Glaxo (Hernán Ronsino)

glaxoGlaxo (2014)

Hernán Ronsino (1975)

Editorial Cuneta

ISBN: 9789568947378

92 páginas

 

La literatura argentina, me atrevería a decir, tiene una sólida tradición de narrativa breve. Ahí está, por ejemplo, la hipótesis de Piglia sobre el Nobel que nunca le dieron a Borges: más que la adscripción política del autor, fue su narrativa, que aunque es un pilar esencial de la narrativa latinoamericana del siglo XX, en cuyas no más de quince páginas logró sintetizar lo mejor de la tradición argentina de su época. O el mismo Aira, quien suele citar a autores como Ken Follet y otros bestseller para dar cuenta de que un gran volumen no constituye necesariamente buena literatura. Glaxo, la nouvelle de Hernán Ronsino, se inscribe dentro de esta búsqueda por la economía de recursos para contar una historia que, sin embargo, logra una tensión que va creciendo solapadamente en el desolado paraje de la provincia trasandina.

“Una día dejan de pasar los trenes. Después llega una cuadrilla. Seis o siete hombres bajan de un camión. Usan cascos amarillos. Empiezan a levantar las vías. Yo los miro desde acá. Los miro trabajar. Trabajan hasta las seis. Se van antes de que salgan los obreros de la Glaxo. Dejan unos tachos con fuego, para desviar el tránsito. Cuando ellos se van, yo cierro la peluquería”, dice Vardemann, una de las cuatro voces que van hilando una historia en donde una pequeña traición, un pacto de silencio, son el centro oscuro de la narración. Ronsino, entonces, juega a situar los distintos testimonios en temporalidades específicas (1973, 1984, 1966 y 1959). Junto con eso, el autor aprovecha de situar históricamente el texto a partir del epígrafe de Rodolfo Walsh, que termina siendo el batazo definitivo en donde la nouvelle se cierra.

En este sentido, y salvando las diferencias, es imposible no pensar en Los pichiciegos de Fogwill y ese perfecto manejo de la oralidad, que a contrapelo de la búsqueda de un lenguaje limpio de localismos, le entrega una cadencia especial a la narración. El texto, entonces, parece respirar. Los personajes, por su parte, encuentran en la forma de narrar un sello que los distingue. Cada cual con sus manías, cada cual con sus obsesiones y, en consecuencia, cada cual con su propia forma de contar lo acontecido. Ahí, me parece, hay otro acierto de Ronsino: mientras el lenguaje busca la flexibilidad, la cercanía con el registro coloquial, temáticamente se va abriendo hacia los temas tradicionales, no por eso desechables: “Hay días que me pongo a imaginar de qué manera van a morir los otros. Porque todos vamos a morir de alguna forma. Entonces, sentado en la vereda de casa, en el Club Bermejo o mientras despacho las encomiendas en la estación, me pongo a imaginar la muerte de las personas que veo”. O esta: “No estoy de acuerdo con los que, cuando eligen una forma de morir, prefieren no darse cuenta, o desean que la parca los agarre durmiendo, o que no los haga sufrir, como si la muerte no fuera una consecuencia de la vida que uno eligió vivir. Me gustan esas películas en las que los tipos que van a ser fusilados no muestran ni un pequeño gesto de temor, están plantados frente al pelotón, valientes, y en cambio son los verdugos, los tibios que apuntan y que tratan de esquivar la mirada del que espera”.

Si la modernidad tardía es el momento de la desterritorialización y el tiempo uniforme, el aquí y ahora de la globalización y el Internet; Ronsino, en cambio, elige fijar el territorio y fragmentar el tiempo para construir su narración. Sirviéndose de vidas mínimas, recluidas en lugares donde a veces parece no pasar otra cosa que el viento, Glaxo es una especie de western argentino en donde la barbarie tiene un rostro menos difuso, más organizado y específico. Porque, si hay que situar territorial e históricamente la novela, la política es ineludible. Sin embargo, la estrategia acá apunta hacia la intertextualidad con las narraciones que los conflictos políticos han producido. De ahí la vinculación con Walsh.

Glaxo, en definitiva, narra una historia sencilla, pero no por eso menos cruenta y llena del horror a escala pequeña, mostrando su arbitrariedad, su a veces pasmosa banalidad como parte de la misma perturbadora maquinaria.

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