Obituario (Andrés Gallardo)

Obituario-andres gallardo2Obituario (2015)

Andrés Gallardo (1941)

Overol

ISBN: 978-956-9667-04-6

124 páginas

 

En un libro que es, a estas alturas, un clásico de la poesía contemporánea –Antología de Spoon River, recientemente traducida por Rodrigo Olavarría para Das Kapital–, Edgar Lee Masters se apodera de las voces de los muertos de diverso cuño que malgastaron sus últimos días en el poblado rural de Spoon River, en una Norteamérica todavía rural, faulkneriana, por decirlo de alguna forma. El tópico, como el mismo Olavarría anota en el prólogo de su traducción, ha servido de motivo para otras obras, que en el caso de nuestro país tiene entre sus exponentes a Leonardo Sanhueza con Colonos y a Christian Formoso con El cementerio más hermoso de Chile, por nombrar algunos. Obituario de Andrés Gallardo, que originalmente fue publicado en México por Fondo de Cultura Económica en 1989, transita por ese árido territorio en donde la muerte se nos aparece ya no solo como un acontecimiento trágico, sino más bien como el momento para recapitular los avatares y sinsabores de toda una vida. En este caso, el autor aprovecha la oportunidad para, en un gesto algo parriano, ir trasuntando un sinnúmero de decesos en las más variadas y pintorescas situaciones.

“En Chile hay numerosos Carlos González Vargas. Algunos se han ido muriendo y en todo caso absolutamente todos se van a morir, lo que no es óbice para que vayan a seguir naciendo nuevos Carlos González Vargas”, leemos en uno de los primeros textos. El volumen, que a lo largo de poco más de un centenar de páginas va entregando pequeños fragmentos, microficciones que parodian el tono solemne del obituario, está lleno de ironía, parodia y paradojas en donde la sombra de la muerte se asoma por todos los rincones de forma astuta o incluso obstinada, como si solapadamente quisiera ser el convidado de piedra que se cola de improviso en la fotografía familiar. Frente a eso, la marcha de finados y difuntos que Gallardo va recordando elabora sus propias estrategias para dejar un mensaje póstumo: “Don H.P., ya resignado, pidió lápiz y papel, pero al ver que la mano le tiritaba demasiado le dijo a doña Lisa ‘Luchita, anote usted’. Doña Luisa anotó: Las tres cosas que más me han gustado: / uno, hacerle el amor a la Luchita, / dos, que la Luchita me haga el amor, / y tres, hacer el amor con la Luchita. Doña Luisa no sabía si ponerse a llorar o seguir sonriendo”; o: “Pasaditos los setenta años, el coronel (R) don José Couchot del Campo empezó a sentir unos dolores difusos y dijo: ‘no quiero morirme, que conste’. Para que quedara constancia oficial, don José fue a la notaría y dejó declaración jurada de su terminante negativa a morirse. Meses más tarde, don José todavía alcanzó a decir: ‘que conste que muero contra mi voluntad’, antes de callar para siempre”.

Caso aparte son los nombres y topónimos que el autor convoca en esta pequeña enciclopedia fúnebre: Manuel Mena Monsalve, Ismael Pereira Vildósola, Juan de la Cruz Montalva Peragallo, Honorio Jaña Belmar, Medardo Risco, Bartolomé Fica, Gustavo Flaubert Manríquez, Valerio de la Peña Gallardo, Lizardo Barría o Amancio Barría; y los lugares, tan extraños como perdidos en la delgada geografía patria: Putaendo, Quirihue, Cobquecura, Doñihue, Portezuelo o Tomé. El autor pareciera querer armar su propia constelación de lugares no-narrados. La provincia, en este caso, como un montón de lápidas esparcidas de manera más o menos arbitrarias a lo largo y ancho del territorio.

Si la representación social que la muerte posee en la sociedad contemporánea ha mutado desde un ritual de orden más colectivo –véase, por ejemplo, una escena clásica del cine chileno como lo es el funeral del angelito en Largo viaje (1967) de Patricio Kaulen–, hacia una higienización, pulcritud e impostada seriedad en torno al fenómeno, quitándole esa vertiente carnavalesca de antaño, Obituario de Andrés Gallardo recupera ese ánimo menos grave, aunque no por eso menos profundo en torno al destino irrevocable del ser humano, emparentándose quizá con Nicanor Parra, Raúl Ruiz y Alfonso Alcalde, otros que han sabido sondear el abismo a carcajadas.

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