Contarlo todo: Una lectura sobre las primeras entregas de “Mi lucha” de Karl Ove Knausgård

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 Contarlo todo

Por Pablo Cabaña Vargas

Noruega es uno de los países con mejores índices de calidad de vida. En todos los rankings que miden el grado de bienestar y felicidad de una sociedad, ese país aparece en los primeros lugares. Además, Noruega es una de las naciones con mejores índices de lectura y, con apenas 5 millones de habitantes, puede vanagloriarse por tener tres premios Nobel de literatura: Bjørnstjerne Bjørnson, Sigrid Undset y Knut Hamsun.

De ese territorio y tradición surgió el fenómeno literario y editorial de este último año y medio, el escritor súper ventas Karl Ove Knausgård, cuyos lectores alrededor del mundo se pueden contar en millones, ya que ha sido traducido a más de 22 idiomas, convirtiéndose en una verdadera celebridad, tanto así que en la biblioteca pública de Nueva York miles de lectores esperaron horas para presenciar una entrevista que le hizo el escritor norteamericano Jeffrey Eugenides.

¿Quién es, entonces, Karl Ove Knausgård? Hasta hace poco, un escritor de relativo éxito en su país, que hasta el año 2009 había publicado solo dos novelas, hasta que un día decidió abandonar la ficción y contarlo todo para emprender la tarea de crear una saga autobiográfica que culminó con seis tomos, de más de quinientas páginas cada uno, denominada Mi Lucha, dando cuenta de distintas etapas de su corta vida de apenas cuarenta y siete años, y de los cuales se encuentran disponibles en español los cuatro primeros volúmenes.

Este proyecto, a primera vista ambicioso y cargado de megalomanía, fue abordado con las vísceras, sin excesivas preocupaciones por las formas literarias tradicionales ni los pudores propios de un autorretrato —incluso el autor no se toma la molestia de modificar los nombres de sus cercanos, ya sean sus hijos, esposas, padres o amigos—, con una naturalidad pasmosa y una valentía que roza la temeridad.

La primera parte de la saga se denomina La muerte del padre, y como su nombre lo indica, trata con detalle los aspectos más visibles y prosaicos del deceso de su progenitor, como el viaje con su hermano para contratar los servicios de una funeraria, la limpieza casi catártica de la casa en que murió su padre, rodeado de botellas, inmundicia e indignidad, y la noble y a la vez sórdida tarea de mantener prudentemente alcoholizada a su abuela para evitar su desesperación producto de la abstinencia, acentuada por la muerte de su hijo y un alzheimer galopante.

El relato de esas anécdotas, vinculadas al fin de una vida y su morbosa cotidianeidad, sirve como excusa para que el autor evoque con nostalgia recuerdos y reflexiones acerca de sus primeros años de formación escolar, su iniciación en la música y la literatura, la separación de sus padres, sus primeros amores y el descubrimiento de la sexualidad, logrando transmitir la intensidad y fragilidad de esa etapa en que todo parece ser importante.

En el segundo tomo, Un hombre enamorado, Knausgård narra sus vivencias como un hombre recién divorciado que decide radicarse en Estocolmo, momento en que conoce a Linda, su actual mujer, y que vuelve a escribir después de una larga sequía, que se convierte en padre de tres hijos, época vertiginosa que lo lleva a expresar con amargura y realismo que, mientras debe cuidar a su primera hija, prepararle la leche y sacarla a pasear, está perdiendo tiempo valioso para leer y escribir, actividades que le dan valor y sentido a su vida, en términos equivalentes a su labor de padre, insinuación de por sí provocadora y de algún modo difícil de aceptar de buenas a primeras para cualquier lector.

La crónica de estas anécdotas y rutinas, que parecen triviales y en las que todos nos podemos reconocer, son expuestas con una honestidad brutal y sin concesiones, logrando traspasar al lector los estados de ánimo que en cada ocasión invadieron al autor, lo que genera adicción por seguir averiguando qué viene y en que otra circunstancia vital podríamos reconocernos, sabiendo que aceptar en público que se está de acuerdo con algunas de las afirmaciones del autor, equivale, sobre todo en nuestra cultura aún provinciana e hipócrita, a obtener el repudio de las almas sensibles que nos rodean.

De esta forma, el autor alcanza un objetivo tan esquivo como deseado: identificarse por completo con su obra, a la manera en que lo hizo el novelista francés Gustave Flaubert, quien afirmó: “Madame Bovary soy yo”. Pues bien, en este caso, Knausgård nos dice aquí estoy yo, sin protecciones ni mecanismos de defensa, volcando completamente sus reflexiones y pensamientos, y dando rienda suelta a sus frustraciones, alegrías, temores y rabias, extrayendo arte de la cotidianeidad, ya sea emprendiéndolas contra el afán desmedido por inculcar el hábito de la comida sana en los niños, llegando a omitir dulces en un cumpleaños; o narrando con detalle las discusiones con sus cercanos respecto a las bondades del parto natural en relación con la cesárea, o las dificultades para lidiar con una vecina inmigrante, alcohólica y bulliciosa.

Además, este autorretrato radical permite conocer el lado B o la otra historia de esos verdaderos paraísos terrenales en que parecen vivir los nórdicos, como lo demuestra el que su mismo padre, un profesor de carácter sobrio y poco afable, terminara sus días en un estado de alcoholismo y abandono tan brutal como inesperado, o que el mismo autor, durante su juventud, mostrara una peligrosa tendencia hacia los excesos y la autodestrucción, complejidades y meandros inquietantes que, sumados a una peligrosa promiscuidad y sordidez intramuros, rondan a esos modelos de sociedad que Knausgård desmenuza con ironía y precisión.

En la actualidad, en que el concepto de honestidad y autenticidad queda reducido a lo que se exterioriza a través de las redes sociales o una selfie, la empresa de Knausgård parece aún más valiosa, pues si bien es innegable que detrás de ella hay una alta dosis de vanidad y exhibicionismo, en ningún momento de su narración decae su afán desmedido por ser verosímil y crudo, sin adornar la realidad, maquillarla u omitirla para salir del paso o mostrar una imagen sesgada, ya que su testimonio no tiene el objetivo de enumerar los triunfos de un ganador permanente o exhibir las derrotas de una víctima de las circunstancias o del entorno, sino que contar la historia de un hombre que, más allá del lugar en que le correspondió nacer o la vocación que eligió desarrollar, ha experimentado todas las vivencias en que podemos reconocernos como humanos, demasiado humanos: ser hijos, buscar la identidad, iniciarse en el descubrimiento del arte, la conciencia social y los afectos, enamorarse, fracasar, ver partir seres queridos, criar, luchar contra el tiempo y vivir, que es definitiva lo que hacemos a diario casi sin darnos cuenta.

Cada una de esas anécdotas, y el estilo fluido y sincero hasta los límites del pudor, hicieron expresar a la escritora inglesa Zadie Smith que necesitaba el siguiente tomo de Mi lucha como una dosis de crack, afirmación a la que adhiero plenamente y que aventuro será la sensación que experimentarán los lectores de esta autobiografía, quienes no podrán leer solo un volumen, ya que detrás de esa avidez por avanzar página tras página se esconde uno de los proyectos artísticos más radicales y desgarradores de nuestro tiempo.

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