COLUMNA: Los prescriptores de lecturas

En Chile resulta una convención el hecho de que el crítico literario Hernán Díaz Arrieta, quien firmaba bajo el seudónimo de Alone, detentó durante alrededor de medio siglo la figura o calidad de “crítico único”; era algo así como la voz válida capaz de sancionar una obra literaria, decir qué era bueno o malo, y de ahí, qué se leía y qué pasaba al olvido. Y aunque el día de hoy para nosotros aquello pueda resultar terrorífico, Hernán Díaz Arrieta también tuvo el valor, el gran valor, de no dedicarse llanamente a golpear, sino que jugarse su nombre una y otra vez para destacar las joyas nacientes de nuestra literatura chilena:

“¿veinte nombres principales? Van diez. Agreguemos, de memoria, a vuelo de pájaro: Encina, Edwards Bello, Jorge Hübner, Marta Brunet, Santiván, Maluenda, Barrenechea, Juan Guzmán, Dublé Urrutia, María Luisa Bombal, valor máximo, equiparable a Neruda, incalculablemente superior a todos y todas en su género, especie de milagro. Queda un hueco para el huésped desconocido que no se me presenta en estos momentos.” de Conversaciones con Alone, de Hugo Rolando Cortes, pág. 12.-

Bajo su pluma conocimos y reconocimos autores que hasta el día de hoy soportan icluso el examen más severo, como por ejemplo a Marta Brunet y María Luisa Bombal, ambas amparadas por el crítico cuando no existían en el mundo literario. Es una época y una historia antigua, por muchos conocida.
Hoy pasa algo totalmente contrapuesto. Ya no existe la figura del crítico único, con el prestigio suficiente como para lanzar o frenar carreras (aunque probablemente nadie desearía que así fuese). Nuestro escenario es disímil, existen multiplicidad de lecturas desperdigadas en diferentes medios tradicionales, lo que significa al mismo tiempo multiplicidad de opiniones pero, por otro lado y no sé si necesariamente como consecuencia de lo anterior, pareciera que nuestra crítica literaria fuera víctima de una bajísima credibilidad (sin ir más lejos, en alguna otra columna comentábamos el caso de una discusión entre un escritor y la crítica literaria de Las últimas noticias). Me refiero, claro está, a la crítica literaria-periodística, a aquella que tiene una pretensión de cierta masividad por el medio en que se publica y que mientras hubo críticos de la reputación de la talla de Alone funcionaba como prescriptora de lecturas.
Quizás el último prescriptor de lecturas, el último crítico de suficiente prestigio fue el cura Ignacio Valente (aunque esto es claramente discutible y por eso aquel “quizás” que inicia la frase), que tiene a su haber el “descubrimiento”, o puesta en valor, ni más ni menos que de Nicanor Parra.
Podría intentarse una discusión sobre cuál de nuestros actuales críticos exhibe un mejor criterio a la hora de realizar sus columnas y reseñas, pero como decía antes, lo cierto es que ninguno de ellos goza de un prestigio suficiente como para posicionar por sí mismo a un autor, ninguno de ellos hace saltar las ventas en las librerías y dudo incluso que, a propósito de una columna favorable de cualquiera de ellos, nuestras librerías decidan llevar hasta sus vitrinas el libro reseñado ¿Para qué, si en poco o nada influyen? Pero dado que nuestra crítica literaria se publica en periódicos de tiraje nacionales, resulta desmesurado ese pulpito para tan pocos lectores, para tan poco efecto, para tan poca relevancia o interés que produce. Y los mismos medios tradicionales han ido quitando espacios a nuestra literatura: basta contar las escuálidas tres carillas en que consiste actualmente la Revista de Libros de El Mercurio, la que antes fuera realmente un suplemento y no solo el trasero del cuerpo Artes y letras del mismo periódico.
Cierto es que en los críticos ya no radica la figura del prescriptor de lecturas, no creo que haya quién pueda dudarlo. Pero ese prescriptor aún existe; difuminado, pero existe. Está repartido y prorrateado de forma inconsciente en los mismos escritores que gozan de alguna reputación, se ha radicado en el amiguismo, en la cita del otro, en el cariño bien intencionado que no pretende ninguna crítica, pero que produce el efecto de saltarse aquella lectura razonada de las virtudes y defectos de una obra que claramente merecería ser valorada. Es mi impresión, que acapara muchas más nuevas lecturas la recomendación —si la hiciera— del dueño de la librería de moda a través de su cuenta de twitter que la de un crítico dominical cualquiera que sea. Y más lecturas también la del último escritor joven de moda (que también tiene sus méritos, no estoy juzgando su obra). La opinión del librero en lo personal me gusta, es honesta a cabalidad: su negocio es la quijotada de vender libros y él recomienda los que le parecen mejores o que mejor puede vender. La opinión del escritor es sumamente válida, pero me crea profundos conflictos cuando se cae en el sobajeo del amiguismo. Ambas opiniones son hoy más y mejor escuchadas porque en los dos casos ellos cuentan con mejor prestigio que la de los críticos. Pero ambas opiniones para mí tienen una limitación que no tiene la crítica periodística: el medio en el que se expresan. Es imposible que cualquiera de ellas logre la masividad que la crítica periodista posee. Es imposible que cualquiera de ellas provoque realmente lecturas en número considerable, que hagan que en lugar de venderse cien ejemplares de los trescientos publicados por una editorial independiente para un autor novel, se vendan ojalá mil o más, y no solo entre los amigos del autor y de la editorial, además de un escaso público letrado (por llamarlo de alguna forma, aunque esa denominación no me agrada).

“Antes la gente escribía para que Alone o el Cura lo quisieran; ahora para que el Pelado te recomiende”, Alberto Fuguet

Claro que la crítica periodística no es inocente en este problema. Creo que la gran culpa que tiene es aquella que Alone jamás tuvo y que ya adelantaba en el comienzo de esta columna, y esto a pesar de la resistencia que pudo tener su opinión especialmente en su última época; y es que nuestra crítica hace muy bien cuando muestra los yerros de nuestros autores. Pero es endeble y timorata a la hora de destacar las obras logradas, o el conjunto de obras. ¿Qué crítico ha hecho hoy lo que Alone hizo en su época con una joven e inédita Marta Brunet, o con la Bombal, o con la misma Gabriela Mistral? Perfectas desconocidas en su momento. Sí, es cierto, de tanto en tanto hay críticas favorables de algunos libros que pueden merecerlas, pero ¿qué crítico ha levantado sobre sus hombros a algún escritor vigente? ¿Quién se ha jugado su prestigio y salido con éxito a analizar una obra ajena? Porque es fácil encumbrar a Lemebel y Bolaño ahora que ya no están, que no hablan ni se quejan, que internacionalmente han sido proclamados. ¿Es cierto que en nuestra literatura no hay nada realmente bueno, pero nada de nada? ¿No nos estaremos perdiendo de algo? En lo personal, no me conformo con el amiguismo bien intencionado pero tan dañino al que estamos entregados. Y reconozco, a pesar de ser un lector entusiasta, no ser capaz de leerlo todo.

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