Los que sobran (Mario Silva)

Los que sobran (2007)

Mario Silva (1955)

Tajamar Editores

ISBN: 978-956-8245-29-0

180 páginas

Creo no equivocarme si digo que el proyecto literario de Mario Silva es uno de los más consistentes que un lector puede presenciar en estos días dentro de nuestra literatura chilena. No obstante, no goza ni siquiera de la escasa popularidad que poseen nuestros escritores más populares. Parto hablando del proyecto de Mario Silva porque para cualquier lector que conozca parte de su obra se dará cuenta que esta sigue una única línea, que responde toda a una misma pretensión artística, que es y ha sido siempre coherente, y que resulta muy improbable una lectura que no signifique atisbar los mismos mundos ya conocidos en sus anteriores publicaciones, y no pensar que el libro que se tiene entre manos es parte de un conjunto mayor.

—Es que la cana no es mala, lo malo es que una cae a ella por penca, porque no supo hacerla. Caer a la cana es un castigo por ser rasca como movido. Mira, todo el mundo se cala al más débil, y los grandes ladrones, los que lavan narcodólares y son dueños de bancos, pasan piola, y hasta se pueden presentar para ser presidentes o presidentas, y salen elegidos, los muy balsas, y nos siguen afilando. ¿Cachai lo que digo con no querer caer en la cana? Tenemos que ser más pillos que el resto.

—No, sí cacho, y a mí no me gustaría caer preso, prefiero que me maten, la dura. (página 161 )

Bajo el título de Los que sobran nos encontramos con dos novelas cortas, El infierno y Felicilandia. En ambas el autor aborda las mismas temáticas con las cuales ha venido martillando desde sus primeras publicaciones: la vida de las personas que viven en los márgenes de la sociedad, lo peor de nosotros, lo peor que nosotros como sociedad provocamos. El infierno cuenta la historia de una quitada de droga, de la vida de un cúmulo de personas que viven del narcotráfico en las poblaciones, con sus formas de relacionarse, las maneras que tienen de establecer vínculos entre ellos y sus difusas escalas de valores, que jamás son cuestionadas por el autor o por su narrador. En Felicilandia, por otro lado, presenciamos la vida de un grupo de jóvenes de una población que pasan sus días tratando de “salvarse”, de vivir tan bien como es posible en su contexto y que maquinan el plan de robar un Mall para así escapar de la inmundicia en la que están insertos.

Ninguna de las historias termina bien, pero eso es algo que sabemos desde el comienzo. Y es que en las historias de Mario Silva no hay buenos ni malos, no hay una lucha de valores en el sentido cristiano de la palabra; hay, por el contrario, humanidad o la carencia absoluta de ella, hay fealdad, desamparo, pobreza y estupidez. Todo está expuesto sin ningún barniz de benevolencia. Desde el lenguaje hasta la escenificación transmiten la cotidianeidad de lo que ocurre en las calles de nuestras poblaciones, su verbosidad, su violencia. Lo que expone Mario Silva no ocurre en una casa Ñuñoína, ni en la soledad de las habitaciones de los hijos de alguien que son primera generación de una familia que asiste a una universidad. No. Estos jóvenes y adultos jamás podrían aspirar a tanto bienestar en sus vidas. Por el contrario, ellos son los que aparecen en la crónica roja de los diarios, con hechos que ocurren bajo nuestras narices, a una micro de distancia, allá dónde acaba el anillo de Américo Vespucio, no tan lejos si lo pensamos, muy muy cerca si somos honestos, aunque les demos la espalda, aunque queramos no ser ellos.

—Todos roban, loco, todos se mueven. Siempre el más grande se come al más chico. Esa onda. (página 132)

Luis Rivano, otro autor emparentado con Mario Silva, dice en la contratapa de Los que sobran que una de las virtudes importantes de autores autodidactas como este es que han aprendido en la calle «algo que es muy difícil de adquirir, y que mucha gente instruida desconoce: la capacidad de sentir piedad». Esto es muy cierto en el caso de Mario Silva, pero lo es de una forma que me parece mucho más importante que aquel adjetivo que Luis Rivano utiliza: «piedad», puesto que, en la obra de Silva esta piedad —por fortuna y virtud suya— jamás se manifiesta como una forma de conmiseración hacia sus personajes, no siente lástima por ellos y diría que nunca los presenta como víctimas; todo ello haría de cualquiera de sus libros un simple ejercicio de moral vacía. Por el contrario, los pone como caracteres humanos, libres de elegir dentro de su precario contexto, aun cuando hay mucho de determinismo en ellos, los arma, los hace empuñar sus propias venganzas y moverse, vivir y morir bajo sus códigos, al punto que haría artificiosa una lectura que separase entre buenos y malos, tal como ocurre en las malas novelas. Acá todos tienen necesidades no cubiertas que intentan con sus escasos medios satisfacer. Todos intentan subsistir, sacar la cabeza del lodazal o ni siquiera eso, muchas veces su ideal es convertirse en el rey de ese lodazal. No hay juicio, sino que simplemente una exposición de la que parece restarse cualquier opinión del autor. Es ahí donde estos libros que fácilmente podrían fallar logran subsistir gracias al trabajo del escritor: personajes que en manos de cualquier otro se transformarían en pura moralidad acá son reos de sus vidas, y en ellos se radican las consecuencias.

Mario Silva, gracias a ello, se vuelve en un exitoso continuador de la tradición de nuestra Literatura de los Bajos Fondos. No es necesario mirar tanto al pasado para encontrarnos con este tipo de literatura. Todavía hay un par de exponentes que bien podemos valorar. Mario Silva perfectamente merece encabezar esa lista, aun cuando no goce de la atención que un proyecto de esta envergadura debería tener.

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1 Comentario

  • Claudio Quiroz Cabello dijo:

    Excelente trabajo Mario.
    Sin duda es tu estilo propio, muy potente y donde se describe una realidad que afecta a muchas personas en Chile. Felicitaciones Mario !

     

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