Francisco Ovando: “Lo realmente malo es el silencio en torno a un texto”

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Francisco Ovando (Rancagua, 1989) acaba de publicar Acerca de Suárez por Editorial Pez Espiral, novela en la que asistimos a un escenario distópico donde la luz eléctrica es un privilegio de tiempos pasados y el mundo un desierto. Visiblemente distante de su debut con Casa volada, merecedora de los premios Roberto Bolaño y José Nuez Martín, Ovando nos cuenta sobre la necesidad de moverse entre diversos registros, las lecturas que marcaron la escritura de ambos libros, sus favoritos del panorama literario actual, entre otras cosas.

 1. Acerca de Suárez es derechamente una distopía: la electricidad aparece como un bien escaso, el pueblo donde sucede se encuentra prácticamente en ruinas y está rodeado de una desolación absoluta, ¿cómo surge la idea de escribir una novela que flirtea con géneros como la ciencia ficción?

El gérmen de todo fue una nota que vi acerca de una pequeña ciudad en la India, cuyo nombre olvidé. Allí el flujo eléctrico no es constante y, por consecuencia, los trámites legales no pueden hacerse ni mantenerse en un computador. Afuera de los juzgados existen escribas con máquinas de escribir que producen los documentos necesarios, que luego se archivan amparados en la desconfianza que suscita esa tecnología que está y no está, dependiendo del capricho eléctrico.

Es algo que uno da por sentado, la electricidad, y que dicta de una forma u otra la manera en que funcionamos como grupo. Cuando tuve esa noción quise experimentar con ella. Recordaba cuando era pequeño, a finales de los noventa, los cortes de luz programáticos que hubo en Santiago. En mi casa, que no era de juntarse tanto en familia, eso nos reunía en torno a las velas. Pero también puede darse el efecto contrario. Quizás la electricidad —los computadores, los celulares y la hiperconexión— sea un anestésico de cierta rabia. Al fin y al cabo te permite no interactuar con un otro y eso suprime también las posibilidades de conflicto. Existe una ansiedad que se controla con estos dispositivos, que si fuera a salir a flote, dejaría en evidencia aun más nuestra violencia.

Lo que me interesa, al final, es ese ejercicio del colectivo. Antes la ciencia ficción te permitía eso, distanciarte un poco de tu medio a través de estas ideas sobre el futuro. Pero hoy el futuro ya es otra cosa, más triste y decepcionante. No hay autos voladores sino niños atropellados por trenes mientras juegan con su celular. Al fin y al cabo parece ser mucho más impactante la idea de que algo se acaba, sea el mundo o una era. En 2012 nadie pensaba en el futuro —aunque estábamos, como ahora, en una versión de algún futuro— pero la idea del fin del mundo estaba en todas partes. Puede ser que esa pulsión de muerte diga mucho más de nosotros como sociedad que nuestra capacidad de proyectar el porvenir. De ahí que coquetee con estos géneros, como de la literatura postapocalíptica, aunque no termine de inscribirse en ninguno.

 2. Hay un distanciamiento importante entre Casa volada, tu primera novela, y Acerca de Suárez, en donde, me parece, hay una suerte de reposo. Quiero decir: mientras la primera trata de forma consciente sobre la literatura y sus formas, la segunda deja de lado lo metaliterario. Háblanos un poco de esta distancia.

Esa distancia no es accidental. Tiene que ver con una idea que trato de poner en práctica en las cosas que hago, de no repetirme. Me aburre la posibilidad de escribir lo mismo, o algo muy cerca de lo que uno ya escribió. Hay que mantenerse en una búsqueda constante.

Me parece que es muy fácil autoimponerse una falsa noción de obra. Es decir, perseguir una consistencia artificial entre los libros en que uno trabaja, sobre todo si alguno te parece bueno o te acómoda. Me parece horroroso no poder dejar ir un libro y terminar escribiéndolo una y otra vez. El peligro de eso ya lo avisó Claudia Donoso: que cuando algo te sale bien —y no digo que sea el caso— siempre te van a pedir más de eso, no van a dejarte salir de ese lugar. Y eso es un riesgo enorme para el interés que uno mismo tiene con su trabajo. Ahí hay que entender cuánto de expectativa hay en torno a la figura del autor, precisamente para no ceder ante ella y poder operar al margen. En el exitismo literario hay mucho miedo al fracaso, al error, a publicar un libro “no tan bueno”, a ensayar en la escritura y al final esas ideas cohartan los procesos creativos.

Ahora que los autores en general están tan pendientes de la idea de una “carrera” literaria —noción horrible— creo que es saludable tener conciencia de la propia libertad y ponerla en acción. En mi caso, esa libertad tiene que ver con una exploración, tanto temática, como formal, de extensión, de material y así. Esa exploración me mantiene interesado, y es el interés el que me motiva a trabajar.

3. Casa volada ganó el premio Roberto Bolaño en la categoría novela y más recientemente el José Nuez Martín. ¿Cómo empezaste a trabajar esa novela? ¿Qué lecturas la acompañaron?

Esa novela fue mi tesis de licenciatura. Es algo que creo que determina mucho el libro, que determinó también su escritura, y que no quise mencionar en la versión que terminó publicando Cuneta.

Como sea, el trabajo de esa novela se dio en un seminario de grado que dirigió David E. Wallace, que dicho sea de paso, me parece que tiene uno de los trabajos más punzantes dentro de la Universidad de Chile. Él fue mi primer editor, y aunque no se había hecho antes, me apoyó siempre en mi obsesión por hacer una novela para licenciarme. Ese seminario de grado giraba en torno a la posibilidad reflexiva de la escritura, y en parte ese era el pie forzado de Casa volada. Al final era también una forma de desembarazarme del medio de producción académico, aunque eso mismo haya significado imprimirle cierto aire academicista a la novela.

Parte de las lecturas que la acompañaron salen mencionadas en el mismo texto: el Miltín 1934, de Juan Emar; Cristián Huneeus y el Rincón de los niños; José Donoso. También Mario Levrero, a quien le debo en parte la presencia de palomas en la novela. Un par de escritores raros que me motivaron mucho a escribir fueron Milorav Pavic y Goran Petrovic. Este último escribió La mano de la buena fortuna, una novela que me permitió pensar en las distintas dimensiones que intenté construir en Casa volada.

4. Pound decía, a propósito de la poesía, que las obras más importantes se escriben después de los 30 años. ¿Qué ventajas y desventajas ves en el hecho de publicar siendo joven?

No sé si hablaría de desventajas. En verdad, lo de ser joven o no es una cosa circunstancial. Pareciera que se le percibe con cierto valor, porque se le suele equiparar la desarrollo de otros oficios o profesiones donde se parte joven —y donde partir viejo es una desventaja—, pero eso es un error. Uno no puede medir el oficio de la escritura con esas varas. Un libro bueno o malo va a ser bueno o malo sin importar la edad que tenga el que lo escribió. Por ahí hay primeras novelas buenísimas, de autores que las publicaron jóvenes y que al final de su vida patinan con libros mediocres, y también al revés.

De ventajas sí hablaría, pero de publicar en general, descontando lo de la edad. Porque publicar tiene mucho más que ver con colectivizar un trabajo que con la idea de una carrera, o de forjar un nombre o lo que sea. Yo he aprendido mucho de las personas con las que he tenido que trabajar para publicar. Y es bueno recordar que un libro es un esfuerzo colectivo, y que junto a un título hay un editor, un corrector, un diseñador. Gente que ha leído y comenta antes de que se vaya a imprenta. Los mismos imprenteros. Incluso los libreros en tanto mediadores son parte de un proceso en que un trabajo profundamente solitario se vuelve colectivo. Además es una forma muy saludable de dejar ir un texto. Me costaría mucho seguir en la búsqueda que practico si no fuera quemando estas etapas.

5. Hace un tiempo El Mercurio publicó una nota donde postulaba que el panorama literario nacional se encontraba debilitado. Días después, La Segunda habló de la precaria situación en términos marketeros de la poesía en Chile. Como parte del equipo de trabajo de una editorial, ¿qué opinión te merecen este tipo de notas?

No tengo intención de desmerecer a quienes tienen que ganarse el pan levantando ese tipo de notas, pero El Mercurio y La Segunda no me parecen referentes de prensa en ningún caso.

Yo me río de estos diagnósticos alarmistas, pero es con una trampa, porque me rodeo de gente que trabaja con mucho amor y dedicación. Poetas, novelistas, editoras y editores, personas que se comprometen con las letras en general con mucha fuerza. Entiendo que no todos puedan ver estos trabajos, y que el mundo literario es pequeño, que todos se conocen con todos y por eso a uno le resulta más fácil percibir esto. Pero es cierto. Lo que hay es un tremendo talento en movimiento, textos, ganas. Gente que opera al margen de los términos marketeros y también trabajadores de las letras que han encontrado maneras de armonizar lo uno y lo otro. Miro el panorama literario y siento más esperanza que la cresta y eso viene del compromiso que está puesto en juego. Hay que abrir los ojos y no dejar que el chaqueteo manche la labor.

6. A partir de una crítica que Patricia Espinosa hizo de No ficción, se desató una dizque polémica en redes sociales sobre el rol de los críticos en el campo cultural local, más específicamente la crítica en medios. ¿Crees que, efectivamente, la crítica literaria cumple alguna función o rol al interior de los medios?

Con esta pregunta seré breve, porque creo que uno como autor debe dejar operar a la crítica sin meterse mucho con ella, aunque entiendo que es una postura que no todos comparten. Creo que la función de la crítica tiene que ver con la visibilización. Y el punto clave está en la selección del objeto que se critica. Ahí yo veo un valor, porque la selección no es azaroza. Al final, lo realmente malo es el silencio en torno a un texto.

7. ¿Qué autores chilenos contemporáneos te interesan?

Me interesa mucho el trabajo de Paulina Flores, que escribió uno de los mejores libros de cuentos publicados en Chile en los últimos años; la poesía de Carlos Cociña; las novelas de Bruno Lloret; las de Camila Gutiérrez. He rayado con los dos últimos de Mike Wilson y con todos los poemas de Lucas Costa. Me gustan también los poemas del Francisco Ide, el devenir salvaje de la escritura de Natalia Berbelagua. La velocidad rabiosa que tiene Valpore, de Cristóbal Gaete. Leí tarde a Pedro Montealegre y gocé con Prohibiciones y títulos de Zanetti y Astorga. Me sorprendió mucho El traductor de Guillermo Martínez y los dos libros de poemas de Cardani. El trabajo de Matías Correa y la narrativa de Alejandra Costamagna. La novela Longotoma de Gustavo Boldrini es una locura. Sin duda Julieta Marchant, como autora y editora. Las parrafadas agitadoras de Leonart también. Leí un libro de Gustavo Maier que me gustó mucho, Material rodante. También Jorge Marchant Lazcano; hay que leer Cuartos oscuros. Y atentos con Nicolás Meneses y Pablo D. Sheng.

Como todas estas cosas, tengo deudas y gente que se me debe quedar en el tintero, pero todo lo que menciono acá también debería servir como prueba de que eso de que el panorama literario está débil es una invención.

10. Vuelvo a Acerca de Suárez: al leerla me fue imposible no pensar en películas como Mad Max. ¿Qué influencias, digámoslo así, extraliterarias forman parte de tu trabajo literario?

Sin duda Mad Max es una referencia que acompaña a Suárez —o más bien a Jonás—. Pero más que Mad Max diría que el videojuego Borderlands que jugué por muchas horas con Bruno Lloret. También un viaje que hice con Francisca González a Caleta Chañaral de Aceituno, que es un pueblo de ochenta personas en el límite de la tercera y cuarta región, sin celular y con una sospechosa señal de Internet. La película The Hunt también me impactó mucho, aunque no es postapocalíptica, y Fando y Lis de Jodorowsky. En general creo que uno debe estar muy despierto. Hay que abrirse a influencias que vengan de muchos lados. Mientras más alejadas estén de la literatura mejor.

11. Un video de YouTube que hayas visto últimamente.

Con este aprovecho de mandarle un saludo a los calvinistas.

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