Cuando era muchacho (José González Vera)

Cuando era muchacho (1950)
Editorial Universitaria
ISBN: 9561112620
José Santos González Vera (1897-1970)
238 páginas
Valor referencial: $6.000
Hacer un buen libro es siempre un milagro. Lo positivo sería divulgar esos milagros y honrar a quienes los han producido.
Cuando era muchacho es un artilugio a medio camino entre la crónica, la narrativa y las memorias. El autor (Premio Nacional de literatura, año 1950), impensadamente, va relatando diferentes momentos de su vida, de manera cronológica, conformando una suerte de anecdotario que a veces —imposible saberlo con certeza—, pareciera rozar la ficción de tan mágico que se torna. Pero tampoco tenemos la seguridad que sea esto, por cuanto el Chile que vivió José Santos, el de los primeros años del 1900, es un país tan distinto, tan inverosímil, pero al mismo tiempo tan reconocible en sus gentes, que es difícil negar lo uno o lo otro, al menos de manera rotunda. 
Era adolescente cuando, para ganarme el pan, intenté aprender los más diversos oficios. Así pude vincularme a obreros ansiosos de establecer una sociedad igualitaria y libre, como la conciben los anarquistas. Muy pronto hice mía tal aspiración, porque nada ayuda tanto a decidirse como el ser joven.
No existe un relato único en este libro, ni una historia central. Lo que se desarrolla es la historia del mismo autor como hombre sobreviviente en este Chile de comienzos del siglo pasado, como hombre y como escritor.  La vida de un hombre que pareciera decidirse cuando niño, siendo tan pobre, yendo al colegio, saltándose clases, viéndose enfrentado al director de la escuela, junto a su padre, por sus faltas. “El niño tiene buenas notas, se le podría disculpar”, pero de parte del niño que fuera José Santos no hubo un ápice de arrepentimiento, ni una palabra afloró de su boca en tal sentido. Al abandonar el colegio, junto a su padre, su suerte fue echada: “Ahora trabajarás”. Y aquel niño no hubiese crecido en el hombre que fue sin esa frase. Y los vericuetos que sufrió en su vida no habrían sido tales. En sus historias se cruzan las de tantos hombres comunes y corrientes que son retratados con una fidelidad, con un cariño en sus defectos, en su habitualidad, que es difícil no darse cuenta cómo el autor quería esas calles sucias de la avenida Independencia, esos conventillos de calle Maruri, el bullicio, las callejuelas, los oficios, la gente, la gente, las gentes…
En Selva Lírica ensayé la crítica. No me explico por qué los jóvenes la apetecen tanto siendo disciplina que exige cultura, gusto y esa ponderación que se alcanza tarde, si se alcanza…
Su tranquila respuesta me enseñó algo que no se aprende en los libros. Debería uno eludir el papel de juez, y no pronunciarse sino sobre lo que le gusta. Es fatal que se escriba malísimamente, que la mayoría de los esfuerzos se malogren. Hacer un buen libro es siempre un milagro. Lo positivo sería divulgar esos milagros y honrar a quienes los han producido.

¿Cómo un hombre que se dedica a buscar ganarse la vida termina siendo una de las figuras fulgurantes de la literatura de un país, escribiendo con tal soltura y al mismo tiempo amor por cada una de las circunstancias que dibuja? No es normal, no es esperable, es más cercano a un milagro que al cumplimiento de una fría estadística. Por pasajes uno tiende a recordar al Factotum de Bukowski, al verlo pasar de empleo en empleo; pero hay una diferencia esencial: hay una sensación de amor por todo lo vivido, un cariño por cada uno de sus intentos fallidos y logrados, por el crecimiento, por la transformación, por sus semejantes aunque estén repletos de defectos. José Santos González Vera no tiene la displicencia del estadounidense, así como  —al menos en mi opinión— cualquier latinoamericano no podría expresar tal falta de vigor y hombría al ejercer alguna labor por tosca que fuese que diera el sustento, y no la indolencia, el abandono, la apatía de su par de Estados Unidos.

“José Santos González Vera. ¿Quién que lo conoció puede olvidarlo? El hombre del más fino humor chileno. Y a la vez un príncipe, decía Alone. Son memorias. Sí. Son crónicas. Sí. Son narraciones que parecen ficción. Sí. Son inclasificables. ¡Si! Hablan, por decir algo, de los que fueron muchachos cronológicamente el año veinte; pero también de antes y después. Describe a señorones y obreros, a letrados y a cultos analfabetos. Mujeres y hombres. Para entender a Chile, no al de entonces, no sólo al de “era” sino al de hoy y (profetizando) pasado mañana, hay que leer Cuando era muchacho.” 
Armando Uribe Arce
Seré majadero: reiteraré la frase de José Santos González Vera:
Hacer un buen libro es siempre un milagro. Lo positivo sería divulgar esos milagros y honrar a quienes los han producido.
He aquí un milagro.
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