Paulina Flores: “La visión que pueda entregar un escritor joven sobre sus experiencias es muy rica”

Paulina Flores
Fotografía gentileza de Bruno Córdova

Paulina Flores (1988) acaba de publicar su primer libro de cuentos, titulado Qué vergüenza, un excelente volumen que le ha dado cierta notoriedad por su recepción entre los lectores. Estudió Literatura y en el año 2014 ganó el Premio Roberto Bolaño por el relato que da nombre al libro. Acá nos cuenta de sus lecturas, de cómo enfrenta los temas que giran en torno a sus cuentos y también, de refilón pero no por eso menos importante, de algunas series de televisión.

Una banda, una película u otra obra (que no sea un libro) que haya tenido un impacto decisivo en lo que escribes. 

No sé si un impacto decisivo, pero sí ha habido bandas, películas y figuras inspiradoras. Jorge González y Morrissey son claves para mí en tanto me demostraron que no era necesario ser de clase alta o de familia intelectual para hacer creaciones geniales. Noel Gallagher está en esa misma línea. Por otra parte, haber visto las primeras películas del director coreano Kim Ki-duk, fue también muy motivante para decidirme a publicar. Cocodrilo o Animales salvajes no se comparan a las excepcionales Hierro 3 o Aliento, lo que hizo que me diera cuenta de que todo autor debía tener un primer ensayo, una primera película, un primer libro, es decir, que era importantísimo dar ese primer paso, atreverse, tirarse y saber que el camino es largo para llegar a algo bueno. Puede parecer  muy obvio, pero de verdad que a veces sentía que nunca iba a estar preparada para publicar, y fue importante comprender que lo primero que tenía que hacer era salir del punto de partida en la carrera para luego seguir avanzando y creando y equivocándote y aprendiendo y trabajar.

¿Qué piensas de la categoría “escritor joven”?

Para mí es una categoría problemática. Durante mucho tiempo desconfiaba de los escritores jóvenes, y me cargaba que en las portadas de Anagrama pusieran la foto de un veinteañero cuando más abajo leías que había escrito sus mejores libros a los cincuenta. Yo creo que escribir narrativa tiene que ver con transmitir experiencias, y en ese sentido pensaba que para tener experiencias había que vivir mucho. Dostoievski o Tolstói parecen venir de vuelta con esas medias barbas con que los retratan. Sin embargo, con el tiempo he comprendido que la visión que pueda entregar  un escritor joven sobre sus experiencias también es muy rica, y hay millones de ejemplos en la historia de la literatura.

Qué vergüenza es tu primera publicación. ¿Qué hubo antes de ella, literariamente hablando? ¿Participaste en talleres literarios, concursos, etc.?

En principio, estudié Literatura, y llenarme de conocimientos e incluso de teoría fue más que una ayuda. También participé en varios talleres literarios, entre ellos uno de Luis López-Aliaga y otro de Alejandro Zambra. Durante un tiempo, sobre todo por la necesidad de plata para tener tiempo de escribir, participé en todos los fondos y concursos que existían, pero dejé de hacerlo porque me frustraba mucho no ganar nada. Luego comprendí que los concursos eran solo eso: concursos,  y que la suerte estaba por sobre cualquier otro valor. Ahí volví a concursar, y justo cuando le quité la importancia, dio la casualidad que me gané el Bolaño en cuento.

En casi todos los cuentos de Qué vergüenza hay niños con un peso relevante en la narración;  son el personaje principal o al menos uno de los motores importantes de la historia. ¿Qué pulsión es la que te lleva a centrar tan marcadamente tus relatos en la infancia? ¿Fue algo consciente? ¿De qué te proveen los niños, como elemento narrativo, que adolecen los adultos?

Mientras escribía fue bastante inconsciente, ahora con las preguntas sobre el libro he tenido que reflexionar y concientizarlo más. Para mí, como decía antes, es muy importante transmitir una experiencia en los relatos. Creo que para narrar bien una historia es necesario tomar cierta distancia, ya sea temporal, emocional, etc. Por ejemplo, las mejores novelas sobre la Segunda Guerra Mundial se escribieron hace unas pocas décadas, mucho tiempo después de vivir el horror y sus consecuencias, lo mismo ha ocurrido con las novelas de la dictadura en Chile. El estar lejos de los hechos permite verlos mejor (como decía Aristóteles, no puedes apreciar bien un elefante estando al lado), permite entender y reflexionar sobre estos mismos de manera más compleja.  Por eso creo que  la infancia y la adolescencia afloran en mis relatos con más confianza, porque es la etapa que mejor conozco y de la que más distante me encuentro para pensarla con perspectiva. Por otro lado, la infancia y la adolescencia me parece etapas muy ricas en términos de historias, porque los procesos formativos parecen mucho más simbólicos: cuando uno es chico tiene la sensación de que la acción más pequeña es trascendental y definitiva (mentirle a los padres, pelearse con una amiga, etc.),  cosas que cuando se es adulto ya no importan tanto. Por último, y sobre todo, decir que en la mayoría de los cuentos los narradores no son los mismos niños o adultos: o están narrados en tercera, o son adultos recordando alguna historia, es decir, los personajes hablan de sí mismos, de su presente, a partir de su pasado: se piensan, buscan y rebuscan, y en ese contraste afloran sus dichas y en mayor medida, sus dudas, dolores y frustraciones actuales. Pero no se trata de pura nostalgia estética, quizás los personajes no tengan fe en el presente, pero sí que la tienen en el pasado (porque es entonces, quizás, cuando más creían), y para mí eso significa esperanza, aunque la rodee la melancolía, y es por eso mismo, creo, que cuentan sus historias, por eso parece que se aferran a ellas y por lo mismo las narro yo.

El narrador de “Talcahuano” dice en el momento en que ve a su madre marcharse: “Otra vez parecía muy joven”. Esa sensación se queda en el lector respecto de la mayoría de los padres de los relatos: que tal vez son muy jóvenes, muy inexpertos, demasiado torpes como para asumir la tarea que les ha tocado, que no estaban listos, que siempre encuentran la forma de fracasar, de separarse, de abandonar a sus hijos. ¿Qué es lo que te interesa de esa relación filial entre padres e hijos que hace que se vuelva un tema recurrente? ¿Qué hay en aquel fracaso que te resulta tan atractivo como escena a ser relato?

Me interesa la relación padres-hijos porque son las que más conozco y mejor puedo transmitir hasta el momento. Quizás, en unos años más, el foco esté en otra experiencia, desde otro punto de vista, quién sabe. El que sean padres que “parecen demasiado jóvenes” o “inexpertos” tiene que ver con el hecho de que no creo que exista un solo padre en el mundo que se considere experto o 100% listo para serlo. Ser padre o madre es un aspecto más de ser adultos y el que parezcan menos diestros o no es una más del resto de cualidades que poseen en su complejidad. Lo que quiero decir es que no creo que en el libro se apunte con el dedo a “los malos padres” ni a nadie, de hecho, creo que es justo lo contrario, o eso me gustaría al menos, mostrar a los padres, hijos, hermanos, abuelitas, etc. con la mayor cantidad de matices, porque no creo que sean víctimas o victimarios, o de hecho son las dos cosas a la vez. El fracaso también es algo más que está ahí, junto a la ternura, los sueños o el amor. Me resulta atractivo en tanto entrega experiencia, aprendizaje. La sociedad actual sataniza el sufrimiento, la tristeza y el fracaso, pero yo creo que hay que fracasar y fallar una y otra vez, es una especie de principio: fracasar duro. 

¿Cómo ves el estado de la crítica literaria en Chile? ¿Lees crítica literaria?

Creo que en la actualidad la literatura chilena pasa por un muy buen momento: muchos autores, editoriales, críticos, y claro, lo mejor: muchos lectores. En la Primavera del Libro no se podía caminar de tan llena que estaba, era medio fuerte y con unos amigos nos reíamos y agradecíamos que el “hipsterismo” transformara el leer en algo “cool”. Pero fuera de bromas, debe de haber sido un proceso largo y la crítica como un actor más ha hechos sus aportes. Como que ahora los escritores se creen el cuento y los críticos también se lo creen y son figuras igual de importantes. A veces parece todo tan exagerado, como que se va a acabar el mundo después de la última publicación, sobre todo pensando en lo pueblo chico que somos en alguna cosas aún. Pero por otro lado, tras ese “creerse el cuento”,  hay, en muchos casos, trabajo y seriedad. El que haya tantos críticos, en medios tradicionales y en cientos de blog y revistas literarias o culturales, da cuenta, al fin y al cabo, que se está hablando de libros, y eso de ninguna forma puede ser un fenómeno negativo.

¿En qué clase de escritor te rehusarías en convertirte? ¿Hay alguna forma de aproximación a la literatura que veas en nuestro mundo literario que te provoque rechazo?

No sé, creo que no me he fijado en gente que rechazo, tiendo a obsesionarme con los escritores o artistas a los que admiro y no salgo de ahí. No conozco mucho del “mundo literario”, ahora como que estoy empezando a ir a “eventos”, lanzamientos y cosas así… Todavía me es un mundo ajeno y me da un poco de risa. Con una amiga le decimos “ir a farandulear”, aunque no es que me provoque rechazo. Oscar Wilde era como la Vale Roth de la época; iba a un estreno teatral con un  abrigo de terciopelo verde botella y al día siguiente era el “escándalo de la semana”. Le gustaba, aprovechaba todas las oportunidades de autopublicidad, decía que “la primavera no era para encerrarla en un jardín”, y es probable que a muchos debía parecerles insufrible por llamar tanto la atención, pero eso no negaba su genialidad como escritor. Lo que quiero decir es que… supongo que hay que separar las cosas, en definitiva creo que el único escritor en el que rehusaría convertirme es el que se queda dormido en los laureles.

La distribución de los libros ha cambiado: aumentó el influjo de las editoriales llamadas independientes. ¿Qué ves de bueno y malo en este escenario? 

De bueno mucho, sobre todo porque se está confiando en autores nacionales. Como ocurre con la música, las nuevas tecnologías permiten que uno pueda crear su editorial sin grandes recursos, y he conocido verdaderos especie de héroes que sacan de su propio bolsillo para publicar a otros. En ese sentido es un fenómeno muy bonito. Pero por otro lado, últimamente también me he enterado de que existe la otra cara de la moneda. En realidad, no sé tanto del asunto porque solo me he enterado por artículos de Internet y redes sociales, pero al parecer también hay mucho de estafa con respecto a los derechos de autor o eso de que les cobren a los escritores por publicar.

¿Qué estás leyendo ahora?

Solaris de Stanislaw Lem.

Érase una vez una mujer que sedujo al marido de su hermana y él se ahorcó de Liudmila Petrushévskaia

Un momento propicio para el exilio de Marcelo Guajardo.

–  Ensayo de cristal de Anne Carson (que es parte del catálogo de los bellos e impresionantemente económicos libros de Cuarto de Tiza.)

Parece haber consenso en torno a ciertas obras decisivas en la formación literaria (los clásicos de siempre: Cervantes, Homero, Borges, etc.): ¿podrías nombrar cinco títulos que no entren en esta categoría y que hayan sido fundamentales para ti?

Para mí los cuentos de Alice Munro marcan un antes y un después en  mi comprensión de la literatura, pero como se ganó el Nobel, ya no vale nombrarla. Flannery O’Connor pasó piola durante mucho por recluirse en su granja junto a sus pavos, pero los cuentos “Un hombre bueno es difícil de encontrar” o “El negro artificial” son perfectos. El contemporáneo Kazuo Ishiguro me han volado la cabeza en el último tiempo, mientras leí Nunca me abandones pensaba que lo que sentía debía asemejarse a lo que siente un físico leyendo a Einstein. A él lo nomino con tres de los puestos (cualquiera de El artista del mundo flotante, Los restos del día, Cuando fuimos huérfanos). El quinto puesto se lo doy a las series: Mad Men, The Wire, True Detective, ya no es nada nuevo ni controversial decir que ahí están algunos de los mejores escritores de las últimas décadas.

Para bien o para mal nos estamos quedando sin vates, sin figuras totémicas como lo fueron Lemebel, Bolaño, Millán, etc. ¿A quiénes te imaginas encumbrados en esa posición? 

Los únicos vates que cacho son los de béisbol.

Un video de YouTube que hayas visto últimamente.

Pegadísima, nuevamente, con el señor West.

 

¿Te gustó este artículo?
Tags from the story
,
Written By
More from G. Soto A.

Grandes cuentos chilenos del siglo XX (Camilo Marks)

Grandes cuentos chilenos del siglo XX Camilo Marks -Compilador-
Read More

1 Comment

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *