El Dios Salvaje. Ensayo sobre el suicidio (Al Álvarez)

el-dios-salvaje-400El Dios Salvaje. Ensayo sobre el suicidio (1971)

Al Álvarez (1929)

Hueders 

ISBN: 978-956-8935-36-8

365 páginas

 

Tafiuri, citado por Gorelik, decía que la tarea de la crítica es poner al creador en un cuarto sin piezas ni ventanas, para luego llenarlo de agua hasta ahogarlo. No para llevarlo a la desesperación como para que este descubra que no hay ni pieza ni agua y deba así buscar un nuevo espacio donde moverse. En El Dios Salvaje de Al Álvarez, reeditado este año por Hueders, se sigue un procedimiento similar para examinar un fenómeno tan difícil de entender como de explicar en sus más hondas motivaciones. Y es que Álvarez no cede ni un ápice a la hora de ir descartando mitos sin complacencia alguna, demostrando en este sentido que, desde Durkheim en adelante —que para el autor sienta las bases de la primer aproximación “científica”, por decirlo de algún modo, hacia el suicidio—, no hay revisión estadística o caso clínico que no se encuentre con una muralla dura de roer después de la cual no hay otra cosa que el abismo.

A partir de su propia experiencia personal como suicida frustrado —que lo emparenta con ese otro brillante y tenebroso libro que es Esa visible oscuridad de Styron, también editado por Hueders— y desde su profunda amistad con la poeta Sylvia Plath, que conoció poco tiempo antes de su muerte, de  quien toma estos esclarecedores y a la vez fatales versos como epígrafe: “Morir/ es un arte, como todo./ Yo lo hago excepcionalmente bien./ Tan bien que es una barbaridad./ Tan bien que parece real./ Se diría, supongo, que tengo el don”; Álvarez empieza su itinerario desde el cristianismo primitivo, que en su primer momento era subrepticiamente impulsor o al menos un desenfadado incitador del suicido a través de la figura del martirologio, pasando por la doctrina de los estoicos en Roma, con nombres como Séneca a la cabeza. El examen tiene, como es de esperar, la necesidad de ir contrastando cómo el suicidio es categorizado en diversos momentos de la historia, dependiendo de una compleja conjugación de factores: determinadas visiones escatológicas del mundo en los primeros cristianos, o la importancia de mantener una vida digna en el caso de los estoicos. Un movimiento que, en el transcurso de la historia, no está exento de contradicciones, y así: «El mismo acto que durante el primer florecimiento de la civilización occidental fuera tolerado, después admirado y al cabo anhelado como signo superior de fe, terminó convirtiéndose en objeto de intensa repulsión moral» (98).

Misma ruta sigue en la tercera parte del libro, “El mundo cerrado del suicidio”, quizá una de las más estremecedoras en tanto pone de relieve la proliferación de casos en los que el acto es ejecutado: desde las entrañas de una locura insuperable hasta la paciente que, luego de recuperarse de una profunda depresión, decide que su vida está clausurada y pone fin a esta. Es aquí, probablemente, donde aparece con mayor fuerza la idea de lo insondable del fenómeno, en donde la casuística es esquiva a cualquier posibilidad de trazar una línea clara al respecto. Álvarez lo intuye desde el principio: esa línea no puede estar sino torcida. Echándole mano tanto al psicoanálisis freudiano como a las estadísticas, lo que el autor nos va mostrando es un desfile rudo en donde el tormento humano aparece en sus más diversas facetas: infancias rotas, padres suicidas, la miseria económica, el opresivo ambiente de la guerra o la tan manida degeneración de los valores. Ahí es donde las teorizaciones sociológicas y su «bizantina prosa» —en el decir del autor— erran el camino, perdidas en tipos ideales o disecciones frívolas.

En la cuarta parte, “Suicidio y literatura”, nos acercamos más a una condensación de estas múltiples miradas, nuevamente en la forma de una revisión histórica. Álvarez comienza a condensar los elementos anteriormente expuestos para observar cómo al suicidio aparece de manera recurrente en diversas obras, desde Dante hasta Jacques Vaché, pasando por Donne, Chatterton, Coleridge, Hemingway, Woolf, los poetas rusos de la primera mitad del siglo XX, entre otros. La recurrencia y preeminencia, sin embargo, va avanzando desde obras muy específicas, algunos pasajes de La Divina Comedia o la famosa Anatomía de la melancolía de Burton, por ejemplo, a transformarse en un verdadero leitmotiv en el arte contemporáneo, cuya génesis más clara puede encontrarse en el romanticismo alemán y sus historias de célebres bajas.

El Dios Salvaje es un ensayo escrito, sospecho, desde el vértigo del sobreviviente, pero también desde un sujeto profundamente interesado por las transformaciones estéticas del arte a lo largo del siglo XX (no hay que olvidar que originalmente fue publicado en 1971). Una tarea que deja abiertas un montón de interrogantes y cuya depurada prosa no puede más que estar a la altura de su cometido.

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