Coirón (Daniel Belmar)

Coirón (1950)
Daniel Belmar
Editorial Zig-Zag
Inscripción N° 13.540
218 páginas
Precio referencial: $7.500

     Coirón es considerada por muchos la mejor novela de Daniel Belmar. Es, también, un excelente ejemplo de aquel criollismo que marcó una gran época en nuestra literatura y que luego fue superado y vilipendiando, ese mismo criollismo que, vuelto a revisarse el día de hoy, es capaz de relucir con brillo propio sin desmerecer como durante mucho tiempo se nos quiso hacer creer a los lectores.
     Coirón es una novela que transcurre en la zona de Neuquén, Patagonia Argentina, en algún momento indeterminado, probablemente a comienzos del siglo XX. Una familia chilena, como tantas otras en la época, ha migrado desde su país natal a colonizar esa zona constituida por un único paisaje que se repite tortuoso, igualando días y vidas: la pampa. De ahí el nombre de la novela; el coirón es es la única vegetación, cuando menos el tipo de vegetación dominante del paisaje donde entre guanacos, avestruces y reses de todo tipo, la vida se va haciendo monótona y tranquila, entre gauchos y puesteros.
     La historia está contada por su mismo protagonista, que aunque no nos informa sobre su actual estado, entendemos que se trata de un adulto que rememora su primera niñez en la libertad sin límites de la vida pampina, comiendo en el fogón, donde la carne asada y el mate eran su único sustento. La anécdota no hila la narración sino que el columna de esta pareciera ser, más bien, el paisaje, la vida como forma de costumbrismo, el contexto y las maneras en que el hombre se ha adaptado a su falta de hospitalidad, volviéndose también peligroso para sus pares.
Carne, carne, único fruto de esa tierra dura, carne asada, churrasco, carne cocida con coles y trigo, ése y no otro era nuestro alimento. Mi madre me hacía tragar, a veces, un poco de leche. Pero el instinto me llevaba hacia la carne, hacia el mate, hacia la pétrea galleta marinera, que traíamos en grandes bolsos desde el boliche de Fernando Miranda, el misántropo gallego, afincado tenazmente, como un liquen, en las lejanas márgenes del hosco Limay.
     Vemos a Rafael, en las palabras de este Rafael adulto que no nos es mostrado, niño de seis, ocho, diez años, crecer en la pampa dura, montado desde siempre en su caballo, corriendo tras su hermano mientras este va agitando el lazo con las boleadoras, soltarlas y enlazar con ellas las piernas duras y fibrosas de un avestruz, a la que luego desplumará. Asistimos a través de él a la pelea concertada —para disfrute del gauchaje abundante— entre un puma y un toro joven, pelea a muerte. Vemos también al niño que crece junto a otro puma, que ha sido hallado extraviado, que es criado entre las paredes de adobe y bajo el techo de totora de su casa o puesto pampino, hasta el día que la naturaleza del animal lo lleva a cazar entre las ovejas de la casa y mata media docena de ellas; y el castigo posterior, frente a los ojos del pequeño, ese castigo que es realizado como solución inoculando la naturaleza del animal: la castración que vuelve al puma ágil, de extremidades nerviosas y fuertes, en una bestia gorda y somnolienta.
Eran las llanuras ilimitadas, las sabanas sin término, las pampas argentinas del Neuquén, holladas sólo por cascos y pezuñas salvajes, por el paso silencioso del puma o la carrera fulgurante del avestruz y en donde la presencia del hombre era elemento sobrepuesto, ajeno, extraño, desconectado de su especie.
Y era, también, mi infancia, naciendo como fruta agreste, sin otras limitaciones que las transparencias de la lejanía.
     Existe, claro que sí, algo como un comienzo y un final de novela, un motor o aguijón que da el puntapié inicial y que sirve de excusa de cierre, pero lo que constituye el tema no es eso sino el crecimiento en el paisaje, es la vida libre, sin más límites que el horizonte que se difumina en la lejanía de los ojos.
     Se trata de una novela bella, que se ciñe firmemente a un criollismo también bello, que supera la crítica facilista de aquel que, sin introducirse al estilo o estética, desecha toda una época, todo un estadio de la literatura nacional y americana, sin percibir que el único lugar común no existe en ese criollismo que se critica sino que en esa crítica prejuiciosa que a veces persiste hasta nuestros días.
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1 Comment

  • Efectivamente, Coirón muestra parte de la historia de la familia Belmar en Argentina y la feroz lucha por la sobrevivencia en una tierra sin ley, donde priman las costumbres gauchas, el apego a la familia, a la carne y al mate.
    Los descendientes de esta familia dintinguimos a nuestros abuelos y tíos-abuelos claramente. Este libro nos ha permitido sentirnos parte integrante de esta América, que cuando la bajamos al individuo, no reconoce fronteras.

     

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