Columna: Sin sustancia. Novelas, pop y publicidad

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Desde los noventas hasta hoy he percibido por estos lados una valorización exagerada de lo pop, un interés malsano por algo que en la mayoría de los casos no pasa de ser una suerte de decoración. “No sufro de arribismo intelectual. No le temo a la cultura pop”, declaró en una entrevista hace poco un escritor chileno. ¿Temor?, me pregunto al buscar en Google su respuesta para cortarla y copiarla aquí. ¿Es lo pop algo temible y es a la vez una cultura? Lo segundo parece más probable que lo primero. Sin duda tiene mucho de cultura, y quizá va en camino a convertirse en una. Quizá hasta sea un mundo aparte, no lo sé. En la música, sobre todo en sus videoclips, y en las artes visuales, cuya digestión puede ser a veces demasiado rápida, queda claro cuando algo es pop. Al mirar el VH1, el canal televisivo que más se ha valido —y lo ha hecho bien— de ese concepto, no hay confusión posible. Distinto es cuando se trata una narración: allí los límites de lo pop se vuelven difusos.

Hoy el referente de este asunto en la literatura sigue siendo Foster Wallace. De él hay una anécdota suya que atesoran sus fans, cuya veracidad ignoro. Un profesor o alguien que ante él representaba una supuesta autoridad le preguntó por las tantas menciones a publicidad en sus escritos, las cuales lo irritaban. Y Foster Wallace le respondió que es una forma actual de realismo, que vivimos rodeados de todo eso, que es como cuando un poema antiguo hacía referencia a la naturaleza.

Estoy citando mal la anécdota, y no recuerdo la fuente, pero lo que vale es que el autor de La broma infinita sostiene que la publicidad ya es parte inevitable de nuestro ecosistema, que constantemente nos acecha, ya que para eso se hizo, para crearnos ansiedades y necesidades por defecto.

“Dicen que los pueblos no se hacen solos, se dejan moldear por el trajín de la publicidad”, dice, en una línea similar, un poema de Elvira Hernández.

Parecería que al referirme a la publicidad me salí del tema de lo pop. No es tan así. En el fondo, hablamos, tal como se refiere Foster Wallace, a un aspecto de nuestra realidad que ciertamente ya no se puede obviar. Pero también es cierto que ya no se puede sobredimensionar. Eso ya lo hicieron otros y ahora queda como un chiste viejo, difícil de renovar.

Otro caso similar, Rodrigo Fresán, el novelista argentino que como Foster Wallace suele ser tachado de pop, ha dicho respecto a esa etiqueta: “Para mí no significa nada. Ya Borges o Jane Austen eran pop. No hay mucha diferencia entre narrar al detalle una determinada danza de época y contar lo que sucede en un concierto de rock. La literatura siempre fue pop en el sentido de que su importancia social residía en dar respuesta a lo que ocurría popularmente a su alrededor”.

Supuestamente, en un mundo globalizado, lo pop debería darse de manera similar en todos lados, pero aún no es así. Hasta ahora, de la literatura chilena, solo veo a un autor que ha sabido usar con inteligencia estos ingredientes de pop, Álvaro Bisama. A diferencia de los otros, Bisama no hurga el pop en sí, ni en sus artistas ni sus fans, hurga más bien en sus restos, en sus residuos. Lo ve con la distancia que corresponde a un país en que hace poco, veinte y algo años, no se recibían figuras verdaderamente famosas o relevantes en ese ámbito. Suele recurrir a una triquiñuela, que se percibe sobre todo en su novela Ruido: nunca, que yo recuerde, Bisama narra directamente a un ícono pop, no lo hace personaje, no le da su nombre original, sino que prefiere, en cierto modo, parodiarlo, reversionarlo. Y digo en cierto modo porque suele haber cariño en sus retratados, Matta, Lihn, Allende. Los alude, elaborando una duplicidad de la cual debe encargarse el lector, ahora convertido en cómplice. Ese mismo modo de operar, pareciera, está manifiesto en los títulos de sus novelas (Caja negra, Estrellas muertas, Ruido y últimamente Taxidermia), que sugieren que el hecho original, el detonador de lo que viven sus personajes está muy, muy lejano.

Las vidas de esas figuras que podemos llamar pop —sus hagiografías, debería decir— son en Bisama una fuente para elaborar otras historias. Tanto en él como Foster Wallace la gracia no radica en el brillo supuesto de las estrellas, sino precisamente en que trata al asunto como si fuera uno corriente, sin furor de fan, y si llega a tener una suerte de furor de fan, se las arregla para distanciarse de lo que ese tráfago tiene de —no lo puedo llamar de otro modo— degenerado, porque en el fondo apunta a un consumo sin freno, idiotizado y folclórico.

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