Sergio Chejfec: “Mis relatos buscan mostrar situaciones más que contar historias”

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Este año fue el debut de la Editorial Kindberg de Valparaíso. Y el libro que eligieron como primera piedra fue Mis dos mundos, de Sergio Chejfec (Buenos Aires, 1956), quien además es poeta y autor de otras novelas como Baroni: Un viaje y La experiencia dramática, novelas cuyos personajes se caracterizan por su deambular y por su modo de reflexionar. Aquí Chejfec nos habló sobre Mis dos mundos, sobre su lugar en la tradición literaria de los caminantes o viajeros y sobre sus lecturas y procesos de escritura.

1.- En el prólogo a Mis dos mundos, Enrique Vila-Matas se refiere a cierto latinoamericanismo en tu propuesta. ¿Coincides? ¿Ves en esa novela algo distinto a la tradición de viajeros europeos o europeístas?

Entiendo lo que se quiere decir, pero no sé si asignarle una definición geográfica. Diría que este narrador pertenece a una tradición de viajeros –o caminantes— poco entusiasta: con una relación con el paisaje menos automática, sobre todo menos psicológica. Reacciona distinto ante los estímulos y lo que observa, encuentra en ellos significados distintos. Es notorio cómo el caminante se ha convertido en un clisé, en general se lo representa de un modo amable, moderno, incluso global. Esa versión es residuo de la anciana figura del flâneur, cuando desde hace tiempo la misma ciudad como artefacto social acabó con las condiciones que permitieron su presencia como ícono cultural.

2.- En la misma línea, un aspecto interesante de Mis dos mundos es que trabajas con una suerte de reverso de la historia, o una historia de lo mínimo. “En el sur de Brasil todo me empujaba al pasado, pero un pasado precerebral”. ¿Nos explicas ese concepto de pasado?

Supongo que se hace alusión a una noción de pasado no elaborado por los recuerdos ni por la idea de historia. Un sentimiento de pasado más que un reconocimiento de claves. Por eso lo de precerebral, algo de tipo no intelectual. Pero con esto no me refiero a la prehistoria o a un tiempo virginal. Más bien a lo siguiente: en ocasiones, en especial en nuestros países (acaso en el Tercer Mundo en general), uno se encuentra con una mezcla bastante espontánea de tiempos y experiencias sociales heterogéneas. Es un paisaje que se instala, a primera vista, fuera de la historia; porque son las premisas del mismo saber histórico las que parecen insuficientes para dar cuenta de ello.

3.- Un recurso interesante que se aprecia en tus textos es una especie de puesta en escena bastante teatral o performática. ¿De qué forma te interesa lo teatral?

Lo teatral me gusta y lo encuentro esencial. Mis relatos buscan sobre todo mostrar situaciones más que contar historias. Supongo que toda narrativa cuenta historias, pero con distintos acentos y estrategias. Me gusta subrayar el carácter indirecto de lo que ocurre en mis libros, como para que el lector advierta que está leyendo una versión de los hechos, y no los hechos propiamente dichos. A veces las cosas son más reales cuando explícitamente se exhiben como representaciones más que como “reales”.

4.- Dentro de esta especie de tradición en torno a la literatura de caminantes y viajeros, ¿has descubierto nuevos escritores que la revitalicen tal como tú lo has hecho?

No sé si la palabra es revitalizar. Sobre todo se trata de no obedecer el lugar común. Me gusta pensar en términos de deambulación más que de caminata o viaje, porque grafica mejor una idea de recorrido, de ida y vuelta, en varias dimensiones, no solo físicas. Por ejemplo, entre pasados y presentes, entre lo cercano y lo desconocido, entre lo público y lo inconfesable. En este sentido Juan Cárdenas, colombiano, trastorna muchos de los presupuestos afables levantados alrededor del caminador. Los traslados en sus libros (Zumbido, o Los estratos, por ejemplo) son viajes a distintos tiempos y “estados”, propone cambios elípticos en el tiempo y el espacio, que terminan siendo también políticos.

5.- ¿Qué estás leyendo ahora?

Estoy leyendo Aquellos años del boom, un libro increíble de Xavi Ayén. Una condensación en más de ochocientas páginas de lo ocurrido alrededor del denominado boom de la literatura latinoamericana. No se propone como un libro de crítica o de intervención. Es una investigación periodística centrada en el protagonismo de Barcelona como epicentro de esa movida. Y es muy instructivo desde varios puntos de vista, porque describe estrategias literarias y personales, pequeñas y grandes miserias, trayectorias con sus cimas y debacles.

6.- ¿Podrías hablarnos sobre una banda, una película u otra obra (que no sea un libro) que haya tenido un impacto decisivo en lo que escribes?

Una cosa importante fue conocer los dibujos animados de William Kentridge, sudafricano. Después él se alejó de esas cosas. Como menciono en Mis dos mundos, esas animaciones me llevaron a querer organizar la novela de un modo similar. Son obras que relatan una historia, pero al mismo tiempo muestran su propia construcción como artificio. Y creo que estas animaciones me impactaron de un modo tan fuerte porque me hicieron ver, en otro lenguaje, que me movía según convicciones similares. Al ver procedimientos semejantes en otro lenguaje, me sentí íntimamente convalidado.

7.- Una breve descripción de tus jornadas de escritura y lectura.

No podría describirlo porque soy bastante desordenado. Leo y escribo varias cosas a la vez. Soy víctima de la cultura de la interrupción, como pasa hoy con casi todos. Me refiero a la interrupción derivada de Internet, el correo electrónico y las redes sociales. La interrupción se ha convertido en una sintaxis de trabajo. Por eso renuncié a enfrentarme a ella blandiendo una concentración imposible. Al contrario, me pliego a lo inevitable haciendo varias cosas al mismo tiempo.

8.- Parece haber cierto consenso en torno a ciertas obras decisivas en la formación literaria en general (los clásicos de siempre: Cervantes, Homero, Borges, etc.): ¿podrías nombrar cinco títulos que no entren en esta categoría que hayan sido fundamentales para ti?

Nunca entendí a los escritores que mencionan a autores clásicos como decisivos o precursores. Tampoco creo que se me haya acabado el tiempo de absorción de “cosas fundamentales”. Me gusta la poesía por momentos escénica de Mercedes Roffé; ha sido importante para mí la prosa historiográfica de Tulio Halperín Donghi; sigo conmoviéndome con El día más blanco, de Raúl Zurita, una de las mejores autobiografías latinoamericanas, misteriosamente desapercibida; la escritura tan austera, tan alejada de la mía, pero absolutamente tan plástica, de Antonio Di Benedetto; la fe literaria de Juan José Saer.

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