Vidas mínimas (José Santos González Vera)



Vidas mínimas (1923)
José Santos González Vera (1897-1970)
Ed. Nascimento (7ma Ed., 1970)
N° Inscripción 13.468
144 Páginas
Precio Referencial .Cl $10.000

 

 
Se ha dicho que esta es la primera novela chilena que trata sobre la vida en un conventillo propiamente tal. Su primera parte, titulada simplemente “El conventillo”, fue publicada en una revista de la época, allá en el año 1918. Luego, cinco años más tarde, fue unida a su segunda parte, llamada “Una mujer”, y así pasó a conformar la unidad que ahora conocemos como Vidas mínimas.
Vivo en un conventillo.
La casa tiene una apariencia exterior casi burguesa. Su fachada, que no pertenece a ningún estilo, es desaliñada y vulgar. La pared, pintada de celeste, ha servido de pizarrón a los chicos de la vecindad, que la han decorado con frases y caricaturas risibles y canallescas.
La puerta del medio permite ver hasta el fondo del patio. El pasadizo está casi interceptado con artesas, braseros, tarros con desperdicios y cantidad de objetos arrumados a lo largo de las paredes ennegrecidas por el humo.
 Esta pequeña novela no pasó desapercibida, por el contrario, recibió algunas muy buenas críticas. Otros la consideraron fría. ¿De qué se trata? De la vida en un conventillo, de esa vida sin tuyo ni mío, con un hambre que quema por dentro y los días lentos, ociosos, desocupados, mientras el hollín de los fogones va expandiéndose moroso por las murallas. Un amor, pero qué amor es posible en esa pobreza, en ese desencanto. Y luego no mucho más, otro fracaso, este sentimental, pero también pequeño, sin aspavientos ni dolores que se exterioricen. Eso es todo.
 En la segunda parte, “Una mujer”, el narrador (en primera persona), viaja a Valparaíso sin más que lo puesto. Cambia de ciudad a la siga de una mujer. Está enamorado de ella, pero sin un peso en los bolsillos. Es recibido temporalmente en la casa de un amigo, pero no obstante sus esfuerzos le resulta imposible conseguir un empleo en qué ocupar sus días y con lo cual poder aportar a repletar esos platos que él mismo va consumiendo en aquella mesa tan pobre como él. No es un mero tema de dignidad, existe la necesidad real de que sea capaz de cubrir al menos lo que él come. Y en tanto merodea a la muchacha, entabla contacto con ella. Ella, por otro lado, se muestra amable, lo acoge, pero con la misma amabilidad con lo que lo haría con cualquier otro. Él es consciente de aquel detalle desalentador.
Domitila, entre cucharada y cucharada, clavaba sus ojos en los míos y me transmitía un monólogo excesivamente materialista. Sus ojillos agudos y fríos decíanme sin duda: “para comer este puchero, mascar este pan y beber este trago de té, trabajo como esclava y debo, además, sufrir los manotazos de todos. Sepa que es bastante sacrificio mantener a este viejo flojo. Es vergonzoso que usted coma lo que tanto me cuesta. ¿Cuándo se va? ¿Cuándo se va? ¿Cuándo se va?

 Y luego nuevamente la vida, con sus verdades ensordecedoras le grita justamente lo que no quiere oír.
El narrador tiene un tono frío, que al lector transmite un pesimismo profundísimo quizás justamente por su tono neutro, que no se conmisera por su realidad, que no comenta su sufrimiento. No se queja de su situación ni de su contexto, jamás desprecia el conventillo ni la vida que se produce en él, es, en cambio, observador pasivo, certero, con un dejo de tristeza.
El trazo es minimalista hasta decir basta, seguramente el primer minimalista de Chile. Compartió generación con Manuel Rojas, de quien fue muy buen amigo y, sin embargo, ha sido relegado a un segundo plano, porque con él no se cae en artificios suntuosos, sino que su prosa apenas esboza las rayas que los niños van haciendo con el carbón que toman de los fogones donde cocinan sus alimentos en el conventillo, y así describe un cuadro preciso, real y cadencioso.
La obtención del Premio Nacional de Literatura le valió innumerables y envidiosas críticas, mayormente centradas —cosa que las invalida por completo— en la extensión de sus publicaciones. Él, con algo de humorista, se entretenía haciendo que sus editores, al re-editar sus obras, incluyeran largamente esas críticas. Acá se les dejo algunas, como ejemplo:
En suma, se trata de un libro hermoso, de una novela pequeña en su relato, en su trazo, en sus pretensiones y, por el contrario, inmenso en su belleza, en el logro de la imagen, en la crudeza de sus escenas, en el realismo de su historia. Uno de aquellos imperdibles de la literatura nacional.

 

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