Susan Sontag. Intelectualidad y glamour (Daniel Schreiber)

Susan SontagSusan Sontag. Intelectualidad y glamour. Una biografía

Daniel Schreiber (1977)

Tajamar Editores (2016)

ISBN 978-956-9043-98-7

355 páginas

 

Susan Sontag fue escritora, ensayista, activista política, guionista de cine, directora tanto de teatro como de cine, etc.; fue, en suma, una intelectual, de aquellas mentes integrales, interesadas por casi todas las aristas de la cultura humana, tanto cuando estaba en el último concierto de Patti Smith o viajaba a Sarajevo, en medio del conflicto bélico, para con su popularidad y acción directa visibilizar la crueldad de la guerra y llevar ayuda material a las personas que sufrían.

Susan Sontag, intelectualidad y glamour es la biografía de esta mujer inconmensurable, la primera y por largo rato la única que, apenas ocurridos los hechos, se atrevió en un gesto de reciedumbre, entereza y rebeldía, a analizar el atentado de las Torres Gemelas en EE.UU. como un acto que debía explicarse desde la política exterior de su propio país, y no tanto desde el discurso acéfalo del terrorismo como si este fuera una especie de mal espontáneo, lo que le valió incluso amenazas de muerte.

La de Sontag es la historia de la niña casi prodigio, adelantada, descendiente de judíos, de pobre situación, que soñaba con convertirse en uno de sus ídolos: Bertolt Brecht, Huxley, Igor Stravinsky o Thoman Mann, con quien llegó a entrevistarse en EE.UU. cuando ella apenas tenía catorce años. En  su precocidad conformó una constelación de celebridades culturales y, más aun, se impuso la meta de convertirse en uno de ellos, ni más ni menos, tal como terminaría consiguiéndolo gracias a sus méritos propios.

“Ahí estaba, en la sala del trono del mundo donde aspiraba a vivir (…). La idea de decirle que quería ser escritora se me hubiera ocurrido tan poco como la de contarle que respiraba (…). El hombre que tenía delante no disponía más que de fórmulas y frases hechas, pero era el hombre que había escrito los libros de Thomas Mann. Y yo pronunciaba las cosas más simples, aunque estaba llena de sentimientos complejos. Ninguno de los dos dimos nuestra mejor versión” (pág. 45)

A los dieciséis años ya estaba en la universidad. Con diecisiete se casó. Con diecinueve fue madre. Desde su vida privada hizo las primeras subversiones al orden que fijaba que, en tanto mujer, debía ser dueña de casa. No solo asistía a la universidad, sino que era brillante, más todavía que su marido académico, y se negó a hacer de comparsa y a ponerse en el sillón principal de quien lleva la conversación, la discusión sobre los temas que estaban en boga en la academia, temáticas para las que se había preparado no solo en los últimos años de estudios formales, sino que desde que era una niña.

“Las nuevas novelas hacían experimentos formales en relación con la perspectiva de la narración y la temporalidad; y se proponían eliminar del texto —todo lo que fuera posible— las huellas del autor, convirtiendo la literatura en un acontecimiento del orden del lenguaje cuyo significado residiera más en el poder interpretativo del lector que en la intención del autor. (pág. 75)

Apenas comenzados sus treinta años llegó a escribir en las revistas culturales más importantes de su país, de manera estable, y comenzó a publicar ensayos sobre los más diversos temas, los mismos que cimentaron su popularidad mundial, eso además de su carrera como escritora de ficción en la vanguardia de la novela. Su primer ensayo que produjo un impacto social y que hasta el día de hoy no solo sigue siendo válido, sino que además posee una influencia directa en cómo cualquiera de nosotros entiende el mundo, es «Notes on Camp», un ensayo sobre el Camp, el que hasta ese entonces era solo relacionado con lo kitsch, y especialmente con una forma de ver el mundo desde lo homosexual. Lo que hizo con ese ensayo fue llevar una sensibilidad que formaba parte de una subcultura a un medio escrito que, por su importancia cultural, lo oficializaba. Más aun, lo hizo alterando las formas de construir un ensayo, ya que en lugar de escribirlo de manera simplemente lineal, lo construyó numerándolo en 58 parágrafos. Al hacer sus “Notas sobre el Camp” lo que Sontag hizo, de forma deliberada, fue introducir el mundo de lo popular al mundo académico. Esto resulta muy importante, dado que hasta ese entonces había un abismo entre lo que se consideraba Alta Cultura y Cultura de Masas.

“Hoy es casi inimaginable cuán radical era esta concepción y el escándalo que provocó el texto en aquella época, en que la distinción entre alta cultura y cultura de masas no solo se trazaba perfectamente, sino que también constituía la base para el modo en que se autodefinían los intelectuales y académicos (…) El ensayo de Sontag es una declaración de guerra a la ignorancia de sus colegas intelectuales. Declaraba con firmeza que ‘el sentimiento (o sensación) provocado por un cuadro de Rauschenberg puede ser similar al de una canción de los Supremes’. Un cuadro de Jasper Johns, una película de Jean-Luc Godard podían ser tan accesibles como la música de Los Beatles, y se podían disfrutar sin condescendencias en tanto complejas y sensuales experiencias de la percepción.” (Página 125)

A Sontag le debemos la valoración cultural que hoy posee, por ejemplo, el cine como forma de representación artística seria, así como la construcción de ciertas formas de ver y entender la fotografía. Con ensayos como “Notas sobre el Camp” fue capaz de echar abajo las abstrusas barreras del academicismo que se encontraba totalmente desligado del ahora, de lo que ocurría en la sociedad, en la calle, y elevó las manifestaciones culturales populares a la categoría de ser dignas de estudio, vistas y valoradas con seriedad. Eso, aunque al final de su vida ella misma se fuera a contradecir, viendo con horror cómo la cultura de masas que ella había luchado por visibilizar y valorar con justeza, se había convertido en otra cosa, ya no como la expresión de una culturalidad diversa, vanguardista e inquieta, sino que como un valor triunfal del capitalismo de consumo, desproveyéndola del sentido que tuvo durante tantos años.

 “Según ella, uno de los motivos era que los valores culturales, la defensa del placer, la sensualidad y la cultura popular habían regresado bajo otro signo, como valores de un triunfante capitalismo del consumo. En aquella época, cuando luchaba con tanta vehemencia por la supresión de las jerarquías entre cultura popular y cultura elitista no podía saber que alguna vez la cultura popular sería la que pondría en cuestión las bases de la alta cultura como tal, que el arte transgresivo que ella propagaba habría de acelerar alguna vez las frívolas transgresiones de la cultura del consumo. La diferencia entre la joven Sontag, agitadora y revolucionaria cultural, y la Sontag ya entrada en años que se da a conocer en estos textos como una defensora y conservadora de la alta cultura, no podrá ser mayor.” (pág. 285)

Apunto brevemente algunas de sus obras más importantes que se repasan con detención en esta biografía: Contra la interpretación (1966), un ensayo que pugna con la crítica de la época, para dejar que el arte valga por sí mismo, ello en contra de cierta crítica establecida que pretendía hacer un reduccionismo de la obra a su sentido, o al sentido interpretado por aquellos mismos críticos. Sobre la fotografía (1977), donde denuncia que la fotografía se ha convertido en la “gramática del ver”, que instruye códigos visuales a la sociedad, y que cree que puede informarnos del mundo, convirtiendo a la realidad en una cultura del consumo, haciendo creer que esta es algo que las personas pueden efectivamente conocer a través de la fotografía, suplantándola. Termina proponiendo una “ecología de las imágenes como una forma de buscar responsabilidad en el quehacer del fotógrafo. La enfermedad como metáfora (1978), por su parte, es un ensayo que inicia bajo su lucha personal contra el cáncer, en una época en que este diagnóstico era una casi segura sentencia de muerte. En lugar de escribir un relato vivencial del tipo autoayuda, construye un alegato en favor del manejo sin disimulos del cáncer. Con ello no solo logró visibilizar la enfermedad sino que además quitó todo lo que hasta la época había de mito en ella, toda la vergüenza que todavía significaba y que incluso hasta el día de hoy tiene remanentes en el lenguaje de la enfermedad. Esta obra se convirtió en su época en un referente para pacientes de cáncer y de médicos en todo el mundo.

Dejo afuera, por la extensión de esta reseña, toda su obra ficcional, que le valió innumerables reconocimientos en vida, así como su vida política, que por sí misma valdría para hacer una biografía. Y es que es imposible abarcar en un par de párrafos la vida de una persona, de una intelectual cabal que se interesó por la humanidad en sus manifestaciones más diversas, una persona llena de complejidades e incluso de contradicciones, y que hasta el último de sus días se estableció de forma nada condescendiente como una crítica del mundo.

Esta biografía fue publicada por primera vez el año 2007 en Alemania, apenas tres años luego de su muerte, y ahora por fin es traducida al español. Su autor, Daniel Schreiber, hace un repaso de la vida de Susan Sontag de forma más o menos cronológica, sin enredarse en los pormenores de lo domestico, ni inmiscuirse en los líos de sabanas —que también los hubo, por montones— más allá de lo que ellos repercutieron en su vida pública, en particular en sus maneras de construir su pensamiento artístico y político: Sontag como una de las últimas grandes intelectuales que ha tenido la humanidad, tal vez la última. Y no podría ser de otra manera. Difícilmente hubo temas culturales que se hayan escapado de su interés, estudio y difusión.

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