Columna: Sagas literarias y libros con edad

Me entero, de forma más o menos fortuita, que en Chile (y otros tantos países) existe una suerte de auge en la lectura juvenil. Y no solo eso, que ciertas lecturas se han vuelto tan populares que se han ido apoderando de nuevos espacios, dando paso a la creación de nuevos referentes, como es el caso de los booktubers, que se trata en general de postadolescentes o jóvenes que reseñan o comentan sus últimas lecturas a través de YouTube, influyendo a tal punto en la decisión de lectura (y compra) de otros lectores juveniles como ellos, que las editoriales los identifican y valoran al punto de ofrecerles y regalarles sus novedades editoriales. “¿Qué tal?”. “Genial”, me dice alguien con quien tuve esta conversación.

¿Y qué se lee, cuando este tipo de lectores son quienes leen? Sagas. Sagas, sagas y más sagas. Empezaron quizás con Harry Potter, para continuar con Percy Jackson y seguir con otras como Crespúsculo (no necesariamente en ese orden, por supuesto). Más adelante han venido otras sagas como Los juegos del hambre, Hush, Divergente, etc. Incluso muchas ya tienen su adaptación cinematográfica o prontamente la tendrán; siempre apuntando a este público postadolecente que, entiendo, es el mismo que influencia la mayor parte de las decisiones de compra en un hogar promedio. Bonita jugada editorial.

sagas 2

Remitiendo a la misma conversación que me llevó a pensar y ahora escribir sobre este tema, esta se dirigió hacia el real valor de esas lecturas. Confieso no tener un punto de vista particularmente crítico hacia ellas. Sí, eventualmente pueden ser malas lecturas (no lo sé, no me animo a adentrarme a ellas); lo único que me hace presumir aquello es su manufactura como producto meramente comercial y su nula pretensión artística. Pero no tengo una visión especialmente crítica, como decía, porque soy de los que piensa que la literatura, así como las infinitas ramas del conocimiento humano, no es algo que pueda imponerse. Nabokov lo dijo mucho mejor que yo en sus Cursos de Literatura, él sostenía (no pretendo hacer la cita) que estaba bien si lo tuyo eran las matemáticas, la ciencia, mirar las estrellas, la pintura o la música. Está bien si lo tuyo no es la literatura. Lo bello sería adentrarse en cualquiera de esas áreas, y desarrollarlas.

Pero me alejo del punto central y trato, casi en vano, de pesquisar el desorden de una rápida conversación coloquial. Desde mi punto de vista, el gran peligro de esos libros hechos por montones como bienes de consumo masivo y no como arte, es la pérdida de la posibilidad o interés en hacer otras lecturas que sí me parecen formativas y esenciales, y que producen plenos efectos cuando son leídas a cierta edad (o dentro de cierto rango de edad y/o madurez).Y como esto último es lo que me parece realmente interesante en esta discusión, es que a continuación hago mi pequeño esfuerzo, sin pretender agotar el tema, de cuáles lecturas tienen un rango de edad ideal y no debiera desperdiciarse el momento óptimo para hacerlas.

Porque es indudable: hay libros que se disfrutan mucho más cuando tenemos cierta edad. Acá les dejo un listado con algunas obras y las razones para incluirlas, a la espera de que algún lector de esta columna nos ayude a completar este trabajo:

Demian, de Hermann Hesse: (Edad 13-15 años) Demian es una obra formativa, o incluso deformativa. Sé que a muchos les voló la cabeza, que a varios les enseñó a pensar, porque probablemente aquella sea una de las más grandes virtudes de esa novela: posee una rebeldía que se aviene muy bien con nuestra adolescencia, con esas ganas de romper con todo, pero no desde un punto de vista nihilista, sino que de una forma profundamente inteligente, enseñándonos a cuestionar nuestro contexto, especialmente el religioso. Claro que se trata de una obra muy bella, que aún mantiene valor si se lee siendo adulto, pero al leerse en la adolescencia se lee como si fuera una verdad muy grande, y eso estremece.

El señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien: (Edad 14-17 años) Podría haber quien, hoy por hoy, piense que este libro perfectamente encuadra dentro de lo que, en los párrafos iniciales, denominé como saga. Pero esta trilogía escapa del concepto comercial-moderno de saga. Más aun, ni siquiera fue concebido como tres libros, sino que era una sola historia, cortada por su editor, ante la imposibilidad de publicar un libro tan pero tan largo. Fuera de eso, y yendo al asunto, se trata de una bellísima novela, del rubro de la fantasía, imaginativa, con ribetes ecologistas, que crea un mundo completo de ensueño y que aprovecha muy bien a un lector que, con cierta capacidad mental desarrollada, todavía no haya perdido la facilidad casi infantil de levantar los pies del suelo, para elevarse al mundo quimérico de la Tierra Media. Sí, muchos se acercaron a este libro pasados los veinte años y aun así lo han disfrutado. Pero me parece que el placer de leerlo a medio camino de la niñez y la adultez es una experiencia irrepetible.

El guardián entre el centeno, de J.D Salinger: (Edad 15-18 años) Holden Caulfield, el protagonista, es una joven que acaba de enterarse que fue expulsado de la escuela. Seguramente por los conflictos de identidad del personaje, por una especie de alienación que lo mueve, por el juego que hay en su carácter de pérdida y soledad, es que es muy fácil identificarse en cierta edad con su protagonista. Más aun, la manera de tratar sus temas, la aparición de prostitutas, alcohol, drogas, todo ello mueve, sin lugar a dudas, el interés y el morbo de un lector juvenil como en ninguna otra edad.

Así habló Zaratustra, de Nietzsche: (Edad 17-19 años) Cualquier filósofo podrá no estar de acuerdo y seguramente tendrá razón. Pero, digo en mi defensa, que hay pocas cosas tan valiosas para nosotros los lectores como “leer a destiempo”, es decir, anticiparnos a libros para los que aún no estamos preparados, robándoles algo que ni siquiera el autor pensó entregarnos, algo que es más propio de nuestra juventud que de su contenido. En mi experiencia personal, así me pasó con Nietzsche y es por eso que lo incluyo acá, con una de sus obras más literarias. Hay una edad en que Nietzsche no se lee como si se tratara de un filósofo sino, más bien, como si fuera un anacoreta sabio que es capaz de destruir todo lo que conocemos y sabemos. Por supuesto, lo más seguro que a esta edad nos limitemos a unir las palabras y que el contenido que de ellas extraigamos sea más bien parte de nuestro todavía limitado desarrollo mental más que de lo que realmente quiso decirnos, pero para los efectos de esta columna, esa lectura a destiempo es formativa, única y parece un faro en la mitad de la oscuridad absoluta: deslumbrante.

Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño: (Edad 20-23 años) Dudé muchísimo sobre si poner acá a Rayuela de Cortázar o a Los detectives…, como finalmente decidí simplemente por tratarse de una obra más vigente y contemporánea. En ambas identifico una juventud adulta, una necedad en la vitalidad que poseen, en esa búsqueda de algo que se hermana muy bien con el destino ambiguo de nuestra primera adultez. Ambas obras son novelas que tienen grandes virtudes, ambas han sido muy aplaudidas, pero ambas me parecen que funcionan perfecto bajo el prisma del lector todavía juvenil, pero ya con un criterio formado, con el extravío, como decía, de esta primera adultez.

En el camino, de Jack Kerouac: (Edad 21-25 años) Se trata de una novela veloz, sudorosa, enorme, acelerada, tanto como sus personajes que recorren un país yendo tras el jazz y el bebop como si se tratasen de una forma de vida. Es una gran novela y seguramente funcionará excelentemente a cualquiera sea la edad que por primera vez la leamos, pero es indudable que en el rango de edad universitario o postuniversitario producirá efectos liberadores, una picazón en la planta de los pies, un hormigueo juguetón, y unas ganas de largarse hacia cualquier parte y mandarlo todo al carajo. Solo eso hace que amerite ser leída, al menos por primera vez, en el momento en que más profundos efectos es capaz de producir.

¿Qué opinan? ¿Qué otros libros deberían ser leídos, idealmente, a cierta edad?

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4 Comments

  • Creo que son dos los errores en los que incurre en este artículo y
    están, justamente, en los conceptos de fondo que lo sostienen. El
    primero se relaciona con el valor artístico de la literatura juvenil
    actual, representada en esta oportunidad por las sagas; y el segundo,
    con
    la clasificación etaria, casi siempre antojadiza, salvo
    excepciones más bien obvias (como no incluir entre los materiales de
    lectura de primero básico los Sonetos lujuriosos de Aretino, por
    ejemplo).
    El primer error no está en querer o no definir si tal o
    cual libro tiene valor artístico (cosa que en este artículo
    solapadamente se pretende), un tema que podría llevarnos años de
    discusión sin llegar a puerto alguno por la cantidad de factores que
    coadyuvan para hacer de “¿Qué tiene valor artístico?” una pregunta
    difícil de responder. El error es, digo, ocultar un (pre)juicio que
    igual se deja ver. Ejemplificando: Usted confiesa no tener “un punto de
    vista particularmente crítico hacia ellas (las sagas)”, y que lo único
    que le hace presumir que “eventualmente, pudieran ser malas lecturas” es
    “su manufactura como producto meramente comercial y su nula pretensión
    artística”. En esta última frase radica, a mi entender, el error y
    el
    juicio de valor sobre algo de lo que no tiene un “punto de vista
    particularmente crítico”. El error es establecer como un indicador de
    buena o mala literatura la “manufactura de producto meramente
    comercial”, una etiqueta más bien vaga, como disparando al bulto. ¿Con
    esa etiqueta se refiere a la promoción que se aplica sobre tal o cual
    obra, a la estética de portada e interiores, a que se filmen películas
    basadas en sus textos, al gramaje de sus páginas? ¿A qué? El negocio
    editorial es eso, un negocio, donde se venden productos como en
    cualquier otro rubro; un negocio en el que, salvo conocidas excepciones
    también, ni los autores ni los editores se hacen ricos, y esto se lo
    digo como autor y como editor. Negocio donde se busca vender lo más
    posible, apostando a campañas de mercadeo. A veces, lo que más vende es
    Sidney Sheldon, a veces lo que más vende es Saramago, o Vargas Llosa.
    ¿Serán estos dos últimos, por caso, mala literatura por ser
    best-sellers? ¿Bajo qué perspectiva un bien de consumo masivo
    necesariamente ha de estar reñido con el arte? En lo personal creo que
    el “gran peligro” aquí no es si la gente lee A o B, el “gran peligro”
    está en no desarrollar la crítica de lo que se lee, que nunca se podrá
    lograr si no se lee en lo absoluto.
    En cuanto al juicio de
    valor, éste está en la frase “nula pretensión artística”. Si para usted
    una obra tiene “nula pretensión artística” es porque probablemente ya
    tiene una “punto de vista particularmente crítico” de esa obra, y si lo
    tiene, por qué no decirlo. Por otra parte, el concepto de “nula
    pretensión artística” es otro término vago, que especulo ha de ser algo
    así como “baja calidad literaria” (esta última es una apreciación mía,
    conste). Cuando escribió Rebelión en la granja, Orwell pretendía exponer
    el poder dictatorial del stalinismo, por lo que entiendo sin
    preocuparse en pretensiones artísticas. ¿Hace menos artística a Rebelión
    en la granja el que su autor no tuviera pretensiones artísticas”.
    En
    cuanto al segundo error, la clasificación etaria, por sí misma sería un
    acierto si hubiésemos nacido en hogares sin extremas limitaciones
    económicas, sin carencias afectivas, sin la ausencia endémica de los
    libros, con las mismas oportunidades educativas, en espacios de
    aprendizaje preparados para enseñarnos a pensar, con un desarrollo
    emocional acorde con nuestra edad física (hay excepciones, claro, como
    en todo, pero los grandes lectores de libros no pululan en ese mundo de
    limitaciones).
    Pero lo cierto es que Demian no llena a una mayoría que ve en él mensajes encriptados, con
    quien
    no pueden identificarse por más que quieran (siquiera con Emil
    Sinclair) porque es una “realidad” mucho menos dura que la que les toca
    vivir.
    El señor de los anillos, caso curioso, saga o no, si no es
    superventas, ha de ser superlectura, está apuntalada por una promoción
    contada en millones de dólares, se le hicieron películas, quizá no hay
    amante del género fantástico que no le haya echado al menos una rápida
    mirada, y no son solo niños los que lo leen, sino también cuarentones
    que disfrutan del mismo modo sus personajes estereotipados y sus
    culturas que parece que jamás han salido ni saldrán del Medioevo.
    El guardián en el centeno ha de llegar tan poco hoy a la mayoría como Demian, salvo que
    Caulfield
    está un poco más reventado que el otro, pero mucho menos que cualquiera
    de nosotros después de un fin de semana de carretes. Eso, sin ser el
    niño bien que Caulfield es y que palidecería de vergüenza ante los
    revientes de cualquier chico de los barrios altos y bajos de hoy.
    Hay
    libros que parecen ideales, pero quedan mal parados cuando se los saca
    de contexto y se lo pretende pasar, por ejemplo, por un aula cuyos
    integrantes están en las antípodas de los personajes. Creo mejor decir
    que los libros deben ser leídos cuando el desarrollo emocional del
    lector está a punto para ese libro, no cuando su documento de identidad
    se lo
    indica.

     
    • Emiliano, te encuentro razón en muchos puntos, especialmente cuando me imputas cierto prejuicio ante las sagas que no asumo abiertamente en el artículo. Me referiré, de todas maneras, a aquellas partes en las que no estoy de acuerdo, solo por hacer las aclaraciones del caso.
      Dices “El primer error no está en querer o no definir si tal o cual libro tiene valor artístico”. y luego dices “El error es establecer como un indicador de
      buena o mala literatura la “manufactura de producto meramente
      comercial”” Me imagino que notas la contradicción. Sobre lo mismo dices: “¿Bajo qué perspectiva un bien de consumo masivo NECESARIAMENTE ha de estar reñido con el arte?” Las altas son mías… estoy seguro,además, de jamás haber dicho eso.

      De todas maneras creo que en la primera aseveración está más cerca de mi punto de vista (quizás yo fui quien falló al no expresarlo claramente). No me arrogo la facultad de decir qué es bueno y qué malo. A lo mucho doy cuenta de mi propia lectura de algún libro o novela, digo qué cosas, según mi criterio, me parecen bien o mal, tratando de razonar los motivos, exponiéndolos, pero no me atrevo a definir qué cosa en términos amplios o absolutos es un buen libro. Eso, como pretensión, es una locura, porque es casi imposible: tu llegas a idéntica conclusión por diferente camino.
      Creo que hay mucho de candor en el rubro editorial. Se ve a sí mismo con una ingenuidad que no posee. Está claro que para la editorial el ibro es un negocio (no se los reprocho). Pero yo no soy una editorial, yo soy un lector, así que no me hago cargo del peso editorial de tener que vender nada. Si tu me dices que es lo mismo 50 sombras de grey, lo mismo Crepúsculo que un libro de Flaubert, de Tolstói o, para ir más cerca, de una Alejandra Costamagna,por supuesto no estaré de acuerdo. Si me dices que hoy toca vender a Vargas Llosa y no a Percy Jackson seguirás estando muy lejos de cualquier tema que a mi, como lector, me convoque. Esa es la distancia que tomo.
      Flaubert, haciendo otra cita, lo decía mucho mejor que yo en su
      correspondencia con Sand, libro que reseñé hace muy poco: “Observe usted
      la crítica de estos últimos años. ¿Qué diferencia aprecia
      entre lo Sublime y lo Ridículo? ¡Qué falta de respeto! ¡Qué ignorancia!
      ¡Qué caos! ¡«Hervido o asado, es lo mismo»! Y, al mismo tiempo, qué
      servilismo hacia la opinión del día, el plato de moda.”
      Las sagas, como género, no me interesan. Ellas son el plato de moda. No me interesan porque las editoriales -y acá específico ahora, las grandes editoriales transnacionales – (que sin ser diabólicas ni mucho menos) tienen su negocio en tratar de levantar este producto dirigido a los adolescentes, tal como las tabacaleras dirigen el cigarrillo, y las cervecerías sus productos al mismo grupo etario. No hay misterio, se llama marketing. No querer reconocer eso sería tomar partido por el que pone las lucas. Segundo, porque la literatura “de género” (no escuelas, sino género, como la policíal, fantástica) normalmente es una literatura de un valor menor en referencia a la literatura sin apellidos. La literatura de género, como lo son las sagas de fantasía, someten su creatividad a ciertos patrones, a ciertos estereotipos, a ciertas formas estéticas. Esa camisa de fuerza es un disvalor… porque “hervido o asado” no es igual. La estética, es justamente donde el arte se juega su valor. “El estilo es el tema” dijo Navokob. Y en la literatura de género, es el género, el tema, la anécdota el centro. La antítesis de esto es un libro como el Ulises (que para nada es de mis favoritos, solo lo cito porque sirve a la discusión), que en cuanto a su anécdota se trata de un día en la vida de un par de personas, en lo más pedestre de su cotidianeidad, tanto que el narrador hasta los acompaña al baño.
      Para concluir con el segundo error que identificas, en el cuerpo del escrito uso la palabra “madurez”, que es lo decisivo. No pretendo ser preciso, pretendo dar una referencia. No creo que tu me atribuyas, seriamente, que yo piense que dos personas de igual edad poseen un exacto nivel de desarrollo intelectual, o un mismo grado de madurez.

       
  • Atendiendo a esta columna, en algo se puede llegar a acuerdo: no hay parámetros estéticos fijos, ni libros buenos ni libros malos desde ningún punto de vista, porque las perspectivas son muchísimas y no permiten encasillar sin ser injustos. Pero también hay ciertas inclinaciones personales. De otra manera no existirían páginas como estas que nacen desde esas inclinaciones.

    Particularmente, los escritores hacen y escriben los libros, no las editoriales. Estas últimas sirven para mejorarlos en aspectos técnicos, distribuirlos y en última instancia venderlos. No podemos juzgar a un autor o a su obra por cómo es tratado por su editorial y el marketing que ella le adjudica para obtener más ventas. J.K. Rowling no es mala porque a la industria del cine le pareció bueno adaptarla y lateralmente obtener créditos. Al fin y al cabo, gran parte de la médula de la calidad permanece desde la versión definitiva que el autor entregó hacia el proceso posterior.

    Los libros de género, o las sagas, no son excluyentes con ningún otro tipo de literatura a la hora de estimular la lectura, porque como no hay libros “buenos” ni libros “malos”, tampoco hay lectores buenos o malos por leer ciertas historias. Se puede “empezar” leyendo “Crepúsculo” o “Los juegos del hambre” (una saga interesante) para seguir con otras lecturas, sin límite de edad, madurez ni nada por el estilo. El proceso para acercarse un libro es a veces tan azaroso que precisarlo resulta irresponsable.

    En fin, creo que es útil para la discusión tratar de sugerir rangos de edades en los que una persona se acerca a las lecturas, sin hacer de ello un imperativo. Considero que hay ánimo de debate, no una pretensión de ser taxativo al hacer una lista como la que cierra la columna.

     
  • La preferencia por el estilo por sobre la trama, que está a la base de la minusvaloración de las sagas o de la la literatura de género, no deja de ser una ilusión. ‘En verdad, basta revisar unos párrafos del Quijote para sentir que Cervantes no era estilista (a lo menos en la presente acepción acústico-decorativa de la palabra) y que le interesaban demasiado los destinos de Quijote y de Sancho para dejarse distraer por su propia voz’ (Borges, La Supersticiosa Ética del Lector en Discusión).

     

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