Diego Vargas Gaete: “La memoria me resulta insuficiente para crear un relato”

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Fotografía: Caro Galea

Ha sido curioso el trayecto del novelista Diego Vargas Gaete (Temuco, 1975), quien hasta hace poco era más conocido en Argentina que en Chile. Incluso su novela La extinción de los coleópteros fue traducida al francés antes que publicada en Chile. Acá nos habla sobre sus lecturas, su gusto por la cruza de géneros y nos presenta un pequeño mapa de sus gustos literarios, entre otras cosas.

1. Tanto La extinción de los coleópteros como El increíble señor Galgo son parte, tengo entendido, de una trilogía. ¿Cómo se ha gestado este proyecto? ¿Cómo piensas continuarla?

Todo nace de una novela extensa que escribí hace algunos años y que nunca quise publicar. De ella surgen La extinción de los coleópteros, El increíble señor Galgo y una tercera novela actualmente en plena gestación. Hay cruces de personajes que circulan a través de un mismo universo narrativo, sin embargo, cada novela se puede leer de manera autónoma. Las veo como distintas puertas de entrada a un mismo mundo. Es algo que simplemente nació así y que poco a poco me embarcó en un viaje que aún no termina.

2. En tus novelas se percibe una fijación por ciertas formas menores o laterales de literatura: cartas, textos de concursos de cuentos, agendas, etc. ¿Qué te atrae de esos formatos?

Me gusta pensar en el género de la novela como una gran muñeca rusa en cuyo estómago se alojan muchas historias que van apareciendo a medida que uno se interna en el universo que el texto plantea. Cada historia debe poseer autonomía —que justifica su existencia— pero cobrará mayor sentido al relacionarse y dar movimiento a la muñeca mayor. Por eso considero que no existen formas menores de literatura, solo es un asunto de perspectiva o de cómo se utiliza un formato narrativo poco usual. Por ejemplo, la reseña de una película del futuro, una carta de desagravio o los conceptos de una enciclopedia ficticia. Creo que uno de los tantos deberes de un escritor es huir del lugar común a la hora de construir la estructura de un relato y parte de esa fuga, de esa búsqueda, se concreta al explorar en las formas laterales de literatura que mencionas.

3. Tus libros tienen algo de literatura fantástica. ¿Podrías comentarnos tu relación con esos géneros?

La literatura que me interesa es la que corre riesgos, la que desconoce las fronteras que dividen géneros, la que se ríe de la supuesta linealidad de la vida y el tiempo. Me gusta saltar del policial al fantástico y a ratos coquetear con la ciencia ficción o derechamente con el humor. Siempre teniendo como norte el saber que todos esos cruces están al servicio de contar un gran relato que al final es completado por cada lector.

4. Viviste un tiempo en Buenos Aires, fuiste becado y publicaste allá. ¿Influyó algo en tu formación como novelista? ¿Qué diferencias ves entre novelistas argentinos y chilenos?

Me fui a Buenos Aires para marcar una línea que dividiera mi biografía. Mi objetivo era convertirme en un escritor. Suena simple, pero fue una decisión compleja. En Argentina estudie guion, viví en lugares extraños, estuve becado en una escuela de escritores e hice buenos amigos. Sin duda tal experiencia formativa se traspasa a mi literatura.

Un escritor no es ajeno ni al territorio ni a la época en que vive. En el caso chileno hay problemáticas que nos cruzan como sociedad, heridas abiertas desde hace décadas y estructuras de funcionamiento impuestas a la fuerza. Eso se refleja en la narrativa actual y me parece que es legítimo en la medida que cada libro busque nuevos puntos de vista. Algunos autores visitan el momento en que se gesta esa fractura social, sea en un grupo o en un personaje (En voz baja de Alejandra Costamagna, Formas de volver a casa de Zambra o Ruido de Bisama), otros trabajan con las consecuencias de un sistema donde muchas veces impera el individualismo o el sinsentido de la cultura del consumo (Autoayuda, Matías Correa) o el desamparo de las nuevas generaciones (Incompetentes, Constanza Gutiérrez o Italia 90 de J.M. Silva) o las esquirlas más oscuras del poder (Díaz Eterovic, en general). En el caso de Argentina, creo que esos temas, como sociedad, fueron puestos sobre la mesa hace ya un buen tiempo y se sancionaron y reprocharon más menos de forma unánime. Eso hace que la narrativa explore en otras zonas como los retratos donde el foco es la amistad, lo doméstico, el barrio o las relaciones humanas, lo que se aprecia en las narrativas de Fabián Casas, Marcelo Guerrieri, Pedro Mairal o Juan Diego Incardona. También hay novelas que representan a sectores más outsiders de la sociedad (el caso de Washington Cucurto) y otras que toman más riesgos al saltar a lo fantástico como lo hace Leandro Avalos Blacha o Samantha Schwenblin. En el fondo, sin embargo, veo varios cruces o temáticas comunes como son la desconfianza hacia cualquier forma de poder, la soledad contemporánea y la familia a la manera de  un núcleo en el que nacen la mayor parte de las historias. En esto último existen lazos aun más estrechos: pienso en el tratamiento de la figura paterna como una sombra de la cual hay que desprenderse si se quiere avanzar. Esto se ve en Un pequeño tornado llegará desde el mar del trasandino Matías Amoedo o en Geología de un planeta desierto de Patricio Jara.

5. Me llama la atención que no te publicaran antes en Chile y que para recibir mayor atención hiciera falta un espaldarazo desde Argentina. ¿A qué crees que se debe?

Son las vueltas de la vida. Ahora estoy publicado en Chile, Argentina, Francia y pronto en Polonia. Soy como un jugador de fútbol que ha participado en varias ligas. Eso siempre es positivo.

6. ¿Qué nos puedes contar de la versión que presentas de Temuco? ¿Te parece distinta de la de otros temuquenses como Sanhueza o Villalobos?

Temuco es nuestro Far west criollo, una ciudad de choque de culturas, de violencia en estado latente y en la cual el clima y la vegetación van forjando un tipo especial de carácter. Ahora, tanto Leonardo Sanhueza (La edad del perro) como Daniel Villalobos (El Sur) realizan retratos en los que el foco está en las etapas formativas, en los episodios de infancia o adolescencia de un personaje y en los vínculos que se dan al interior de una familia y que terminan fraguando al narrador adulto que nos cuenta la historia. Apelan al recuerdo o al menos a una sensación de realismo basada en una construcción emotiva del relato. Son textos de prosa pulida, intimista y poética, ligados a la autoficción. En mi caso la memoria me resulta insuficiente a la hora de crear un relato. Hay demasiados espacios en blanco y el recuerdo, al menos en mi caso, pasados quince o veinte años prescribe o se torna en algo borroso, exagerado o se convierte en el nicho ideal para idealizar o confundirse.

Por eso apelo derechamente a un Temuco ficticio, a una construcción imaginaria en la cual la ciudad es otro personaje más que impulsa o determina la vida de sus habitantes. Mis novelas rompen la linealidad y abarcan muchos años, siglos incluso, y en ellas desfilan personajes que son fruto de los contrastes, del choque de distintas visiones de mundo. La ciudad, por tanto, no es casual ni tampoco resulta una banda sonora de supermercado, pues su dinámica y entresijos son la  música que otorga vida y movilidad a las historias. El Temuco real, por cierto, es un suelo nutritivo en el cual han germinado autores como Neruda, Juvencio Valle, Sergio Gómez o Antonio Díaz Oliva, por mencionar a algunos. Todos ellos dan cuenta de que es un territorio vivo y novelable, cantera de poetas y escritores. Si reuniéramos todos los relatos creados por estos autores quizás podríamos contar una sola gran historia.

7. Una banda, una película u otra obra (que no sea un libro) que haya tenido un impacto decisivo en lo que escribes.

Respuesta con trampa: El cuerpo, película de Bob Reiner basada en una novela de Stephen King.

8. Una breve descripción de cómo son tus jornadas de escritura y lectura.

Si estoy trabajando en un proyecto de largo aliento —novela— de alguna u otra forma me sumerjo en él a tiempo casi completo. El resto del día doy clases, como, troto o duermo, pero sigo conectado a tal labor que muchas veces me entrega coincidencias o señales en el mundo real: como cuando bautizo a un personaje con un nombre extraño y pronto conozco a alguien que se llama igual. Es una sensación alucinante y a ratos adictiva. Como lector soy mucho más relajado. Salto de un libro a otro muchas veces guiado por el azar o el capricho.

9. ¿Cómo ves el estado de la crítica literaria en Chile? ¿Lees crítica literaria?

En general, ni las críticas literarias ni los rankings de libros determinan mis lecturas. A veces si un libro me gustó mucho busco que se dijo acerca de él en la prensa o Internet. Es usual que discrepe o que mi punto de vista sea otro.

10. ¿Qué estás leyendo ahora?

Un novela delirante y graciosa: La culpa es de Francia de Washington Cucurto.

11. Parece haber cierto consenso en torno a ciertas obras decisivas en la formación literaria en general (los clásicos de siempre: Cervantes, Homero, Borges, etc.). ¿Podrías nombrar cinco títulos que no entren en esta categoría que hayan sido fundamentales para ti?

Los clásicos que mencionas no me hicieron ni cosquillas. Fueron mucho más importantes por cercanía, por despertar mi imaginación y mostrarme nuevas formas de narrar, libros como los que siguen:

Papelucho, que encierra una gran idea de fondo: tus padres más temprano que tarde te abandonarán y tendrás que forjar tu propio camino.

Crónicas Marcianas: porque posee uno de los finales más hermosos de la literatura universal.

La hermandad de la uva, John Fante. Un monstruo que escribe con letras de fuego.

Universo de locos, Fredric Brown. La imaginación no tiene límites.

Pájaros de fuego, Anaîs Nin. Lo leí a escondidas a los doce años, fue mi primer contacto con la narrativa erótica. Belleza.

12. ¿Qué otros autores te interesan y crees que deberíamos entrevistar aquí?

Pienso en libros que en su momento y hace no tanto me sorprendieron gratamente. Sé que ya no es posible, pero Explicación de todos mis tropiezos de Oscar Bustamante (QEPD) me parece una novela de tomo y lomo. Lina Meruane y su viaje a las raíces (Volverse Palestina), Juan Pablo Roncone con un puñado de historias que destilan soledad (Hermano Ciervo) o Andrea Maturana con un libro de cuentos que no envejecen (No decir).

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