Texto de presentación “Exterminio” de Juan Manuel Silva Barandica

texto presentación Komorebi ediciones

Por Macarena García Moggia

 Toma el libro y cómelo –dice el ángel-; te amargará el vientre,

pero en tu boca será dulce como la miel.

Apocalipsis, San Juan de Patmos

Hay muchas formas distintas de leer. Aunque entre ellas, quizás dos grandes tradiciones se disputan la hegemonía: una que podríamos llamar lectura-acción, otra que en cambio daría en llamar lectura-retracción. Invento nombres a la rápida. Leí hace poco un libro de un autor argentino que se pregunta cómo las sociedades literarias, aquellas que se basan en la palabra escrita, han desarrollado una metáfora fundamental para nombrar la relación percibida entre los seres humanos y el universo: la del mundo como un libro que pretendemos leer. Se trata de una metáfora que se relaciona con otras metáforas encadenadas a ella, como la de la vida como un viaje, de acuerdo a la cual vivir será viajar a través del libro del mundo, así como leer será abrirse camino por un libro, vivir, viajar por el mundo mismo.

Por eso a contrapelo de las tradiciones donde la lectura se opone a la actuación en el mundo, en la tradición judeocristiana la lectura de palabras genera acción: “Escribe la visión y declárala en tablas, para que corra el que leyere en ella” le habría dicho Dios al profeta Habacuc. Y sin embargo, es en la misma tradición donde encontramos la insistente representación de una figura inversa, aquella que hace de la lectura una invitación a retraerse del mundo en vez de convivir en él. Así, la metáfora bíblica de la torre que denota pureza y virginidad, utilizada para referirse a la novia en el Cantar de los Cantares o a la Virgen María en la iconografía medieval, se transformará siglos después en la torre de marfil del lector, con sus connotaciones negativas de inacción y desinterés por las cuestiones sociales, perfectamente opuestas al viajero lector. Contrario a ese camino abierto que se hace al andar, el libro se vuelve entonces más bien un muro, una suerte de pared que nos resguarda del mundo y sus sinsabores.

Pensaba estas cosas a propósito del libro Exterminio de Juan Manuel Silva (Komorebi Ediciones, 2019), pero también a propósito de la lectura en general, de cómo hacemos para leer en estos días. Hay una imagen que me persigue insistentemente desde que lo leí, la de leer levantando la vista, como decía Barthes: ¿no les ha pasado nunca eso de leer levantando la cabeza, es decir despegando la mirada del texto, alternándola, cada tanto, con la de ese otro texto que se extiende a nuestro alrededor o acaso afuera, más acá o más allá de la ventana: el “mundo”? Barthes quiso hablar de esa lectura irrespetuosa, porque interrumpe el texto a la vez que se encuentra prendada de él, ya que a él retorna para nutrirse, para incluso intentar escribir.

Hoy por hoy, no imagino otra forma de hacerlo.

Ocurre como si el texto urbano, aquel que retrasamos cada día con los pies, cuando nos vemos inquietamente proyectados al otro lado del cristal que habitualmente enmarca los afanes sedentarios del trabajo intelectual y la escritura –la ventana, pienso ahora, como un libro abierto al mundo–. Como si ese texto, decía, irrumpiera insistentemente en aquel que invita, por el contrario, a posar nuestra mirada sobre unos caracteres negros, siempre tan tímidos, desplazándose sinuosos sobre el pretencioso blanco de una página que simula el vacío, la desmesura, el olvido… la transparencia de una ventana o el yeso una pared.

Entrelazados uno y otro texto, interrumpido el uno por la irrupción del otro y al revés, fue como en efecto cayó en mis manos Exterminio, y como me adentré en la práctica de su lectura –para emplear las palabras de Mallarmé–, dejándome agujerear, como quien dice, por el presente, atenta a todo cuanto nos reclama la actualidad. Uno y otro texto comenzaron a solaparse a la manera de un palimpsesto donde la huella de uno parecía revelar el otro, y viceversa, de acuerdo a un modo de leer aparentemente muy distinto al de la exégesis que exigirían los textos sagrados; como si la borradura que el texto ejerce sobre un texto anterior, según confiesa el mismo autor, fuera desplazada por aquella que se produce, fallidamente, sobre el texto del mundo, ese que tras la ventana aguarda que levantemos la cabeza, que elevemos la mirada.

Observo entonces que tanto el texto poético que se esparce en estas páginas como aquel que cobra forma allá afuera, en un mundo que escucho, imagino e integro a mi manera, parecen textos cosmogónicos. Ambos, por ejemplo, arrancan de un no, el mismo no del rebelde a partir del cual la modernidad ha fundado todos sus , según sostuviera Albert Camus. El gran no de Prometeo, por ejemplo, que desafía el poder de los dioses para entregarlo a hombres y mujeres capaces, desde ese momento, de forjar su propia historia. “No es la escritura un tránsito de almas. No es el signo estafeta del aliento. Hay un rumor que no explica. Hay una cadencia que no ilumina” (9) leemos al comenzar. Y más adelante: “No lee quien esconde cicatrices” (12; todas las cursivas son mías). En ambos casos, un universo mítico parece expandirse hasta el exterminio. Hilos y esquirlas textuales se cruzan y multiplican en una voz sin voz, como la de los inicios, o los finales. Las referencias se pierden, no hay señas del hermeneuta, la exégesis se desbarranca.

Al avanzar por estas páginas, no dejo de preguntarme de dónde viene esta voz, todo esto de dónde surge. Lo pienso como un ejercicio de citas implícitas que al mismo tiempo que activan la memoria, nos extravían en una suerte de collage surrealista que junto con aniquilar el sentido, extermina al autor, la figura del autor. ¿Es a ella a quien apunta este “Extermino”, a la muerte de un autor que renuncia a su dominio unívoco para ser en cambio habitado por voces que redundan en un ejercicio hipertextual? ¿Y qué le pasa de pronto a esta voz, me pregunto asimismo, que poco a poco se va trastornando, y al acercarse a la despedida comienza a redactar al revés, como torciendo tras de sí el castellano? Las imágenes simbólicas hacen agua, lentamente, en las palabras. Y todo parece volverse un intento de extremar las posibilidades de la lengua escrita, confrontándola con el abismo que la separa de las cosas. El lenguaje de un génesis o instante de creación que ante todo celebra el poder de la palabra, se revierte entonces, de manera imprevista, al de un apocalipsis o instante de destrucción, de exterminio: “Y no es el decir, sino el exterminarse en cada letra como un farellón, para que la lágrima sea uno con el océano”, leemos en el acápite número VI (14). Y más adelante, al término del VIII: “Todo movimiento es ya caída. Todo lenguaje sin dirección es destierro. Exterminio” (17).

Pero quisiera volver a las antiguas escrituras para terminar. Para san Buenaventura, en el siglo XIII, el libro era tan palabra como mundo: “existen dos libros –anotaría–, uno escrito dentro, y esto es el Arte y la Sabiduría eternos de Dios; el otro está escrito en el exterior, y este es el mundo perceptible”. La figura es bella, sobre todo porque coloca a un mismo nivel ambos libros, el de la palabra poética y el de la vida o el mundo, sin subordinación de la primera a cualquiera sea su paisaje contextual, como tampoco de la segunda a la forma poética y su consecuente representación de lo real.

Sospecho que la misma equivalencia que mi lectura ha querido muy cautamente esbozar, se vuelve nítida en las dos frases que Exterminio ofrece hacia el final: “Dime, ¿por qué mi casa está sin puertas y ventanas? / Y, ¿por qué aún camino sobre ella?” (37), allí donde puertas y ventanas operan quizás como la frontera que hoy día deseamos más que nunca atravesar, conscientes acaso de que toda cosmogonía es también una escatología. De que el nacimiento de un mundo es, necesariamente, el exterminio de otro.

Valparaíso, diciembre de 2019


Macarena García Moggia (1983). Psicóloga de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Master en Estudios Comparados en Arte y Literatura, por la Universidad Pompeu Fabra. Enseña en el Instituto de Arte de la Universidad Católica de Valparaíso y en el Departamento de Teoría e Historia del Arte de la Universidad de Chile. Ha publicado, junto a Catalina Porzio, el libro La tercera mano. Extractos de entrevistas a Adolfo Couve (Alquimia, 2015), además del libro de poesía Aldabas (Edícola, 2016) y la novela Maratón (Cuneta, 2017).

Juan Manuel Silva Barandica (Mendoza, 1982). Poeta, narrador, traductor y editor chileno-argentino. Ha publicado la Obra Completa del poeta Gustavo Ossorio (2009); los poemarios Bruto y Líquido (2010), Cetrería (2011), Trasandino (2012), Casimir (2014), Acerca de personas (2016), Ornitomancia (2017) y Exterminio (2019); la traducción de La roca de Wallace Stevens (2014) y Amistad, amor y matrimonio de Henry David Thoreau (2019); así como la novela Italia 90 (2015).

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