Trayendo a casa todo de nuevo (Fabián Casas)

Trayendo a casa todo de nuevo Fabián Casas“Trayendo a casa todo de nuevo. Todos los ensayos” (2016)

Fabián Casas (1965)

Emecé

ISBN: 978-950-04-3835-3

667 páginas

“Mis amigos son unos atorrantes, se exhiben sin pudor, beben a morro, se pasan las consignas por el forro y… a veces dicen boludeces. Pero bueno, son mis amigos, no son Bertrand Russell, y por eso los quiero”. Fabián Casas tampoco es Bertrand Russell y por eso lo queremos: porque escribe como quien dialoga con un amigo junto a un par de cervezas. Trayendo a casa todo lo nuevo reúne los ensayos que el autor trasandino publicó en Ensayos Bonsái, Breves apuntes de autoayuda, La supremacía Tolstoi y otros ensayos al tuntún y el inédito El taller nómade. La recopilación funciona como una retrospectiva de estos pequeños campos de operaciones donde la voz de Casas juega a cruzar la pasión por San Lorenzo, las historias familiares y sus propios descensos al infierno con la poesía de Eliot, los discos de Los Beatles y el cine de Tarkovsky. Como toda retrospectiva, la lectura de estos textos termina transformándose también en un compendio de obsesiones y transformaciones personales, como un involuntario bildungsroman. Porque, como el mismo autor anota, “lo importante no es lo que dicen los protagonistas, sino lo que dicen los trazos de las vidas de los protagonistas”.

Y luego de terminar estas 650 páginas lo que más encontramos son trazos.

Trazos de lectura: Casas se nos aparece como un lector lúcido y al mismo tiempo desviado, volviendo sobre los clásicos para intentar arrojar nuevas luces o simplemente dejar que a través de esos autores canónicos –Tolstoi, Beckett, Ashbery, Faulkner— aparezca su propia vida reflejada, sus tropezones y derivas. Al escribir sobre la poesía de José Aulicino, anota: “Es difícil acercarnos a un poema sin aplicarle la sombra que depositamos en todo lo que intentamos conocer”. He ahí una clave. En el caso del autor trasandino, a veces tiende sombras excesivas, como cuando anota: “Mi mamá no sabía nada del imaginismo que teorizó Ezra Pound ni del objetivismo que trabajó William Carlos Williams, cuando este decía ‘No ideas, salvo en las cosas’. Pero precisamente Serrat, a la hora de escribir sus letras, realiza esta máxima en todo su esplendor. Vemos personas, gente común, historias de amor y trágicas hechas canción. No hay palabras demás. Parece pensar, junto con Chéjov, que la felicidad no existe, lo que existe es el deseo de ir hacia ella”. Pero es ahí también donde aparece esta voluntad por cruzarlo todo, siguiendo un poco al lector ideal de Piglia: aquel para quien la literatura es una experiencia de la cual no se puede salir sino transfigurado.

Trazos pop: leer la muerte de Kurt Cobain como una novela de Kafka, las letras de Pink Floyd como un poema de Eliot. Casas funciona también como una antena parabólica en donde las frecuencias se cruzan y nos devuelven un ruido extraño, oscuro e iluminador al mismo tiempo. Y escribe: “Como todo gran poema, Rumble Fish no está terminada. Está siempre por hacerse cada vez que alguien se le acerca (a este tipo de películas uno no se las pone a ver, se les acerca como si se tratara de un animal numinoso)”. Si tuviera que buscar un referente cercano, estos ensayos se emparentan con las crónicas de Germán Carrasco: lectores omnívoros que tienden puentes entre sus películas y discos favoritos, configurando así un mapa de su propia experiencia como sujetos atentos, colocando también la propia experiencia como una forma de vivenciar la cultura en su totalidad. Casas, entonces, se despide de Fogwill, Saer, Giannuzzi y Kurt Vonnegut como quien lee un panegírico en el funeral de un amigo.

Trayendo a casa todo de nuevo puede leerse de forma aleatoria, yendo y volviendo a través de las páginas porque no hay un orden implícito que obligue a transitar el texto de forma lineal. Sin embargo, es inevitable no ir notando el paso del tiempo, las despedidas, la presencia perturbadora de la muerte que nos salpica a todos de forma inevitable —“Cuando toqué el cuerpo frío de un amigo en la mesa de disección del hospital, terminó mi adolescencia” o “Hace casi tres años me tocó estar frente al cadáver de un ser querido, escritor, también, como Knausgård. Me preguntaron si lo quería ver antes que lo sacaran del hospital y dije que sí. Me impresionó que su cuerpo tuviera cierta insolencia, algo no del todo muerto, pero no pude expresar ese sentimiento de manera convincente cuando se lo quise explicar a otras personas”—, que van marcando las inflexiones y los ritmos en la voz de Casas, los trazos que va dejando en su escritura.

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