Los hombres obscuros (Nicomedes Guzmán)


Los hombres obscuros (1939)
Nicomedes Guzmán (1914-1964)
Editorial Zig-Zag
N° Inscripción  6659-1946
162 páginas
(link a una ed. nueva, distinta a la exhibida)

A mi padre, heladero ambulante; y a mi madre, obrera doméstica.
     No sé ustedes, pero este epígrafe —que no es más ni menos que la dedicatoria que el autor hace de esta novela— me parece demoledor. Aun más después de leerlo, de cerrar la última de sus páginas, después de haber disfrutado su prosa noble y elevada, y de sus temáticas mundanas y tórridas.
     Esta fue la primera novela de Nicomedes Guzmán, autor chileno de la llamada generación del 38 (de aquellos que hicieron su producción literaria en torno a 1938) y la que le abriría la senda que luego continuaría con La sangre y la esperanza. El encabezado es decidor; el autor, desde un primer momento, refrenda su origen proletario, pero ni siquiera de la clase trabajadora del día de hoy, si no que me refiero a la que existía en Chile en torno a 1930, con un nivel de carencia y pobreza abismante. En ese contexto, donde la pobreza corroe hasta hacer costra en nuestros propios hombres y mujeres, ahí hubo un grupo de escritores, nacidos desde esa misma cuna, que reivindicaron su propio origen: Nicomedes Guzmán fue uno de sus luces señeras.
A nadie le preocupa este bello detalle de la vida del conventillo: las mujeres madrugadoras trajinan de su cuarto a la cocina, de la cocina a su cuarto, en los preparativos del miserable desayuno; algún chiquillo, en otra pileta, se remoja las legañas; alguna chica triste, envuelta en un añoso chal desflecado, las crenchas en desorden, echa los pasos hacia el almacén de la esquina, tras una compra; o una vieja temblona sale a aguaitar al panadero, seguida por un quiltro flaco y tiñoso, de lentos movimientos. A nadie le preocupa este detalle. Sin embargo, aquí estoy yo y mi imaginación, devanando la madeja cotidiana.
El frío bribón de la mañana me da un aletazo. Y termino por lavarme definitivamente.
     ¿De qué se trata esta novela? Del mismo Nicomedes Guzmán, de su propio conocimiento del hombre, de ese hombre que no es dueño de nada más que de su capacidad de soñar en un mañana mejor, en el cual él ya no será miserable, ni pobre en extremo, en el cual no tendrá que trabajar de sol a sol para ganarse malamente la vida, o recorrer las calles buscando aquel trabajo que siempre se le niega.
Luego voy tranqueando a mi trabajo. El sol llena ya la calle con la estridencia amarilla de su risa. Una veterana se encamina a misa llevando de la mano a dos rapaces parchados y descalzos. Un hombre harapiento disputa con los perros, mientras escarba en los tarros de desperdicios diseminados por la acera. Las acacias, propias al parto de los brotes, esperan sin inquietud el estupendo milagro de la estación. Y la calle, con sus altos y bajos, se me ocurre que se contrae como un reptil, desperezándose bajo la alegre, callosa y cordial caricia del sol.
     Pablo, el protagonista, vive en un conventillo. Sus medios de subsistencia no son otros que los que difícilmente obtiene lustrando zapatos a la misma gente pobre de aquel lugar. Y en tanto el mundo sigue respirando y subsistiendo a su alrededor, de una manera inexplicable. Aquellos son los hombres oscuros, con sus rostros apagados por la miseria humana, esa que no logran evitar y que viven en carne propia instante a instante.
La noche reúne en su covacha a casi toda esta gente derrotada y miserable. Encienden una fogata y se calientan el agua para preparar la “choca”. Mientras charlan, Coñopán toca la trutruca. Los tristes aires del instrumento sobrecogen el ánimo de los vecinos y ponen tensos los nervios del conventillo. Las notas resbalan por el aire como lágrimas de impotencia de una raza que muere. El dolor del pueblo rechina los dientes. Por las venas de la angustia, la sangre se hace espesa. José María, el viejo afilador, hace memoria de Recabarren de quien fue camarada en sus tiempos de lucha. Habla de la actuación del inmenso líder, en el norte. Habla con fervor de sus campañas. De su gesto. De su voz, que despertaba los anhelos dormidos en el pecho rudo de los trabajadores. De su palabra encendida, llena de antorchas reivindicadotas, florecida de esperanzas y de cantos que hacían vibrar las cuerdas humanas en un humano deseo de echarse a correr al encuentro de la verdadera vida.
     Obscurecidos por la misma vida.
     Pablo es uno de ellos. Dentro de la historia ama y pierde aquel amor. Cree en él encontrar alguna esperanza, pero luego esta es desechada, rota por el mismo destino. Y finalmente se decide por algún otro ideario. En fin, sigue soñando, tal como al comienzo, en una vida distinta para él y para los que son como él.
      Otra de esas obras esenciales dentro de la narrativa chilena.
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