Pálido Fuego (Vladimir Nabokov)

Pálido Fuego
Vladimir Nabokov
Compactos Anagrama
ISBN: 843392060X
320 Páginas
Valor Referencial .Cl $ 10.000

Sí sé, otra vez Nabokov. Pero me pasa –no tan a menudo como quisiera– que hay ocasiones en que me encuentro con autores de esos que realmente valen la pena (alguna vez me sucedió con Dostoievsky, Kafka, siendo más joven con Nietzsche), de los que empiezo tomando algo cualquiera de ellos y no termino hasta que he leído todo lo que puedo encontrar de ellos. Nabokov está en ese nivel superlativo. No es que sea así de bueno porque yo lo diga. Es, simplemente, muy bueno para mi impresión subjetiva y muchas veces injusta. Pero no creo estar tan equivocado con respecto a Nabokov. Él es, según mi criterio, uno de los mejores autores del siglo pasado. No hay nada que no justifique el hecho de leerlo por completo. Acá va otra de sus novelas que pasa por mis manos; y estén seguros, próximamente vendrán más.
Con Lolita vi en Nabokov una capacidad increíble para retratar mundos enfermos, anomalías, desviaciones que contraponen a este mundo tan “normal”. Con la Risa en la Oscuridad me senté a contemplar cómo Nabokov me contaba una historia, un muy buen relato, dibujando con gusto sus personajes, tiñéndolos con amplias características, con muchos tonos, jamás blancos o negro. Con sus Cursos de Literatura aprendí su visión propia de literatura (más que sobre las novelas que va explicando/mostrando), exhibió el arte con el que él mismo aprecia y juzga a sus colegas, y me enseñó a sentir aquel gusto refinado por ciertos detalles de la narración que probablemente antes no apreciaba de igual manera. En Pálido Fuego Nabokov vuelve a hacer un giro ante mis ojos. Otra vez luce una nueva faceta, distinta a las anteriores, poniendo esta vez el acento no tanto en la historia sino que en el artilugio que compone. Y no digamos que la historia sea mala o mediocre, aquello sería un gran error. Sucede que en esta novela Nabokov lleva a cabo un experimento compositivo de alto vuelo, que en sus manos funciona de manera lúcida, balsámica, sin los ripios que a cualquier otro le hubiesen sido prácticamente imposibles de esquivar. Vamos, por un momento, al argumento.
Pálido Fuego es una novela sumamente singular. Funciona como el poemario póstumo de un autor norteamericano, John Shade, ello sumado a los comentarios de su comentarista (valga la redundancia), Charles Kinbote, una suerte de editor improvisado, antiguo rey de un país desconocido, en escape de su patria, oculto en la vida doméstica, vecino del autor de Pálido Fuego (el poemario), quien en su relación con él trata de imbuirle su visión de Zembla, aquel reino que ha debido abandonar por razones que expondrá en sus comentarios. Él mismo quien ha sido causal indirecta de la muerte del poeta. Creyendo siempre que lo que Shade compone es lo que él le va comentando día a día de la vida en su país amado, del escape de su tierra.
Entonces, Pálido Fuego está compuesto de tres partes. Primero, el poemario titulado con el mismo nombre. Segundo, los comentarios de C. Kinbote, el supuesto rey de Zembla, a cada uno de los párrafos del poema. Tercero, un breve glosario redactado por el mismo Kinbote, sobre ciertos términos y personas dentro del libro. Si me expliqué bien habrán captado que este es un libro dentro de otro libro. La idea puede no ser demasiado original en sí misma, pero atención a esto. El prólogo (del mismo Kinbote) nos indica que lo adecuado sería leer el poemario solo primero, luego ambos juntos y quizás luego de nuevo el poemario. No hice caso, lo confieso. Leí directamente la mixtura final. No fue un error tampoco pero sí aprecié, desde esa óptica, qué fue lo que me perdí. Entiéndase esto: una primera lectura del poemario Pálido Fuego nos llevará a pensar que se trata sobre la vida cotidiana de John Shade, podremos quizás apreciar además la mano de Nabokov jugando con algunos estilos, todo ello desde un punto de vista bastante funcional. El poema tratará del mismo autor ficticio en su vida de hombre maduro, justo antes de su muerte. Luego una segunda lectura, mezclada con los comentarios de este Rey mitómano, un tanto misógino, dueño de este país quizás imaginario. La historia latente en esos comentarios se hará visible. El juego del relato refulgirá sobre el poemario, y saldrán las conexiones, breves, pequeñas. Normalmente parecerán más invención de la mente de este hombre rimbombante que realmente existentes en el texto que –supuestamente– analiza. Las ligazones de Kinbote parecerán inconexas, antojadizas. Hasta nos reiremos de su pretensión de hacer escribir a un autor laureado su visión particular de este reino suyo. Un loco, diremos. La historia, de todas maneras, no deja de ser amena, el personaje se revela a través de sus propios comentarios como particularísimo, sus actitudes a veces nos podrían incluso resultar hilarantes. Eso es la segunda lectura hecha de la forma dicha. Tercera lectura, nuevamente al poemario. Una bofetada en la cara. Ahí está Zembla. Maldito Nabokov. Ahí está Zembla, el reino de Kinbote, entrometiéndose en cada línea que ha escrito John Shade, en cada momento se entrevé, entre la domesticidad del poeta, las palabras que le debe haber transmitido Kinbote, más allá de cualquier referencia directa. Ahí está Zembla, y Nabokov ha realizado el acto mágico de hacerla aparecer ante tus propios ojos ahí donde antes no hubo nada. Realmente no había nada. Y luego aparece Zembla. Y Nabokov ha terminado su juego, ha jugado con nosotros, ha condicionado nuestra visión sobre un objeto artístico de su creación y ha cambiado el prisma a través del cual lo observamos, y sólo podemos medirlo con la escala que él nos ha propuesto, porque ahí está su arte, ahí el artilugio compositivo, y ahí una obra maestra. Maldito Nabokov.

Post Scriptum: He vuelto a leer el poema Pálido Fuego. Ha desaparecido Zembla. No totalmente, pero sí en gran parte. Ha pasado algo más de un mes desde que terminé este libro y desde que escribí originalmente esta reseña. Esto pone, según mi punto de vista, más en evidencia el juego que Nabokov realiza en esta novela, y cómo estando fuera de su influjo directo el efecto se va diluyendo. No quise publicar esta reseña sin antes volver sobre mis pasos y dejar esta postrera impresión, mostrando ojalá cómo va funcionando la maquinaria urdida por el autor. Aplausos.

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