Lumpérica (Diamela Eltit)

Reseña remitida por:
Daniela Escárate
 
Lumpérica (1983)
Diamela Eltit (1949 –  )
Seix Barral
ISBN 956247187X
236 páginas
Precio referencial $9.000
Una plaza pública, unos vagabundos, una cámara y una protagonista identificada como L.Iluminada. Estos son algunos de los pocos elementos que se encuentran claramente definidos en “Lumpérica” (1983), de Diamela Eltit, obra que es difícil de calificar como una simple novela, lo cual podría limitar el poderoso imaginario que logra desplegar. “Lumpérica” tiene tanto de novela como de provocación al género mismo. Y es esta provocación las que nos deja encantados de una forma que colinda con la perturbación, aun cuando han transcurrido más de treinta años desde su publicación.
Resumir la trama atenta contra el mismo espíritu de la obra. En “Lumpérica” no hay una gran historia que contar, sino que el lenguaje se cuenta a sí mismo. Porque cada párrafo que a primera vista poco nos informa de lo que está sucediendo, mucho nos dice sobre las sonoridades, gustos, texturas y hasta de los olores de unas palabras ubicadas gracias a un orden ritual y sagrado. Se trata de letras agrupadas, reagrupadas, desintegradas y vueltas a juntar en un dialecto propio. Uno que quizás sólo manejan quienes transitan y permanecen en la plaza, distinto al idioma lumínico propio de las luces vigilantes. Un lenguaje, algo críptico, que transmite una fuerza tan enérgica como precaria, tan oscura como, literalmente, iluminada.
L. Iluminada, como su nombre/apellido/seudónimo lo indica, se encuentra bajo el foco de lo que es, a todas luces, un cartel publicitario. Allí, presos más bien de un trance que de una grabación cinematográfica, la protagonista junto a “los pálidos” representan escenas de una filmación. Un grito, un bautizo, una caída y una herida son los principales acontecimientos. Aunque se nos hace partícipes de un espectáculo que apenas entendemos, se nos pone al tanto de cada uno de sus detalles, incluyendo sus indicaciones, comentarios y errores, expresamente discutidos en el texto. 

También se nos presenta un interrogatorio, aparentemente casual, que si bien insiste en detalles sobre una situación cotidiana, recuerda a la violencia ejercida por una confesión más impuesta que realizada. Algo que nos puede hacer sentir cómplices de alguna hazaña que ni siquiera hemos llegado a desentrañar.
Por otro lado, la sensación de estar observando y a la vez ser observados es transversal durante todo el texto. No obstante, no se trata del poder de un narrador que todo lo sabe, sino de una presencia que está ahí, al acecho, y que puede provocar que en cualquier momento nos volteemos a ver quién está detrás de nosotros. O arriba, iluminándonos y vigilándonos con su haz de luz acusador.
Y para que las luces de la plaza y de un cartel publicitario tomen tanto protagonismo, es imprescindible que la historia se desarrolle durante la noche. Pese a esto, la novela hace perder el sentido el tiempo y si incluso se nos afirmara que es de día, sentiríamos el peso de una madrugada oscura, en donde el sol no se anuncia y es reemplazado por sus símiles artificiales.
“Lumpérica” nos adentra en un clima intrigante y claustrofóbico. A pesar de que se desarrolla al aire libre, en una plaza pública, se palpa más el encierro que la libertad. Es quizás la claustrofobia del propio cuerpo vigilado, normado y herido que se las tiene que ver con el ímpetu de un animal que quiere arrancar de su prisión. “Conoce bien el corral y también las vallas que la frenan”, nos advierte. ¿Es esto suficiente para escapar?
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