Naturalezas muertas (Alejandra Costamagna)

Reseña remitida por Joaquín Pérez A.
 

Naturalezas muertas (2010)

Alejandra Costamagna (1970-x)
Editorial Cuneta
76 páginas
Precio referencial $5000

Sin mayor preámbulo puede decirse que los humanos padecemos aquel toque de irracionalidad que nos estimula por momentos, nos inquieta por otros y nos desesperan a ratos. Kant habría destellado en ira por esta situación, nos habría gritado cobardes, o quizás no; pero lo importante es que la tensión ambivalente que proyecta el titulo de esta obra, muestra el lado oscuro y claro que los humanos expresan en su cotidianeidad. Naturalezas muertas es un suspiro pequeño de narración que otorga esta mirada confrontacional entre la existencia y la nada de Martín Canossa, un hombre ya entrado en años que, buscando quizás un nuevo aire a su vida, se empareja con Alia, una joven boletera de cine. 
Ella suelta una risa infantil; él la sigue con una carcajada artificial. Los ojos de la mujer vuelven a brillar con su luz propia y en ese minuto Canossa siente que es capaz de matar porque ella sea feliz… (pág. 17)

  Consumido por las pastillas que debe consumir, su vida se torna efímera y monótona. Canossa (¿coincidencia que su apellido suene a canas?; ¿canoso?) es fiel representante de aquel hombre convencido que su segundo tiempo está empezando, que el resultado de su vida se puede revertir con una buena jugada, antecedida por una elaborada estrategia, con el fin de apreciar de cerca el anhelado trofeo. De tal manera es que conociendo a Alia, se entrega a ella por completo, destinando sus ahorros en volverse hacia la tierra de los orígenes de ella e instalar un pequeño bar en el pueblo. Retiro es su nombre, comienzo de la muerte.
La ansiedad de Alia los lleva a actuar con urgencia. No pasa una semana y el viaje ya es una decisión tomada. Ella renuncia a su trabajo de boletera en el cine y él retira sus ahorros del banco. Canossa sospecha, sin embargo, que las cosas no son tan así: tan fabulosamente así como se están proyectando frente a sus ojos. Pero deja que la cinta corra. (pág. 21)
Pero como el titulo lo indica, la realidad humana posee dos frentes. La esperanza de un segundo tiempo del protagonista se desvanece con la vitalidad y la insensatez de ella. En cierto modo él es víctima, de su edad, de su tiempo, de su época, de sus pastillas, de todo, y Alia, quien era la cura definitiva, termina siendo el cáncer terminal, aquello por lo que uno muere por más que algunos médicos con su ejército de químicos piensen lo contrario. Alia deja de ser su pareja para convertirse en su socia siempre lo habían sido, pero antes era más pareja (incluso matrimonio, aunque no de hecho) que socios, es parte del negocio pero lo vive a plenitud mientras nuestro protagonista se encarga del trabajo duro. Parte de esta dinámica se pone en tensión cuando aparece el tío de Alia, quien comienza a despertar la naturaleza de Canossa pero en otro sentido.
Qué vergüenza, discúlpalo, tío.
Un poco loquito tu marido, ¿ah?
No es mi marido, te dije… (pág. 37)
Una mezcolanza de celos y sentimiento de paternalismo comienza afectar a nuestro personaje, quien se sumerge en cavilaciones sobre el actuar desprolijo de atención hacia su persona de su joven acompañante. ¿Será el tío un amante de Alia? A Canossa no le queda bien claro.
Por un segundo llega a pensar que es invisible. Pero no. Martín Canossa está en Retiro, a pocas horas de su debut en el Cecil, con la sensación de ser feliz y muy desgraciado al mismo tiempo… (pág. 39)
El orgullo nace como batallón de combate, una oleada de marines deseosos de abrir el segundo frente, con actitud combativa y desafiante; un rambo cualquiera.
No pasa una semana hasta que Canossa lo decide. Ya lo ha rumiado bastante, pero es recién ahora cuando sus palabras toman vida. De mí nadie se ríe, a mí no me engañan, dictamina mientras traga su cóctel de pastillas y cierra de una vez las puertas del Cecil. (pág. 66)
Pregunta. ¿Cómo responde una naturaleza ante su muerte? O mejor dicho, ¿cómo debemos interpretar aquello que Alejandra Costamagna nos ha querido mostrar? Sin más preámbulos:
Esa madrugada ocurre el incendio en la única pieza disponible del Cecil. Cuando llegan los bomberos Alia ya está muerta. A Canossa lo encuentran despierto, hundido sobre el mismo pisito del bar. (pág. 71)
Como diría Zambra: él y ella, Alia y Canossa, o digamos que pudieron llamarse Alia y Canossa. Al final ella muere y él no, él no muere, morirá mucho tiempo después. Él vive a pesar de todo. El resto es literatura.
Sorprendente, enigmática, fugaz y poética obra.
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