Cecilia Pavón: “Una editorial independiente es una forma de crítica literaria más potente que la de los diarios”

Cecilia Pavón

 

La Editorial Overol acaba de publicar Pequeño recuento sobre mis faltas en Chile, conjunto de relatos que colocan la mirada sobre pequeños acontecimientos cotidianos: un taller literario, la reunión con artistas alemanes y sus pomposidades, la forma de las nubes. Poeta, traductora y artista visual, Cecilia Pavón (Mendoza, 1973) ha desarrollado una obra poética en donde la intimidad, los pequeños acontecimientos, pero también lo pop y aquello que la autora denomina como la “subcultura”, son objetos que despiertan la intuición por escribir. Ha publicado Un hotel con mi nombre (Mansalva) y Los sueños no tienen copyright (Blatt & Ríos).

En el relato “Do it yourself” hablas un poco sobre los talleres literarios como un lugar de intercambio, de espacio donde además de ir a aprender se va a contar historias. Incluso en un momento podemos leer “supuestamente ellos nos pagan para que les digamos cosas sobre lo que escriben, pero en realidad, si fuera rica, les pagaría yo a ellos para escucharlos”. Cuéntanos un poco sobre tu experiencia con los talleres y la relevancia que crees que tienen en la formación de un escritor.

Yo fui al taller de Arturo Carrera cuando tenía veinte años y recién empezaba a escribir y me sirvió mucho, no sé si en términos de “formación” sino de experiencia de vida. A todos los que vienen a mi taller en realidad les digo que no les puedo enseñar a escribir sino que se trata solo de un espacio para experimentar y compartir, también es una especie de terapia donde hablamos de nuestra vida sentimental, o de política y de cómo todo se relaciona con la poesía. No sé, no tengo muy claro el método que uso ni nada, creo en lo espontáneo y en la improvisación y en transmitir autores, creo que después todo se da solo.

“No hay ningún lugar en el que uno esté más solo que cuando escribe”, anotas también por ahí, ¿Tienes alguna rutina para escribir? ¿Hay algún lugar ideal donde te sientas más cómoda?

No, no tengo ninguna rutina, de hecho escribo repoco, espero, espero, espero, hasta que siento que alguna idea adquiere la suficiente intensidad y después la escribo toda de corrido, sea donde sea. Por eso mis cuentos son breves, creo en la concentración.

Los relatos de Pequeño recuento sobre mis faltas están narrados desde una voz que a ratos parecen más bien pequeñas crónicas de la vida cotidiana. ¿Cómo trabajas otros géneros que no sean la poesía?

En los cuentos me siento como un personaje de una obra de teatro que exagera en todo y a la vez trata de decir la verdad… porque la literatura para mí siempre es en un punto exageración, un acto de deformación de la realidad. En los cuentos trato de buscar un concepto y desarrollar todo en torno a eso, no creo en contar algo o en el verosímil o en la psicología del personaje, los cuentos que me gustan son más bien los que tienen una idea, como los de Borges.

Los comentarios en torno a tu poesía suelen coincidir en torno a una cierta poética de lo sencillo. Y en uno de los relatos escribes algo que me parece muy decidor al respecto: “Quizá Gustav tenía razón y el arte tiene que ser algo grande como un concierto de Schubert junto a un peñasco y no un recuento agramatical, más o menos irónico, sobre la pequeñez de la experiencia”. ¿Podrías hablarnos un poco de esto?

Ese cuento habla de la lucha entre distintos paradigmas del arte, el que sostiene ese chico alemán, basado en la música clásica y otro, más americano diría yo, basado en la experiencia cotidiana. Obviamente esa afirmación es irónica, bueno, todo ese cuento es irónico, fui a un festival de poesía en Alemania y la gente me pareció solemne y grandilocuente, gente joven que se había olvidado de la subcultura y el rock y hablaba de Schubert… y pensé: “Este continente está mal”.

En una entrevista hablas de tu interés por fundir la poesía con lo que llamas “la subcultura”, y en algunos de tus poemas hay ciertos guiños al mundo de los bares, las discotecas y la música pop, ¿crees que es un sello de tu poesía?

Sí, siempre me gustó el rock y los primeros poemas que escuché eran canciones de Charly García, Virus, Soda Stereo, cuando tenía diez u once años. A los doce me acuerdo que escuchaba todo el día sin parar un disco de Charly García, Piano Bar, estaba fascinada, creo que había más poesía ahí que en muchos poetas. Es una cosa generacional, me parece.

 

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¿Cómo ha sido la recepción crítica de tus libros? ¿Cómo es, desde tu perspectiva, el panorama de la crítica literaria en Argentina?

Ni idea la verdad. Estoy muy cerca de la Editorial Mansalva y lo que ellos promocionan y publican. Es una editorial muy particular que hace las cosas a su manera, de una forma que no las hace nadie, diría yo. Para mí una editorial independiente es una forma de crítica literaria más potente que la de los diarios, por ejemplo.

Además de tu trabajo poético te dedicas a la traducción. ¿Cómo abordas los textos al momento de traducir? ¿Cuáles son tus criterios?

El criterio de cualquier traductor es que suene bien y que sea exacto. No hay mucho misterio en la traducción, creo, es una cuestión que lleva muchas horas y se paga muy poco.

Una banda, una película u otra obra (que no sea un libro) que haya tenido un impacto en lo que escribes.

No podría decir la verdad.

¿Qué estás leyendo ahora?

Acabo de terminar Estamos unidas de Marina Mariasch, un libro que me gustó mucho.

Parece haber cierto consenso en torno a ciertas obras decisivas en la formación literaria (los clásicos de siempre: Cervantes, Homero, Borges, etc.): ¿podrías nombrar algunos títulos que no entren en esta categoría y que hayan sido fundamentales para ti?

Los cuentos de Silvina Ocampo, las novelas de César Aira, los poemas de Marosa di Giorgio.

¿Algunos escritores chilenos cuyas obras te llamen la atención?

Me encanta Gabriela Mistral, siempre la leía de más joven y me influyó mucho. 

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