Escuela de Birmingham, ni tampoco citas de Melville, Bergman, Luis Oyarzún y At the Drive-In. Su experiencia in situ, sin embargo, asume las asperezas de una performatividad cercana al gonzo, aun si ello implica empezar a perderse, tomar carreteras laterales o saltar panderetas simbólicas. De seguro Jonnathan Opazo tuvo a su disposición varias opciones: el territorio como tabla rasa, el territorio como sede de la nostalgia pastoril y ensimismada, el territorio como reserva identitaria de Chile. Pudo decidirse por cualquiera de ellas y no obstante se decidió por la más peliaguda: ensayar un Maule que es todavía una encrucijada crítica (“geo” o “eco”, se admiten prefijos) y que ahora se aviene muy bien (larismo y juvenilismo en el target) con la sospecha, el desplazamiento y la destrucción de mitos.

El libro puede descargarse en www.ruinalidad.cl

 

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